- EL DOCTOR MÁXIMO ETCHECOPAR. Un médico tucumano que murió en plena juventud y dejó nobles recuerdos. LA GACETA / ARCHIVO.
El doctor Máximo Etchecopar tuvo una breve vida. Nació en 1885 y murió en 1916, a los 31 años. Era un excelente médico, dotado de gran cultura. Llevaba el mismo nombre de su padre, francés afincado en Tucumán y educado por Amadeo Jacques. Era hermano político de Juan B. Terán. Este le tenía enorme afecto: en su diario personal, escribió que “era suave, bueno” y que “su espíritu poseía un perfume sutil, impercibido para los transeúntes, para la mayoría, para los vulgares gozadores de la vida”. Y “¡cuánta gentileza, cuánta bondad de corazón y justeza de juicio había en él!”.
El doctor Clodomiro Zavalía, en sus amenos recuerdos de la vida estudiantil, destaca a Etchecopar entre los compañeros de la pensión –llena de tucumanos- de calle Arenales 1.229, en Buenos Aires. Cuenta que era “la figura central y más interesante de la casa”. Se conocían desde niños, “cuando jugábamos juntos en la plaza de Tucumán, donde aprendimos a patinar, o en la Quinta de Gallo, cerca del Provincial”.
Ya entonces Etchecopar mostraba “ese gran equilibrio y la circunspección sin amaneramiento que hicieron de él, después, uno de los seres más buenos que he conocido en la vida, más ecuánime, más ponderado”. Agrega que “nadie era más estricto consigo mismo, a la vez que más tolerante con las acciones del prójimo”.
En la pensión, arreglaba de tal manera sus gastos “que siempre disponía de sobrantes, contra los cuales girábamos sin mayores miramientos”, recordaba emocionado Zavalía. Ejercía sobre todos sus compañeros una notoria “atracción espiritual”. Tuvo dos hijos. Es sabido que el mayor, Máximo, abogado, cumplió una brillante trayectoria de diplomático y de ensayista político.
El doctor Clodomiro Zavalía, en sus amenos recuerdos de la vida estudiantil, destaca a Etchecopar entre los compañeros de la pensión –llena de tucumanos- de calle Arenales 1.229, en Buenos Aires. Cuenta que era “la figura central y más interesante de la casa”. Se conocían desde niños, “cuando jugábamos juntos en la plaza de Tucumán, donde aprendimos a patinar, o en la Quinta de Gallo, cerca del Provincial”.
Ya entonces Etchecopar mostraba “ese gran equilibrio y la circunspección sin amaneramiento que hicieron de él, después, uno de los seres más buenos que he conocido en la vida, más ecuánime, más ponderado”. Agrega que “nadie era más estricto consigo mismo, a la vez que más tolerante con las acciones del prójimo”.
En la pensión, arreglaba de tal manera sus gastos “que siempre disponía de sobrantes, contra los cuales girábamos sin mayores miramientos”, recordaba emocionado Zavalía. Ejercía sobre todos sus compañeros una notoria “atracción espiritual”. Tuvo dos hijos. Es sabido que el mayor, Máximo, abogado, cumplió una brillante trayectoria de diplomático y de ensayista político.
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