La memoria del olvido

Hace 16 años, un silencio de zamba se llevó a Gustavo Leguizamón, figura clave en la música popular.

27 Sep 2016 Por Roberto Espinosa
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NOTABLE CREADOR. El año que viene se cumplirá un siglo del nacimiento del autor de “La pomeña”. ARCHIVO.-

Como te iba diciendo, en la soledad del silencio rueda una metáfora de vino. Se encienden de coplas los párpados de la noche. Lágrimas de corzuelas adelgazan la pena. Los brazos del piano se abren en un silbido de zamba. Ahí parecía sentirse a sus anchas. Era uno de los nuestros. Le gustaba mezclarse en el rancherío con su hermano de trapacerías. Te juro que te voy a decir la verdad… hasta el cerro San Bernardo, pero qué digo, hasta Cachi se oía la carcajada cuando nos miraba apedrear el techo para que salieran las viejas asustadas o esperábamos que ellas se fueran de la cocina para echarle un cacho de sal al guiso, ¡vea, pura salmuera quedaba! Estaba prontuariado desde changuito, así que no era difícil que las zorrerías se dispararan por las hendijas de la infancia. Su abuelo lo inscribe en la vida con un apodo que hará camino al andar y también al tomar.

1917. Salta. Las coplas se encienden de grillos ese 29 de septiembre. Un pañuelo arrulla una zamba. Juegan a la rayuela los remolinos en el insomnio de la puna. Puro alboroto es la cofradía. Hace tiempo que no nace uno. La pluma del destino dibuja una risa. El laurel saludará al viento. Dos caminos se dibujan en cada palma. “¿Ser o no ser? ¿O ser dos al unísono? Si la mano derecha hace y la zurda sueña, ¿será que andaré partido en dos?” Vaya uno a saber, capaz que eso se preguntaba cuando ya chango más grande y el estudio de las leyes lo lleva a La Plata. Pero se siente incompleto. En un coro aletea el entusiasmo. La música se le cuela en la marota. La intuición es buena pero no le alcanza para ser Ravel. Manotea el saber de los maestros. Algunos sacudones de amor le entretienen el corazón mozo. “Noche desesperadamente enfurecida, de cerros y lluvias. Cuánto demoré en pronunciar el beso que no logró alcanzarte. Habías aprendido del viento a huir de mis manos buscadoras. Y te dormiste con el sueño de todas las mujeres, que se dejan amar como las rosas”, escribe.

En el ‘42 brota un gajo de su alma. “¿Con cuál mano querí que te pegue?”, le dice. “¡Con las dos!”, le responde. Desde entonces, el vino y la poesía mojan la hermandad. La chanza y la risa colgadas de la barba de Manuel Castilla laten en ese abrazo de coplas y piano. Otro hermano del vino, Jaime Dávalos, se cobija luego en la copa del silencio. Un hechizo de coplas se le entrevera ahora en el piano. “Si te consuela y te miente, esa zamba es tucumana”, le advierte Miguel Ángel Pérez.

El humo del asado silba un dúo en lo de Hugo Riera. Dos voces le soplan travesuras. Un contrapunto de acordes y silencios repiquetea en sus pensamientos. ¿Te imaginás el bochinche de ideas que desbordó el vaso? No era para menos. El Chacho Echenique y el Patricio Jiménez se trepan a su imaginación. Desdoblan las alturas del corazón en cada vuelo de chacarera o zamba. Zigzaguean los precipicios del canto. Un gesto de baguala insubordina el silencio. Una travesura del ají respira en un guisito mendocino. Las comidas oflan una cantata. El tuco baña un sol de muchacha y arena en las metáforas de Tejada Gómez y le gusta saber que un aroma a laurel le llena de rocío el olvido. Un pedazo de país se emociona.

Las locomotoras insomnian su creatividad. Por los campanarios tucumanos danza la Zamba de Vargas. Un jadeo en preludio se ejercita en una orquesta. La picardía del viejo Erik Satie patina en el espejo de una zamba. Coplas de un caballo que se muere, cartas de amor que se queman, atizan su melancolía. “Inés por los bambúes anda sola como una dalia, su cabello dorado lo lleva el agua. No sabe que la tarde es una rosa, ay, deshojada, ni que es como una flor alejada. Y cuando toca el musgo en los nogales, ella tan suave, en sus ojos el cielo que se distrae”, le dicta la noche.

A veces la melancolía es un resuello de soledad… ¡si lo sabremos nosotros! “Adónde vas olvido que no te pueden parar. Mujeres asustadas te llaman en mis ventanas cuando sus sollozos queman la sal. Mujeres asustadas te llaman en mis ventanas llorando siempre al cantar. Para qué este afán de perfeccionarte, alma, si al final tendré que entregarte a la nada. Vuela mi sangre en la vida sedienta de luz, lamiendo su herida. Vuela mi muerte más allá, rota, cansada de andar…”, escribe. Su memoria se hunde lentamente en los pantanos de la nada. Bajo el azote del sol, borrachitos de coplas van sus ojos perdidos. Letanías aveloriadas de romero y albahaca le pensamientan el olvido. Varios años antes, en la salamanca de la cofradía, ha escrito su final en el vestido de una zamba: “Me voy quedando solo lejos del cielo y el tiempo, entre huellas desoladas, sin mujeres y sin perros, que huelan los rastros por donde transitan los sueños… No me arrepiento de nada, el bien y el mal son olvidos, estuches del aire que guardan la pena y el grito. Me voy quedando libre sin arribos ni regresos. Está sobrando mi alma para cantarle a los huesos…”

2000. Ecos de silencio rebotan en la soledad. La noche silba un pensamiento de bienbec. Ese 27 de septiembre, a la sombra del lucero, hemos amontonado las penas en una cueva para recibirlo con alegría. “Su libertad es un grillo silbando chacareras… hay amores extraviados que sus sueños pestañean… coquea su tiempo inventando un sentimiento… el olvido es su memoria, un acorde de la muerte”, canta el gran duende Jeta i’ Rococo. Cuando silbe la vida en la muerte una zamba lo recordará. Al Cuchi Leguizamón su carcajada el diablo le ha de envidiar.

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