
VISORES Y CÁMARAS. Arriba, el visor de estereoscopías montadas en cartón, de la colección de Darío Albornoz. Al medio el visor de vidrios del doctor Paz Peña. Abajo, una cámara de 1950, a la izquierda, y otra de principios del siglo XX, a la derecha.

El estereoscopio fue uno de los tantos juguetes visuales del siglo XIX. Con él se podían ver imágenes con efecto de tres dimensiones. La combinación del conocimiento de la fisiología ocular y el invento de un aparato ingenioso permitió intensificar el efecto de profundidad en una imagen plana.
La técnica comenzó a estudiarse hacia 1830 y durante la década del 40 ya había aparatos estereoscópicos para daguerrotipos. No tardaría mucho en convertirse en un medio de masas, al menos en los EEUU y en Inglaterra. En 1857, la London Stereoscopic Company había vendido 50.000 aparatos. Recién en la segunda y tercera décadas del siglo XX comenzó a decaer su interés, aunque no desapareció. A lo largo del siglo pasado, se pudo ver cámaras estereoscópicas -como la de 1950 que mostramos-. Tampoco hay que creer que fue un entretenimiento sostenido por mero interés económico. Fotógrafos como los norteamericanos Timothy O’Sullivan y William Henry Jackson, o el inglés Roger Fenton, hoy considerados ineludibles mojones de la historia de la fotografía, incluyeron gran cantidad de estereoscopías entre su producción.
Un médico
Las estereoscopías se presentaban de dos maneras: en cartones con fotos de papel pegadas, de unos 12 cm de ancho, por 6 cm de alto; o en soporte de vidrio, para verse como diapositivas. Más pequeñas, aunque más frágiles.
En Tucumán se conservan algunos conjuntos de este material. Quizá el más numeroso y variado sea la colección de vidrios estereoscópicos del doctor Marcos Paz Peña, actualmente al resguardo de su bisnieto, Andrés Tula Molina. Se trata de varios centenares, guardados en pequeñas cajas. La mayoría etiquetados a mano, con el año y el lugar de la toma. Casi todos son posteriores a 1900, y se extienden un par de decenios. Médico, el doctor Paz Peña se graduó en la Universidad de Córdoba, en 1894, y regresó a Tucumán. Al lado de su activa dedicación a la medicina, produjo el valioso material documental al que nos referimos. Su afición lo hizo presenciar y fotografiar algunos acontecimientos relevantes de su tiempo, como la inauguración de la estatua de Alberdi, en 1904; los festejos del 9 de julio de 1906; como también varias imágenes reveladoras de la vida en la ciudad, como del campo tucumano: escenas en Burruyacu, en Cruz Alta, en Leales, en Monteros. Falleció en 1921.

El truco
La estereoscopía consistía en un par de aparatos: uno era para hacer la placa, y el otro para verla. El primero era la cámara estereoscópica, que tenía dos objetivos y tomaba dos fotos en un mismo clic: en una sola placa, quedaba registrada, una al lado de la otra, la misma imagen, con un leve desfasaje entre ambas, que repetía la distancia que separa un ojo del otro: más o menos 65 mm. El segundo, era el visor estereoscópico, parecido a un anteojo con una extensión, donde se colocaba la placa con las dos imágenes.
Montadas aquí, los ojos intentaban corregir esa información visual desfasada, generando una sensación de profundidad. Los primeros visores parecen ser incómodos y aparatosos, mientras que el de Paz Peña es más pequeño, y se acerca a los artefactos portables más modernos. La teórica norteamericana Rosalind Krauss explica así la sensación: “el espacio estereoscópico es un espacio perspectivo de poder amplificado. Organizado como una especie de túnel de visión, la experiencia de profundo retroceso es insistente”.
El efecto
Una vez más, Krauss intenta describir así la mecánica visual y su efecto: “A medida que recorremos visualmente el túnel estereoscópico, al pasar del plano más cercano a un objeto situado a distancia media, sentimos un cambio de enfoque en nuestra vista”: esas constantes sensaciones de reenfoque “son una especie de representación de lo que ocurre cuando se abre ante nosotros un profundo canal espacial”. Y eso sucede porque el aparato mismo nos sumerge en la imagen. “Dicha experiencia se intensifica debido a que el instrumento óptico que el espectador debe sostener delante de sus ojos, oculta el propio espacio ambiente”. De una manera similar a “la contemplación de la pantalla de cine”. Justamente el cine se llenó los últimos años de películas 3D. Todavía se usan anteojos, visores o una interfaz entre los ojos y la imagen, aunque ya se investigan métodos de generación de 3D sin gafas, para crear el efecto en las mismas pantallas.
Temas
En 1859, la misma London Stereoscopic Company tenía un catálogo de 100.000 vistas estereoscópicas diferentes. En esas primeras décadas de andanzas, junto a los paisajes y escenas ciudadanas, el pornográfico fue el género que más requirió de sus servicios. La voluptuosidad se incrementaba con el efecto espacial.
En nuestra provincia no pudimos constatar ese atractivo. Fue usado casi siempre por aficionados con objetivos documentales, más que comerciales. De todos modos, no fue Paz Peña su único practicante. Otros aficionados fueron el doctor Adolfo Rovelli, de quien se conservan varias vistas de nuestra ciudad, y el doctor Evaristo Etchecopar, quien registró escenas de Villa Nougués. También estuvieron el señor Pedro Ottonello, de quien reproducimos la impresionante casa de la familia Méndez, en la esquina que ahora es una pizzería, en 24 de Septiembre y 25 de Mayo, cuando en sus bajos funcionó el Banco de la Provincia; y don Abud José Bachur, quien, a la par de forjar un reconocido estudio profesional de retratos, cultivó una producción personal de estereografías. Todas estas fueron copiadas en papel y luego montadas en cartón.









