Se mojan con el sudor del cañaveral. Atrapan en el aire esa canción de la tierra que se mete por sus poros. Allá lejos y hace tiempo, su infancia deambula por Monteros. El rumor naciente del Ñuñorco los arrulla por las noches con el bagualeo de sus trapiches. El humo dibuja esperanzas en sus chimeneas. La zamba se asienta en las pestañas. Las alas del pañuelo los devuelven a San Miguel de Tucumán, donde han visto la luz por primera vez ese viernes 15 de octubre de 1926. El maestro Teodoro Marín les desviste en las mocedades los secretos de las seis cuerdas. El guardapolvo ya viste su vocación docente.
“Los viernes artísticos” de la confitería El Buen Gusto estrenan su canto. Su voz se trepa a los micrófonos de las radios y florece en esa década fecunda del folclore tucumano. “Cuando desangra el cansancio su noche de ausencia por la inmensidad, grita tu caja, zafrero, gimiendo vidala por la que no está. Oigo morder los machetes, el anca lonjeada del cañaveral; así te muerde la escarcha de aquella nostalgia en la soledad… Duerme la luna en el surco, el alba le espera nublada de alcohol, vuelve emponchada de frío tu vida, zafrero, la caña secó. En un lomo de guitarra como pañuelo zambero viene lloviendo mi canto por tu tristeza, zafrero”, escriben y cantan.
Miran ahora hacia el puerto. Incursionan en el periodismo. La poesía los adopta. Sus metáforas viajan en su libro En la luz y el pájaro. Un poema despierta la sensibilidad de un santafesino. “Porque en mi voz hay ecos de canciones de cuna, porque mis manos tienen valideces de arcilla, porque en el duro lienzo de mi alba vestidura, el divino maestro maduró las semillas… Cosechera de almas, yo siembro maravillas, ¡ah!, desde lejanos puertos hacia extraños ocasos nuestra labor, hermanos, es siempre una partida que importa, si dejamos la sandalia en el polvo, si al derramar la ofrenda nos florece la vida…” Sus versos laten ya en los pentagramas de Carlos Guastavino, que luego se entusiasma con “Al comandante Piedrabuena”.
Ellos tejen canciones. Con el programa “Esta tierra de uno” invita a caminar a los oyentes de Radio Nacional. En la calle Juncal los sueños son poemas y corcheas. “Esta soy yo. Simplemente una mujer que despertó para mirar los cerros del Aconquija allá en Tucumán, desde un aula de la escuela rural de El Siambón. Luego de hundir mis plantas en los ardientes caminos de El Uclar, en Santiago del Estero, donde los míos colaboraron en el exterminio de quebrachos y ñandúes, me florecieron hijos y empapé mi guitarra con los vientos del mundo. Los pájaros del silencio me templaron y me enseñaron a salir de la introversión”, le confiesa ella a ellos. Sus canciones se acunan en el corazón de Mercedes Sosa, de Los Fronterizos…
2008. Noviembre se tiñe de adiós. “Quiero morir en mi tierra con los zorzales cantando, que me siembren en Amaicha y así volver vidaleando. Tarcos, jazmines, azahares perfumarán mis recuerdos, cuando los cuente al Cochuna y el Siambón los hagan canto”, cantan quizás ese sábado 29 los ojos de Alma García.
“Los viernes artísticos” de la confitería El Buen Gusto estrenan su canto. Su voz se trepa a los micrófonos de las radios y florece en esa década fecunda del folclore tucumano. “Cuando desangra el cansancio su noche de ausencia por la inmensidad, grita tu caja, zafrero, gimiendo vidala por la que no está. Oigo morder los machetes, el anca lonjeada del cañaveral; así te muerde la escarcha de aquella nostalgia en la soledad… Duerme la luna en el surco, el alba le espera nublada de alcohol, vuelve emponchada de frío tu vida, zafrero, la caña secó. En un lomo de guitarra como pañuelo zambero viene lloviendo mi canto por tu tristeza, zafrero”, escriben y cantan.
Miran ahora hacia el puerto. Incursionan en el periodismo. La poesía los adopta. Sus metáforas viajan en su libro En la luz y el pájaro. Un poema despierta la sensibilidad de un santafesino. “Porque en mi voz hay ecos de canciones de cuna, porque mis manos tienen valideces de arcilla, porque en el duro lienzo de mi alba vestidura, el divino maestro maduró las semillas… Cosechera de almas, yo siembro maravillas, ¡ah!, desde lejanos puertos hacia extraños ocasos nuestra labor, hermanos, es siempre una partida que importa, si dejamos la sandalia en el polvo, si al derramar la ofrenda nos florece la vida…” Sus versos laten ya en los pentagramas de Carlos Guastavino, que luego se entusiasma con “Al comandante Piedrabuena”.
Ellos tejen canciones. Con el programa “Esta tierra de uno” invita a caminar a los oyentes de Radio Nacional. En la calle Juncal los sueños son poemas y corcheas. “Esta soy yo. Simplemente una mujer que despertó para mirar los cerros del Aconquija allá en Tucumán, desde un aula de la escuela rural de El Siambón. Luego de hundir mis plantas en los ardientes caminos de El Uclar, en Santiago del Estero, donde los míos colaboraron en el exterminio de quebrachos y ñandúes, me florecieron hijos y empapé mi guitarra con los vientos del mundo. Los pájaros del silencio me templaron y me enseñaron a salir de la introversión”, le confiesa ella a ellos. Sus canciones se acunan en el corazón de Mercedes Sosa, de Los Fronterizos…
2008. Noviembre se tiñe de adiós. “Quiero morir en mi tierra con los zorzales cantando, que me siembren en Amaicha y así volver vidaleando. Tarcos, jazmines, azahares perfumarán mis recuerdos, cuando los cuente al Cochuna y el Siambón los hagan canto”, cantan quizás ese sábado 29 los ojos de Alma García.
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