Como ya ocurriera el año pasado, pareciera que el nuevo perfil del MUNT apuesta a la realización de pocas exposiciones en la temporada y con núcleos temáticos muy definidos. El último día de marzo, pues, se inauguró allí “Mujer, Cuerpo e Independencia”, con la curaduría general de Javier El Vázquez y la participación de las artistas Sol Rodríguez Díaz, Sofía Noble, Geli González, Fiorina Gatti, Sofía Flores Blasco, Mané Guantay, Guadalupe Creche y Zahía Caram, una exposición que se extenderá hasta junio.
“Nuestro enfoque curatorial pretende dar visibilidad a problemáticas que las mujeres han padecido particularmente a lo largo de la historia”, se indica en el texto. Allí, a modo de disparadores se plantean una serie de señalamientos sobre el estado de situación y un conjunto de interrogantes. Planteos que se han repetido incansablemente durante las últimas semanas y con los que son difíciles no acordar.
Pero lo que más se advierte es que las instalaciones de las artistas funcionan con independencia de ese enfoque. En otras palabras, las obras que ocupan las distintas salas pueden exponerse en otros museos o centros y no perderán por ello su factura, su dimensión o su relevancia. Excepto, el denominado Muro de Datos, en el que, a modo de documentación, las cifras sobre la violencia de género son escalofriantes, mientras que en una pantalla se proyectan diversos testimonios.
Vale pues, recordar, cuando el teórico chileno Justo Pastor Mellado señala que el curador “es un editor especial que trabaja con obras de arte y las conecta entre sí en función de un eje. El curador tiene que justificar ese eje, y por eso es un editor de ficciones, porque establece el guión con las obras, y no al revés, en cuyo caso, serían ilustraciones”.
Se ha dicho que en ese nuevo perfil del MUNT, la concurrencia de alumnos de escuelas y colegios juega un rol importante; la relación e interactividad con determinado público.
Pero es un riesgo cuando se pretende utilizar el arte para enseñar, porque en muchas oportunidades, lo que dicen las obras por sí, no coincide necesariamente con el discurso que otros hacen de ella.
“Nuestro enfoque curatorial pretende dar visibilidad a problemáticas que las mujeres han padecido particularmente a lo largo de la historia”, se indica en el texto. Allí, a modo de disparadores se plantean una serie de señalamientos sobre el estado de situación y un conjunto de interrogantes. Planteos que se han repetido incansablemente durante las últimas semanas y con los que son difíciles no acordar.
Pero lo que más se advierte es que las instalaciones de las artistas funcionan con independencia de ese enfoque. En otras palabras, las obras que ocupan las distintas salas pueden exponerse en otros museos o centros y no perderán por ello su factura, su dimensión o su relevancia. Excepto, el denominado Muro de Datos, en el que, a modo de documentación, las cifras sobre la violencia de género son escalofriantes, mientras que en una pantalla se proyectan diversos testimonios.
Vale pues, recordar, cuando el teórico chileno Justo Pastor Mellado señala que el curador “es un editor especial que trabaja con obras de arte y las conecta entre sí en función de un eje. El curador tiene que justificar ese eje, y por eso es un editor de ficciones, porque establece el guión con las obras, y no al revés, en cuyo caso, serían ilustraciones”.
Se ha dicho que en ese nuevo perfil del MUNT, la concurrencia de alumnos de escuelas y colegios juega un rol importante; la relación e interactividad con determinado público.
Pero es un riesgo cuando se pretende utilizar el arte para enseñar, porque en muchas oportunidades, lo que dicen las obras por sí, no coincide necesariamente con el discurso que otros hacen de ella.
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