Fidel o mi abuela: la sal y el azúcar - LA GACETA Tucumán

Fidel o mi abuela: la sal y el azúcar

El autor de este texto, cubano exiliado en la Argentina, ensaya a través de un relato personal un abordaje a la figura de Castro alternativo a la disyuntiva “a favor o en contra” que domina a sus compatriotas y a buena parte de los latinoamericanos

11 Dic 2016
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SER NECESARIOS PARA LA HISTORIA, O NO. “Los cubanos no tenemos derecho a emerger fuera de ese relato con una propiedad simbólica fijada: Fidel”, advierte Betancourt.

Por Idangel Betancourt - Para LA GACETA - Salta

Dos semanas antes de la muerte de Fidel, había muerto mi abuela, también a los 90 años. Mi padre también murió, aún no sé el día exacto. Cuba así podría irse convirtiendo desde mi condición de exiliado voluntario en una larga tumba, entre cadáveres y esqueletos de memoria, de una memoria que poco permite lo individual, pues la isla ha sido un experimento colectivo, sostenido en gran parte por la mirada exterior. Allí, sólo ha habido lugar para dos posiciones: con Castro o en contra de Castro.

La noticia de la muerte de Fidel me llegó a través de un whatsapp. El hecho me resultó extraño, pero durante todo el día y en los siguientes me llegaron más mensajes con condolencias. Entonces me pregunté, ¿la muerte de Fidel es más importante que la muerte de mi abuela? ¿Padezco una especie de insensibilidad histórica?

Mi abuela nació, vivió y murió a la par de Fidel, pero ella era menuda e incógnita, humilde y simple. El hambre la asechó toda su vida, aún en los años de Revolución. Su casa era su mundo; mientras hijos y nietos coreábamos canciones del hombre nuevo, ella le rezaba por debajo a Changó; mientras confiábamos en que el futuro sería nuestro, ella preparaba el agua con azúcar negra para sostener nuestra sed revolucionaria. No sé si su silencio fue una consecuencia o una elección. Nunca he visto una persona con tal sentido de la existencia, concentrada en el día a día, como una anciana tribal recolectaba entre los vecinos la comida diaria y nos entregaba su amor silencioso. Mi abuela fue un ser que la revolución no complejizó en su discurso, ella había sido más pobre antes y esa experiencia le bastaba para aceptar la pobreza en que transcurrió su vida. ¿Sería mi abuela el sujeto humilde objeto de la Declaración Socialista? ¿O seremos nosotros, hijos de esa Revolución, cuyo estigma, tanto para los que quedaron como los que nos fuimos, ha sido un exilio no solo territorial, sino, además, subjetivo?

¿Por qué a lo largo de mis 14 años en Argentina siempre aparece esa pregunta con gravedad existencial: ¿estás a favor o en contra de Castro?, como si no fuera posible las dos cosas a la vez, o incluso una tercera posición, un entrelugar que nos permita salir de los estereotipos.

Entre el odio y la admiración


La identidad de lo cubano sería una especie de proyección imaginaria de la figura de Fidel Castro, una derivación binaria de lo que sus acciones generaron: odio o admiración. El odio generó los capítulos más grotescos de las relaciones internacionales, sobre todo el bloqueo de Estados Unidos. El odio generó un lenguaje devastador entre los propios cubanos: “gusano”, “come candela”, “escoria”, etcétera. Mientras que la admiración contribuyó a fijar los logros de la Revolución como una construcción “fidelista”, sin que haya lugar para una crítica real o sin que esta signifique un ataque a la causa del pueblo y una ayudita a la derecha.

La muerte de Fidel es una muerte histórica, la de mi abuela es una muerte biológica, íntima. Mis amigos no comprenden la muerte de Fidel, necesitan seguir reafirmando la promesa de un futuro mejor desde un símbolo estilo siglo XX, sin admitir que el futuro ha llegado y nos ha encontrado sin respuestas. “Necesitamos muchos Fidel”, dicen; pero mi abuela con su silencio y humildad, mi abuela cubana mezclando el café con el chícharo, no es necesaria en esa Historia mayúscula. Entonces creo que mi padre tampoco era necesario, ni mi hermana, ni mi madre, ni mis compañeros de escuela. Fidel está por encima de esas historias mínimas. Los cubanos no tenemos derecho a emerger fuera de ese relato con una propiedad simbólica fijada: Fidel.

Yo quiero decirle a la izquierda internacional, profundamente burguesa, que tuve una abuela que nunca me dijo que era revolucionaria, que no levantó una bandera, ni saltó al son de consignas, pero con su rotunda humildad sostuvo un metro cuadrado de tejido social; yo quiero decirle a la derecha reduccionista que tuve una abuela que nunca dijo que Fidel era un dictador, ni la escuché insultarlo en momentos que la vi literalmente quitarse el plato de comida para dárselo a su nieta más pequeña.

Yo quiero decirles a mis amigos intelectuales, que reconocen el fin del siglo XX con la muerte de Fidel y con la caída de la moral de la democracia capitalista con la asunción de Trump, que tuve una abuela anónima y minúscula de tamaño y de hazañas, cuya muerte no cierra ni siglos ni gestas. Pero que no aparecerá nunca en análisis y discusiones, ni ella ni sus vecinas: Iraira, la haitiana Rita, Chela la chismosa.

Entonces me pregunto, si en la insignificancia de esa vida, en lo minúsculo del cuerpo de mi abuela es posible inscribir la H mayúscula de la historia que impuso el pasado siglo. Me pregunto si quienes creemos que es posible un mundo justo tenemos que seguir construyendo la historia como apoteosis, o si no sería más honesto pensar en otros términos la relación entre pasado, presente y futuro.

Lo mínimo

Yo quiero pedir disculpas por pensar en mi abuela antes que en Fidel. Porque su muerte no podría significar más que la muerte. Porque prefiero que en la política entre el sentimiento antes que el poder, las flores antes que la patria, la voz íntima antes que el líder que habla en nombre de otros.

Yo quiero pedir disculpas, porque hoy siento más honesto pensar en términos de pérdida que de conquistas, pensar la política como un tejido sincero con el entorno y no como un poder que nunca es real. Yo pido disculpas porque en esta crisis de la historia quisiera correrme de los estereotipos y decir no a Fidel, no a Trump, no a Cristina, no a Macri, no a Chávez, no a Perón, no a la gran política que concentra Mal y Bien en una imagen particular como una carnada que se ofrece para ser devorada. Yo quisiera que aparezca lo mínimo, repartir lo justo desde la experiencia propia, como mi abuela repartía las especias entre sus vecinos y los vecinos la sal y el azúcar con mi abuela.

© LA GACETA

Idangel Betancourt - Escritor y teatrista cubano. Reside desde 2002 en Argentina.

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