Letristas: la resistencia de los dibujantes de la palabra

Este viejo oficio consistente en pintar carteles a mano pone su acento en la producción artística de las tipografías, entre ellas el clásico fileteado porteño. Video.

29 Oct 2015

César Delgado (68 años) recuerda un domingo en Las Termas, cuando tenía 12 años. Su padre era letrista y él, su ayudante. Habían viajado a esa ciudad para realizar un trabajo y allí se encontraron con que el cliente necesitaba más letreros de los que tenían previstos. El padre tuvo que delegar en el aprendiz la realización íntegra de grandes carteles. “Ese día me convertí en un verdadero letrista”, sentencia con orgullo Delgado y luego bromea: “un letrista con todas las letras”.

Durante muchos años, el diseño gráfico y la cartelería estuvieron en manos de estos artesanos de las letras. Sin embargo, a mediados de los 80, llegaron las herramientas digitales con sus múltiples atajos y se apropiaron de la escena. “Hoy ni siquiera hace falta ser ilustrador para realizar un diseño en la computadora –cuenta Delgado- mientras que un letrista tarda seis meses sólo en aprender a manejar el pincel”. Miguel Ángel Gutiérrez, también letrista, opina que la computadora reemplazó al pincel: “las máquinas, en especial el plotter (máquina de alta precisión para impresiones de gran tamaño), nos quitaron el 80% del trabajo, pero aún así estoy convencido de que siempre habrá alguien que necesite un letrista”, sostiene Gutiérrez desde la resistencia.

Los letristas utilizan un pincel singular, confeccionado con pelos de oreja de buey. Son pinceles largos y respetan la terminación natural del pelo. Se fabrican especialmente para este oficio. Su manejo requiere una gran destreza. Marcos Elías (52), otro cultor del oficio, cuenta que cuando tenía 15 años, a la salida del colegio, pasaba por un taller donde se pintaban letreros: “un día les dije que quería aprender y ahí comenzó un largo proceso de práctica con el pincel”. Todos los días, después de clases, Elías llegaba y marcaba unos renglones con tiza sobre una chapa. Luego pintaba todo el abecedario: primero con letras rectas, para mejorar el pulso; más tarde con letras curvas, para dominar la técnica. Al final de la jornada pasaba un rodillo para tapar todo el trabajo y comenzar desde el principio al día siguiente. “Sólo podés dedicarte a esto si tenés constancia y paciencia”, agrega, señalando dos virtudes que han quedado desdibujadas por el culto a la velocidad impuesto por las nuevas tecnologías.

Con perseverancia y práctica, los letristas llegan a dominar alfabetos de todas las estéticas posibles con sus mayúsculas, minúsculas y signos de puntuación. Con el pulso y la tenacidad de un artesano, le otorgan luces, sombras y relieves al mundo de las tipografías. “El trabajo de la máquina tiene gran precisión –detalla Delgado-, pero el trabajo a mano tiene la intensidad del contacto con lo humano y artesanal, vibra por todos lados, tiene vida; y esa es otra forma de perfección”.

Aunque las técnicas de diseño e impresión actuales amenazan con extinguir el oficio, basta una mirada atenta a la ciudad para encontrar la pista de los letristas aún vigente. El “trazo que vibra”, como lo define Delgado, atraviesa carteles, vidrieras, acoplados de camiones, interiores de colectivos, muros y fachadas de negocios, entre otras superficies. Palpita en la calle, como un clásico urbano sin tiempo.

Fileteado
Una estética con sello porteño 


El fileteado es una de las tantas estéticas que se utilizan para pintar letras. Nace en Buenos Aires a finales del siglo XIX. En esos momentos los dueños de los carros tirados por caballo decidían pintarlos para embellecerlos y diferenciarlos de los otros. En un principio eran sólo líneas de colores alrededor de las letras; pero con el tiempo el estilo comenzó a incorporar formas de la arquitectura típica de la ciudad. La técnica del fileteado es una de las preferidas de los letristas.
 
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Entre el ser digital y el “aura” del original  


Los letristas tuvieron una participación activa en publicidad antes de que las viejas herramientas fuera reemplazadas por técnicas más avanzadas. César Delgado recuerda una ocasión en la que tuvo que pintar la marca de una gaseosa en el fondo de una pileta. “Filmaban un spot que mostraba a una mujer nadando sobre el logo”, cuenta. Actualmente ese logo podría ser colocado virtualmente con programas de video para efectos visuales. Ricardo Santiago, director creativo de la agencia de publicidad Persona opina que lo digital trajo ventajas: “antes tardábamos mucho más en ver materializada una idea, hoy los tiempos se han reducido y eso permite crear más y mejores diseños”. Sin embargo, cree que el oficio de letrista no desaparecerá: “quizás pase como con los discos de vinilo que,lejos de desaparecer, actualmente se cotizan más caros”, bromea. Los mismo considera Marcos Elías: “un cartel pintado por un letrista dura más y es más barato. Por eso, mientras haya alguien que quiera aprender la técnica, habrá continuidad en el oficio”, sentencia.

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