Roberto Espinosa
Por Roberto Espinosa 23 Abril 2016
Los que se guardan. Los que esperan. Los verseros. Los que se rifan. Los que insinúan. Los que se marchitan. Los que viajan por e-mail. Los que no llegan. Los que desarman. Los que tartamudean. Los especuladores. Los apasionados. Los temblorosos. Los de compromiso. Los buscarroña. Los legendarios. Los suplicantes. Los que desfallecen. Los extravagantes. Los conciliadores. Los feisbuqueanos. Los pusilánimes. Los quiero retruco. Los histéricos. Los de bienvenida. Los contra su voluntad. Los franela. Los perturbadores. Los “fondobuitre”. Los picaflores. Los sabiondos y suicidas. Los sedientos. Los ternuritas. Los ciegos. Los pendencieros. Los arrepentidos. Los “vamo’ por todo”. Los que guiñan. Los debutantes. Los toco y me voy. Los twitteros. Los “¿y diái?” Los gentiles. Los tomo y obligo. Los folclóricos (“¡adentro!”). Los “falta cinco pal peso”. Los pavo real. Los “se me chispoteó”. Los insomnes. Los cosquilleadores. Los devaluados. Los odontológicos. Los que hipotecan el deseo. Los traicioneros. Los legislativos (viajan en valijas). Los carrasquita. Los “no, no, ahora no, por favor”. Los popurrí. Los de terapia (“es como que”). Los insípidos. Los “fue el más horrible que me dieron”. Los del adiós. Los que sueñan con “hasta que la muerte nos separe”. Los “¡güeno día!” Los insatisfechos. Los molotov. Los avaros. Los que cotizan en bolsa. Los que buscan la eternidad. Los que agonizan en un andén. En el banco de una plaza. En las alas de un colibrí. En la parada del bondi. Los que laten de inocencia. Los chupete. Los que despeinan la felicidad. Los que pecan de intención. Los bicentenarios (son como doscientos). Los que titilan en las pestañas del amor. Los duendes. Los que abrazan. Los que mojan el corazón. Son besos de la vida, ¿que no?

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