Los espectáculos al aire libre suelen gozar de gran convocatoria, especialmente por la gratuidad. Constituyen una oportunidad para acercar el arte al público, ya que una buena parte de este, seguramente, no asistiría de motu proprio. Las actuaciones de Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y Julio Bocca en la porteña avenida 9 de Julio -por dar unos ejemplos- tuvieron marcos multitudinarios. Algo similar sucede en Rosario cuando se montan espectáculos al pie del Monumento a la Bandera. Sin embargo, son pocas las manifestaciones de este tipo que se realizan en nuestra ciudad, salvo las que tienen lugar eventualmente en la plaza Independencia, el megaconcierto universitario en el hipódromo o los recitales que se realizaron en ese lugar o en la estación del Ferrocarril Mitre por el Bicentenario.
Por ejemplo, podría pensar se en programar un ciclo anual, previendo que en el verano las lluvias pueden ocasionar inconvenientes. Los parques 9 de Julio, Avellaneda o Guillermina son lugares ideales. En el caso del primero, está el Palacio de los Deportes que fue en otras épocas protagonista de recitales de importantes artistas. Es un gigante dormido que espera desde hace años un retorno con gloria. Se podría tal vez organizar conciertos en San Javier los sábados o domingos, o audiciones corales al aire libre.
Se podría ser más ambicioso aún. El ciclo podría extenderse a toda la provincia. Los espectáculos tendrían lugar en espacios públicos que determinaran los municipios y los artistas de cada uno de estos podrían rotar en todo el territorio, de manera que se practicaría así un verdadero federalismo interno. Se podría buscarle el costado turístico. Podrían trabajar coordinadamente las áreas de cultura, educación y turismo. Las experiencias al aire libre fomentan la participación de la gente. Por ejemplo, las clases de gimnasia o de baile en las plazas o la proyección de películas o recitales que eventualmente se realizan en esos espacios públicos, deberían estimular a los funcionarios municipales y provinciales a sostener estas actividades en el tiempo.
En otras ciudades, suele haber ciclos de espectáculos gratuitos en salas; los honorarios de los artistas son pagados por el Estado y el público tiene acceso a exponentes de muy buen nivel. Se podría impulsar, por ejemplo, un ciclo permanente -no solo de música, sino también de otras manifestaciones artísticas- en los museos o en los jardines del Instituto Lillo; permitiría además a la gente familiarizarse con el patrimonio de cada museo. Alumnos de la Escuela de Cine de la UNT podrían filmar estas presentaciones para ser luego propaladas por el canal oficial.
Una buena manera de acercar el arte al público es a través de espectáculos masivos porque se mezcla gente de distintas edades y clases sociales, más allá de sus diferencias sociales y económicas. La Provincia, la Municipalidad y las universidades podrían unirse para generar ciclos de espectáculos que redundarían en el bienestar espiritual de la sociedad. Se abriría así un importante espacio de difusión para los artistas que le posibilitaría también a la comunidad conocerlos. La esencia del arte es compartir y una de las misiones de los gobernantes es hacer que el pueblo se acerque al arte y viceversa.
Por ejemplo, podría pensar se en programar un ciclo anual, previendo que en el verano las lluvias pueden ocasionar inconvenientes. Los parques 9 de Julio, Avellaneda o Guillermina son lugares ideales. En el caso del primero, está el Palacio de los Deportes que fue en otras épocas protagonista de recitales de importantes artistas. Es un gigante dormido que espera desde hace años un retorno con gloria. Se podría tal vez organizar conciertos en San Javier los sábados o domingos, o audiciones corales al aire libre.
Se podría ser más ambicioso aún. El ciclo podría extenderse a toda la provincia. Los espectáculos tendrían lugar en espacios públicos que determinaran los municipios y los artistas de cada uno de estos podrían rotar en todo el territorio, de manera que se practicaría así un verdadero federalismo interno. Se podría buscarle el costado turístico. Podrían trabajar coordinadamente las áreas de cultura, educación y turismo. Las experiencias al aire libre fomentan la participación de la gente. Por ejemplo, las clases de gimnasia o de baile en las plazas o la proyección de películas o recitales que eventualmente se realizan en esos espacios públicos, deberían estimular a los funcionarios municipales y provinciales a sostener estas actividades en el tiempo.
En otras ciudades, suele haber ciclos de espectáculos gratuitos en salas; los honorarios de los artistas son pagados por el Estado y el público tiene acceso a exponentes de muy buen nivel. Se podría impulsar, por ejemplo, un ciclo permanente -no solo de música, sino también de otras manifestaciones artísticas- en los museos o en los jardines del Instituto Lillo; permitiría además a la gente familiarizarse con el patrimonio de cada museo. Alumnos de la Escuela de Cine de la UNT podrían filmar estas presentaciones para ser luego propaladas por el canal oficial.
Una buena manera de acercar el arte al público es a través de espectáculos masivos porque se mezcla gente de distintas edades y clases sociales, más allá de sus diferencias sociales y económicas. La Provincia, la Municipalidad y las universidades podrían unirse para generar ciclos de espectáculos que redundarían en el bienestar espiritual de la sociedad. Se abriría así un importante espacio de difusión para los artistas que le posibilitaría también a la comunidad conocerlos. La esencia del arte es compartir y una de las misiones de los gobernantes es hacer que el pueblo se acerque al arte y viceversa.







