Monteagudo descansa rodeado de vecinos ilustres

El prócer reposa junto a las tumbas de famosas personalidades como Lucas Córdoba o Celestino Gelsi.

30 Jun 2016

Bernardo de Monteagudo habita ahora en un lugar consagrado de la ciudad: el Cementerio del Oeste. Si llegara vivo y si esa fuera una ciudad, sería vecino de un puñado selecto de personajes ilustres de nuestra historia.

El cementerio, creado el 13 de mayo de 1859, fue construido sobre las tierras donadas por el ex gobernador José Manuel Silva. Algunos sostienen que también fue donante de predios para ese fin, el estanciero Manuel Paz. En el decreto de fundación, el gobernador, Marcos Paz, declara ya “cementerio público el local destinado a ese objeto al oeste de la ciudad, el cual se denominará Cementerio del Oeste”. Era el tercer terreno que habilitaba el gobierno para las inhumaciones. Anteriormente, durante la colonia, la ciudad enterraba sus muertos al lado de la Catedral.

Luego, en la tercera década de 1800, se abrió un enterratorio junto a la ermita del Señor de la Paciencia, en el amplio terreno de Mendoza y Salta, que fue por tantos años sede de El Buen Pastor. En ese Cementerio del Oeste se habilitó, en 1861, un sector para protestantes, y luego, en 1873, otro para “las personas que la Iglesia determine como impenitentes”. Recién en la década de 1920 se construyó el frente neocolonial que actualmente tiene.

Los vecinos

En sus lotes se fueron acomodando dirigentes, héroes, luminarias de la vida cultural, políticos y comerciantes prominentes. Más de 20 gobernadores de Tucumán reposan allí: José Manuel Silva, Octaviano Vera, Próspero Mena, Federico Helguera, Ernesto Padilla, Agustín Justo de la Vega, Juan Manuel Terán, Santiago Gallo, Domingo Martínez Muñecas, Wenceslao Posse, Anselmo Rojo, José Sortheix, José Frías Silva, Tiburcio Padilla, Celestino Gelsi, Miguel Critto, Miguel Campero, Silvano Bores, Juan Posse, Benjamín Aráoz, Lucas Córdoba, Celedonio Gutiérrez y algunos otros.

Ya convertida la necrópolis en un museo a cielo abierto, hace pocos años, en 2001 llegó Lola Mora a ocupar el solar de la familia Mur.

Con tal vecindario, no es de extrañar la presencia del fogoso revolucionario en un sitio de rememoración histórica como ese cementerio. Sí es inevitable imaginar las ideas que le hubieran suscitado los devenires del país gestado por sus actuales coterráneos. Fermento de la revolución y emancipación sudamericana, fue hombre con ideas firmes y con una combinación explosiva de pensamiento y acción, acaso también podríamos conjeturar lo que sus vecinos pensarían de él.

La casa

Al actualizado prócer Monteagudo se lo ubicó en el mausoleo de la familia Arocena y Alurralde. Es el lote 22 del cuadro D, según la denominación de la Administración del Cementerio de 1974. Pequeña y puntiaguda construcción de estilo neogótico, está revestida de mármol y fue construida por la firma L. Fontana, de Rosario. Casi todos los vecinos tuvieron su empaque, a la hora de levantar mausoleos. En el mismo estilo, aunque en construcciones de mayores dimensiones, se hallan el magistrado Juan Heller, o el médico Vicente García. El gran mausoleo de los industriales Hileret y Rodrigué, aunque abandonado, impresiona por el gran espacio interior. Ni hablar del majestuoso monumento, que se erigió por suscripción pública, al final de la calle principal, del dos veces gobernador Lucas Córdoba. La mayoría son de las décadas puente entre los siglos XIX y XX, aunque entre los panteones más modernos se mencione a los de Octaviano Vera o Juan Benjamín Terán.

Monteagudo… ahora lo llenamos de bronce, pero los cementerios nos recuerdan el fugaz tránsito y la gloria pasajera. Como comunidad recordamos a Monteagudo, mientras, íntimamente, recordamos el epitafio de Keats: “Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua”.


La silente custodia de Juan Silva y Wenceslao Posse

Bernardo de Monteagudo no está solo en el cementerio del Oeste. Lo acompañarán otros próceres de la historia nacional, gobernadores tucumanos, pensadores y miembros de las familias más tradicionales de nuestra provincia.

Algunos quizás lo miren de reojo desde su eterno descanso: el nuevo habitante de la necrópolis se aloja en un mausoleo impecable, restaurado a nuevo en sus muros de mármol de carrara; iluminado desde adentro para honrar la urna que guardan sus restos y también desde afuera, para resaltar el monumentalismo de su nueva morada.

Los vecinos

A su izquierda lo ha recibido el alma de José Manuel Silva, gobernador tucumano en el corto período comprendido entre el 20 de febrero de 1828 y el 20 de enero de 1829, uno de los más enérgicos impulsores de la industria del queso en Tafí del Valle. Desde atrás sostendrán su reposo perpetuo los miembros de las familias Fiad, Giúdice Correa, Eduardo Martínez Zavalía, Ignacio Trapani y Alejandro Pellegrini.

Apenas el sol ilumine la avenida tapizada en piedra del cementerio, Monteagudo mirará al frente para encontrarse con la tumba de Wenceslao Posse, el triste y abandonado monumento de la familia Torres Acosta, el cándido mármol que habita la familia Torrens y Pascual Tarulli. Pero no solamente las almas serán los nuevos vecinos de Bernardo de Monteagudo, el prócer que presume de la urna más brillosa de todo el cementerio. A pocos pasos al frente suyo está La Casita del Abuelo, un mausoleo que en su interior tiene un living. Allí, un deudo silencioso y desconocido le hará compañía durante sus largas siestas o tardes de lectura.

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Cementerio del Oeste
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