La vedette del momento es ...
¿Quién no escuchó esta frase? Seguidamente sobrevenían los nombres de bellas señoritas, que aparecían mostrando las virtudes con las que la naturaleza las dotó exuberantemente. Sin embargo, la oración también puede completarse y referirse a algo muy distinto, a una herramienta o a un vehículo, como la famosa Ferrari Testarossa de un ex presidente. En las menos se puede aludir a una idea o a un descubrimiento. Imaginemos la teoría de los cuantos de Planck, los agujeros negros de Stephen Hawking o la Máquina de Dios -acelerador de partículas- expuestos como vedettes temporales; en sus ámbitos científicos, tal vez sí; en lo más mundano, no. Si decimos corrupción, clientelismo y nepotismo -las vedettes de los últimos meses en Tucumán-, las neuronas se activarán para concluir que sólo son aplicables a la política en particular. Sin querer abrir una ventana a la neuropolítica, cabe deslizar que para las gestiones que vienen se anuncian dos protagonistas estelares. Por cierto, no son las Xipolitakis.
No son tan voluptuosas, ni tentadoras. Sus nombres no brillan en las marquesinas, no tienen encantos ni seducen por sus formas; pero tienen bastante contenido y desafían la imaginación de los demócratas. Se trata de dos conceptos poco mediáticos, nada vendedores y hasta aburridos. No atrapan lo suficiente como para que la gente salga enardecida a las calles con sentencias setentistas y ofrendar la vida por ellos. Siempre fueron menos que actores de reparto y fueron elevados imprevistamente a la categoría de artistas de primer nivel. A ningún oficialista u opositor se le ocurriría no mencionarlos; sería pecaminoso, inaudito, impropio de los tiempos y hasta impolítico. Desnudaría que navegan contra el viento. El clima de soberbia, de enfrentamiento y de grieta de este fin de ciclo, nacional y provincial, obligaron a rescatar a estos dos polvorientos conceptos del arcón de las costumbres públicas olvidadas. Ahora relucen como las grandes novedades a futuro: el diálogo político y el consenso institucional. Ahora son los invitados de lujo para la próxima fiesta.
Los admiten con reticencia, pero la mayoría acepta con resignación que hay que rendir estas recicladas materias porque se preanuncian tiempos distintos. Irónico, el bolillero del futuro se armó con textos teóricos en desuso. ¿Es tanto el daño que ocasionó a la sociedad la falta de diálogo y la ausencia de consensos como para que ahora se descubran imprescindibles? Nadie exige ni habla sobre lo que no es necesario.
¿Diálogo dónde? ¿En la Legislatura? Si observamos la composición que tenía la Cámara en 2011, veremos que el oficialismo contenía a 42 de los 49 parlamentarios. Entonces, ¿hablar para qué? La fuerza de los números otorgaba la razón a la mayoría en un ambiente influenciado por la gran invención nacional del tercer milenio: el planteo amigo-enemigo, el mismo que redituó beneficios y pérdidas al kirchnerismo. Al adversario había que ponerlo de rodillas, según se llegó a sugerir en algún momento conflictivo de la historia reciente. El enemigo provincial, en cambio, era chiquito. Para qué escucharlo, era perder el tiempo. Con sólo levantar las manos, y sin pedir la palabra, se lo aplastaba.
En la próxima Legislatura habrá 33 oficialistas sobre un total de 49 parlamentarios. Por ahora, ya que parece que el cerco está muy bajito. El Gobierno seguirá teniendo los dos tercios para abrir y cerrar cualquier puerta. O sea, para no dialogar si así lo quiere. Empero, hay algo diferente a tener e cuenta a la hora de analizar cursos de acción: el clima político. En esta transición tuvieron -y tienen- un activo protagonismo aquellas tres vedettes que supieron satisfacer necesidades y ambiciones terrenales: corrupción, clientelismo y nepotismo. Hicieron de las suyas y dejaron una gran estela negativa, la suficiente como para repensar acerca de que los caminos tienen que ser otros -o bien desandarlos-, por más que la oposición legislativa quede reducida a 16 bancas. Se tendrá que hacer camino al andar.
Gran parte de la responsabilidad, en este caso, recaerá sobre los hombros del próximo vicegobernador en su calidad de presidente de la Cámara: Osvaldo Jaldo. ¿Lo hará? Ante la consulta desliza una frase sugestiva: no será la democracia del número, sino la de la política. La intención viene influenciada por el nuevo clima. Habrá que ver. El tranqueño deberá interpretar lo que la sociedad politizada, esa dividida e identificada con cada uno de los espacios que estuvieron en pugna -el del interior oficialista y el de las plazas opositoras-, le está reclamando a la clase dirigente. Entre esas cosas, menos grieta. Le compete el diálogo institucional con las fuerzas políticas representadas en la Legislatura. Diálogo, consenso y respeto por las minorías; repite el ministro del Interior para sintetizar lo que se viene.
El dialogo político, en cambio, tiene otra senda, en la que tienen que estar involucrados los partidos políticos. Esa misión le cabe a Juan Manzur. Aquí el tema se vuelve engorroso; especialmente si se piensa que cada acople implicó un partido político y que hubo más de 500 acoples en los comicios de agosto, y que en 2016 la planilla de organizaciones partidarias puede superar el número mil. Con ese marco, para una eventual convocatoria a un debate político para acordar puntos básicos de coincidencias se necesitará un estadio para sentar a todos los referentes. Una buena excusa para no efectuar la convocatoria, pero el clima la impone. De todas formas, el propio sistema constituye una traba seria para abordar esta instancia. Para contrarrestarlo se necesitarán nuevas reglas para la constitución de partidos políticos -modificar la Ley Orgánica de Partidos Políticos (5.454), por ejemplo-, además de promover cambios en la legislación electoral.
Para el oficialismo, de esas dos vedettes con nombre y apellido; diálogo político y consenso institucional, en la transición política son más importantes los nombres que los apellidos. Sin embargo, el diálogo y el consenso aparecen más en los discursos que en los gestos que están dando los que vienen y los que se van. Aunque en rigor de verdad, se debe hablar más que los que siguen en funciones; porque los principales dirigentes continuarán gestionando: Alperovich, Manzur y Jaldo. ¿Trípode de poder? De dialogar, dialogan; de consensuar ... Veamos. Nada mejor que observar la composición del futuro gabinete para determinar si alguno tuvo más preeminencia que los otros dos; o si realmente todo se consensúa; como lo repiten subterráneamente para guardar las apariencias. Los nombres que se publican en esta edición dicen que por lo menos hay diálogo y un aparente acuerdo. Sin embargo, hay heridos y las hemorragias no son menores. Algunos hicieron méritos para no ser, según se deslizó en la cúpula.
A nadie le conviene que estallen diferencias personales y menos que se fuguen por las ventanas de la Casa de Gobierno cuando tienen que sortear una elección en una semana más. En ese marco, cada uno hace la suya como puede: el que se va porque sabe que en dos semanas no tendrá más qué repartir -y que se niega a irse, según algunos palaciegos-; y los que vienen porque saben que tienen mucho tiempo por delante para cambiar, y empoderarse. Más cambio que continuidad. Y no tienen cuatro, sino tal vez en ocho años. Esta alternativa comenzó a cobrar vuelo después de los comicios de la Capital, donde ganó Germán Alfaro. Los cerebros de lectura más intrépida observan similitudes con los comicios bonaerenses de 2013, cuanto Massa se impuso y cerró la puerta a la reelección de Cristina. Concluyen que con la derrota en San Miguel de Tucumán en manos de un peronista disidente se le cerró la puerta al regreso de Alperovich en 2019. ¿Habría que entender bajo esa mirada la animosidad que el gobernador saliente demuestra con el sucesor de Amaya?
Retomando, ¿para qué pelearse ahora? Ya habrá tiempo. La imagen que deben dar es otra; hasta distinta de aquel trípode de poder de 2003: Miranda, Alperovich, Juri. Hoy es otro: Alperovich, Manzur, Jaldo. ¿Similitudes? El uno, que se convirtió en senador, eligió al sucesor, y el vice representó al peronismo. Aquella fue una sociedad electoral, por eso terminó desecha. Resultó una sociedad por conveniencia, como lo es todo en política, donde la amistad tiene un valor menos que relativo. ¿Tendrá el mismo fin este nuevo trípode? Nadie puede hacer futurología. Uno que debe abandonar su banca osó negar esa posibilidad al sostener que esta es una sociedad política que continuará el proyecto. Es la visión kirchnerista que prioriza el “modelo”, obviando ingenuamente que cambian los actores y sus roles, y que cada uno viene con propósitos y ambiciones nuevas. Lo de siempre, arrasar para realizar.
Al margen de esta disquisición, el marco nacional incide en las buenas formas que exponen los tres referentes; ya que necesitan que Scioli gane el 25. El propósito los mantiene aliados en la coyuntura. Esa mancomunión en la transición trasunta en una publicitada acción consensuada -que no parece tal- en materia de designaciones para la gestión que viene. Según el organigrama actual del Poder Ejecutivo, son 209 los cargos políticos a cubrir. Muchos para repartir y bastantes oficinas para llenar. Por ahora se sabe de los que estarán en el mostrador principal. O sea, aseguran que hay diálogo y consenso para dar una buena señal y creen que sólo hay que añadirles los apellidos -político y constitucional-, y esperar que el clima se extienda al resto de la sociedad política para se pueda hablar de nuevos tiempos. Para lo tiene que haber voluntad política. Por ahora, sólo se obligan a parecer buenitos.
Tampoco tiene mucho margen el futuro el intendente capitalino a partir de la composición del Concejo Deliberante. Como confía entre los suyos; su gestión será muy política y de consenso. Está condicionado a dialogar. Los números del cuerpo legisferante, en este caso, casi definen la línea de acción. El Gobierno provincial también aparece en la ecuación: ya que el diálogo institucional tendrá que darse para una buena convivencia. Por ahora no hay señales en ese sentido. El puente que se vislumbra es nacional y de la mano del peronismo, si es que hay trabas fronteras adentro. Ya hay una coincidencia. Cuando a Alfaro se le pregunta por quién votará el 25, ya que ganó de la mano del opositor Acuerdo para el Bicentenario, responde con una frase: “yo soy peronista”. Los que ganaron, lo son.
¿Quién no escuchó esta frase? Seguidamente sobrevenían los nombres de bellas señoritas, que aparecían mostrando las virtudes con las que la naturaleza las dotó exuberantemente. Sin embargo, la oración también puede completarse y referirse a algo muy distinto, a una herramienta o a un vehículo, como la famosa Ferrari Testarossa de un ex presidente. En las menos se puede aludir a una idea o a un descubrimiento. Imaginemos la teoría de los cuantos de Planck, los agujeros negros de Stephen Hawking o la Máquina de Dios -acelerador de partículas- expuestos como vedettes temporales; en sus ámbitos científicos, tal vez sí; en lo más mundano, no. Si decimos corrupción, clientelismo y nepotismo -las vedettes de los últimos meses en Tucumán-, las neuronas se activarán para concluir que sólo son aplicables a la política en particular. Sin querer abrir una ventana a la neuropolítica, cabe deslizar que para las gestiones que vienen se anuncian dos protagonistas estelares. Por cierto, no son las Xipolitakis.
No son tan voluptuosas, ni tentadoras. Sus nombres no brillan en las marquesinas, no tienen encantos ni seducen por sus formas; pero tienen bastante contenido y desafían la imaginación de los demócratas. Se trata de dos conceptos poco mediáticos, nada vendedores y hasta aburridos. No atrapan lo suficiente como para que la gente salga enardecida a las calles con sentencias setentistas y ofrendar la vida por ellos. Siempre fueron menos que actores de reparto y fueron elevados imprevistamente a la categoría de artistas de primer nivel. A ningún oficialista u opositor se le ocurriría no mencionarlos; sería pecaminoso, inaudito, impropio de los tiempos y hasta impolítico. Desnudaría que navegan contra el viento. El clima de soberbia, de enfrentamiento y de grieta de este fin de ciclo, nacional y provincial, obligaron a rescatar a estos dos polvorientos conceptos del arcón de las costumbres públicas olvidadas. Ahora relucen como las grandes novedades a futuro: el diálogo político y el consenso institucional. Ahora son los invitados de lujo para la próxima fiesta.
Los admiten con reticencia, pero la mayoría acepta con resignación que hay que rendir estas recicladas materias porque se preanuncian tiempos distintos. Irónico, el bolillero del futuro se armó con textos teóricos en desuso. ¿Es tanto el daño que ocasionó a la sociedad la falta de diálogo y la ausencia de consensos como para que ahora se descubran imprescindibles? Nadie exige ni habla sobre lo que no es necesario.
¿Diálogo dónde? ¿En la Legislatura? Si observamos la composición que tenía la Cámara en 2011, veremos que el oficialismo contenía a 42 de los 49 parlamentarios. Entonces, ¿hablar para qué? La fuerza de los números otorgaba la razón a la mayoría en un ambiente influenciado por la gran invención nacional del tercer milenio: el planteo amigo-enemigo, el mismo que redituó beneficios y pérdidas al kirchnerismo. Al adversario había que ponerlo de rodillas, según se llegó a sugerir en algún momento conflictivo de la historia reciente. El enemigo provincial, en cambio, era chiquito. Para qué escucharlo, era perder el tiempo. Con sólo levantar las manos, y sin pedir la palabra, se lo aplastaba.
En la próxima Legislatura habrá 33 oficialistas sobre un total de 49 parlamentarios. Por ahora, ya que parece que el cerco está muy bajito. El Gobierno seguirá teniendo los dos tercios para abrir y cerrar cualquier puerta. O sea, para no dialogar si así lo quiere. Empero, hay algo diferente a tener e cuenta a la hora de analizar cursos de acción: el clima político. En esta transición tuvieron -y tienen- un activo protagonismo aquellas tres vedettes que supieron satisfacer necesidades y ambiciones terrenales: corrupción, clientelismo y nepotismo. Hicieron de las suyas y dejaron una gran estela negativa, la suficiente como para repensar acerca de que los caminos tienen que ser otros -o bien desandarlos-, por más que la oposición legislativa quede reducida a 16 bancas. Se tendrá que hacer camino al andar.
Gran parte de la responsabilidad, en este caso, recaerá sobre los hombros del próximo vicegobernador en su calidad de presidente de la Cámara: Osvaldo Jaldo. ¿Lo hará? Ante la consulta desliza una frase sugestiva: no será la democracia del número, sino la de la política. La intención viene influenciada por el nuevo clima. Habrá que ver. El tranqueño deberá interpretar lo que la sociedad politizada, esa dividida e identificada con cada uno de los espacios que estuvieron en pugna -el del interior oficialista y el de las plazas opositoras-, le está reclamando a la clase dirigente. Entre esas cosas, menos grieta. Le compete el diálogo institucional con las fuerzas políticas representadas en la Legislatura. Diálogo, consenso y respeto por las minorías; repite el ministro del Interior para sintetizar lo que se viene.
El dialogo político, en cambio, tiene otra senda, en la que tienen que estar involucrados los partidos políticos. Esa misión le cabe a Juan Manzur. Aquí el tema se vuelve engorroso; especialmente si se piensa que cada acople implicó un partido político y que hubo más de 500 acoples en los comicios de agosto, y que en 2016 la planilla de organizaciones partidarias puede superar el número mil. Con ese marco, para una eventual convocatoria a un debate político para acordar puntos básicos de coincidencias se necesitará un estadio para sentar a todos los referentes. Una buena excusa para no efectuar la convocatoria, pero el clima la impone. De todas formas, el propio sistema constituye una traba seria para abordar esta instancia. Para contrarrestarlo se necesitarán nuevas reglas para la constitución de partidos políticos -modificar la Ley Orgánica de Partidos Políticos (5.454), por ejemplo-, además de promover cambios en la legislación electoral.
Para el oficialismo, de esas dos vedettes con nombre y apellido; diálogo político y consenso institucional, en la transición política son más importantes los nombres que los apellidos. Sin embargo, el diálogo y el consenso aparecen más en los discursos que en los gestos que están dando los que vienen y los que se van. Aunque en rigor de verdad, se debe hablar más que los que siguen en funciones; porque los principales dirigentes continuarán gestionando: Alperovich, Manzur y Jaldo. ¿Trípode de poder? De dialogar, dialogan; de consensuar ... Veamos. Nada mejor que observar la composición del futuro gabinete para determinar si alguno tuvo más preeminencia que los otros dos; o si realmente todo se consensúa; como lo repiten subterráneamente para guardar las apariencias. Los nombres que se publican en esta edición dicen que por lo menos hay diálogo y un aparente acuerdo. Sin embargo, hay heridos y las hemorragias no son menores. Algunos hicieron méritos para no ser, según se deslizó en la cúpula.
A nadie le conviene que estallen diferencias personales y menos que se fuguen por las ventanas de la Casa de Gobierno cuando tienen que sortear una elección en una semana más. En ese marco, cada uno hace la suya como puede: el que se va porque sabe que en dos semanas no tendrá más qué repartir -y que se niega a irse, según algunos palaciegos-; y los que vienen porque saben que tienen mucho tiempo por delante para cambiar, y empoderarse. Más cambio que continuidad. Y no tienen cuatro, sino tal vez en ocho años. Esta alternativa comenzó a cobrar vuelo después de los comicios de la Capital, donde ganó Germán Alfaro. Los cerebros de lectura más intrépida observan similitudes con los comicios bonaerenses de 2013, cuanto Massa se impuso y cerró la puerta a la reelección de Cristina. Concluyen que con la derrota en San Miguel de Tucumán en manos de un peronista disidente se le cerró la puerta al regreso de Alperovich en 2019. ¿Habría que entender bajo esa mirada la animosidad que el gobernador saliente demuestra con el sucesor de Amaya?
Retomando, ¿para qué pelearse ahora? Ya habrá tiempo. La imagen que deben dar es otra; hasta distinta de aquel trípode de poder de 2003: Miranda, Alperovich, Juri. Hoy es otro: Alperovich, Manzur, Jaldo. ¿Similitudes? El uno, que se convirtió en senador, eligió al sucesor, y el vice representó al peronismo. Aquella fue una sociedad electoral, por eso terminó desecha. Resultó una sociedad por conveniencia, como lo es todo en política, donde la amistad tiene un valor menos que relativo. ¿Tendrá el mismo fin este nuevo trípode? Nadie puede hacer futurología. Uno que debe abandonar su banca osó negar esa posibilidad al sostener que esta es una sociedad política que continuará el proyecto. Es la visión kirchnerista que prioriza el “modelo”, obviando ingenuamente que cambian los actores y sus roles, y que cada uno viene con propósitos y ambiciones nuevas. Lo de siempre, arrasar para realizar.
Al margen de esta disquisición, el marco nacional incide en las buenas formas que exponen los tres referentes; ya que necesitan que Scioli gane el 25. El propósito los mantiene aliados en la coyuntura. Esa mancomunión en la transición trasunta en una publicitada acción consensuada -que no parece tal- en materia de designaciones para la gestión que viene. Según el organigrama actual del Poder Ejecutivo, son 209 los cargos políticos a cubrir. Muchos para repartir y bastantes oficinas para llenar. Por ahora se sabe de los que estarán en el mostrador principal. O sea, aseguran que hay diálogo y consenso para dar una buena señal y creen que sólo hay que añadirles los apellidos -político y constitucional-, y esperar que el clima se extienda al resto de la sociedad política para se pueda hablar de nuevos tiempos. Para lo tiene que haber voluntad política. Por ahora, sólo se obligan a parecer buenitos.
Tampoco tiene mucho margen el futuro el intendente capitalino a partir de la composición del Concejo Deliberante. Como confía entre los suyos; su gestión será muy política y de consenso. Está condicionado a dialogar. Los números del cuerpo legisferante, en este caso, casi definen la línea de acción. El Gobierno provincial también aparece en la ecuación: ya que el diálogo institucional tendrá que darse para una buena convivencia. Por ahora no hay señales en ese sentido. El puente que se vislumbra es nacional y de la mano del peronismo, si es que hay trabas fronteras adentro. Ya hay una coincidencia. Cuando a Alfaro se le pregunta por quién votará el 25, ya que ganó de la mano del opositor Acuerdo para el Bicentenario, responde con una frase: “yo soy peronista”. Los que ganaron, lo son.








