
la gaceta / foto de carlos werner

Sentado frente a una taza de café, habla, gesticula, mueve sus manos, sonríe. Con 89 años a cuentas, Osmar Mendoza no responde al paradigma que cualquiera puede llegar a tener por una edad así. Ni por asomo. En su figura se denota seriedad, respeto, honorabilidad. Y fortaleza. Pasó su vida impartiendo clases como profesor de educación física (y otras variadas actividades), fundamentalmente en la UNT y en la Escuela Normal. Pero también fue deportista. Y de los buenos.
“Mi estado físico es un bien de Dios. Por lo general hice una vida sana, de deportes. Desde los 6 años que lo hago. No fumé nunca. ¿Alcohol? Lo justo y necesario. En casa se tomaba vino con soda en el almuerzo, no era un pecado. Hoy incluso a los mejores varietales les pongo soda y mis amigos se agarran la cabeza. Yo sólo busco apagar la sed, nada más”, dice.
Sin dudas lo de Mendoza con los deportes fue casi un sacerdocio: hizo remo, ajedrez, ping pong, pelota, atletismo, voley. Enseñó natación, softbol, gimnasia. Fue autoridad universitaria y dirigente de peso en pelota y en voley. La pregunta del millón: ¿fútbol? “Era un patadura para eso, además no me gustaba. Siendo profesor, no lo promovía, porque todos sabían jugar y yo prefería impartir clases de otras disciplinas”, cuenta. Y agrega con contundencia: “desde el punto de vista educativo, el fútbol, tal cual se presenta hoy, es un modelo pernicioso, no es para seguir. La realidad lo demuestra. Está el tema de los hinchas y la violencia: a la cancha entran los locales, los visitantes no. La sobredosis de TV modifica hasta los hábitos de los chicos. Ese bombardeo no lo veo positivo.” Y aparece el remate: “hay un fenómeno de mercado, en el que el adolescente, el joven, tiene otros intereses y se aleja del deporte. Otro tema es que el fútbol monopoliza mucho, sobre todo el negocio que genera.”
Paraná (Entre Ríos), primeros años de la década de 1930. A una cuadra y media de la casa de los Mendoza estaba el Club Ciclista. Apenas abría la puerta, el pequeño Osmar y su hermano Nelson entraban como un rayo. Ambos eran devotos de la actividad física; con el tiempo jugaron pelota y fueron campeones. Allí se fue edificando la leyenda del profesor, de cuyas enseñanzas se nutrieron legiones de tucumanos.
¿Cómo apareció Tucumán en su vida? “En 1949 me trajo Federico Dickens, que fue mi profesor en el Instituto de Educación Física en San Fernando, en Buenos Aires. Ese era un internado y mis padres me enviaron porque de adolescente quería ser profesor. Allí me hice jugador de voley, era rematador. En esa época, tres petisos defendían y tres altos atacaban”, recuerda. Un dato: se recibió en 1947 con el mejor promedio.
Siendo pelotari, se convirtió en un emblema de la especialidad. Socio vitalicio de Atlético, luchó por años para que mantenga la cancha de frontón en la sede central. “Me retiré y hoy es un depósito”, advierte. ¿Qué piensa del actual momento del club, jugando en el fútbol de Primera? “No voy a la cancha pero veo al equipo por TV, me hace muy feliz. Mi corazón también está con Patronato, de Paraná. En la temporada pasada, cuando los dos peleaban el ascenso estaba en un dilema, pero me inclinaba por el ‘decano’. El club fue mi casa mucho tiempo.”
La frontera entre el deportista y el educador no existe para Mendoza. “En mi etapa educativa siempre valoricé primero el empeño, el tesón, el trabajo, y después la capacidad. Los profesores de educación física generalmente nos dejamos tentar por lo segundo. El docente debe ser maestro de vida y de conducta para que tenga ascendiente. Sin eso, poco puede trascender en sus alumnos. En lo particular me siento conforme por lo que hice. Pero quizás soy demasiado benevolente con el concepto que tengo de mí.”
Mendoza sigue activo: camina solo, todos los días, desde su casa en Chile al 900 al centro. “Tengo propiedades que administro y tengo que atender. No soy cafetero, no soy de bares. Voy, pero no regularmente. Viajo mucho a Entre Ríos, tres o cuatro veces al año. Allí me reúno con mis amigos de la escuela Normal, donde me recibí de maestro”, recuerda.
-¿Hizo todo lo que se propuso en su etapa de docente?
- (Hace una larga pausa). Fui modesto en mis proyectos. Sé hasta dónde llegué, no me extralimité. Me impuse un plafón, y lo logré.
-¿Competir o participar?
- La competencia debe ser con y no contra alguien. Hoy eso no se vive así. Promulgué el respeto por al adversario, no que se lo vea como el enemigo. Ganar como sea no lo comparto.
- ¿Cómo se ve si tuviera que que enseñar hoy?
- Hoy es difícil ser profesor, y no sólo de educación física. Los adolescentes cambiaron y la educación bajó su nivel en todo el país, persigue otros objetivos. En general, los alumnos estudian poco.
- ¿Siente que en su profesión fue un lírico?
- No sé si fui un lírico en lo que hice. Trabajé gratis muchísimo tiempo. Y ayudé todo lo que pude a lo largo de los años. Entiendo que di y me di. Si eso es ser lírico, entonces cabe el concepto.
VIDA Y OBRA
• Osmar Arnaldo Mendoza enseñó 48 años en la UNT y 37 años en la Escuela Normal “Juan Bautista Alberdi”. Desde 1949 integró el plantel docente del Departamento de Educación Física de la UNT (luego Instituto, Escuela y finalmente Facultad). Ingresó a la Normal en abril de 1953.

• En Tucumán organizó la Federación de Softbol, la primera Federación de Beisbol de la provincia y participó en la creación de la Federación de Voley.
• Como profesor de voley de la Normal estuvo 17 años seguidos ganando una categoría en los Intercolegiales, sea en Menores, Cadetes o Juveniles. Fue campeón tucumano y del Norte y logró un subcampeonato Argentino en 1971 en Concordia (Entre Ríos). Ese año federó a la escuela; el equipo salió campeón en 1973. En 1974 logró el título con Argentinos del Norte.

• En julio de 1955 contrajo matrimonio con Mabel del Carmen Balcaldi Quintana. Tuvo tres hijos: Osmar Mario; Sergio Rubén y Ada Alicia. Vive con esta última. Tiene varios nietos







