Dos visitas muy distintas de Castelli a Tucumán

El vocal de la Primera Junta, recibido con aclamaciones y flores en 1810, un año más tarde, después de Huaqui, sería tratado como un indeseable

04 Oct 2015
Entre los episodios acaecidos en nuestra ciudad durante los tiempos iniciales de la Revolución de Mayo, hay que recordar que el doctor Juan José Castelli, prominente vocal de la Primera Junta, estuvo dos veces en San Miguel de Tucumán. La primera, lo rodeaba un ambiente de júbilo y de triunfo. La segunda, el clima era de frialdad y de desconfianza. Merece narrarse la respectiva historia.

Castelli había salido de Buenos Aires, enviado por la Junta, para ajusticiar al ex virrey Santiago de Liniers y sus contrarrevolucionarios en Córdoba, sangrienta misión que cumplió sin vacilaciones. De allí debía seguir al Alto Perú, como jefe supremo –y con omnímodas atribuciones- del Ejército Auxiliar que mandaba el coronel Antonio González Balcarce.

El 9 de octubre de 1810, Castelli estaba ya en Santiago del Estero. Desde Tucumán, partió el doctor Manuel Felipe Molina para acompañarlo hacia nuestra ciudad. En el trayecto, por medio de chasques, el tucumano recomendaba otorgar el máximo relieve a la recepción del vocal. Molina, flamante diputado por su provincia ante la Junta, insistía al Cabildo: “es necesario que ustedes muestren un verdadero entusiasmo por la acción de la Junta”. Hasta enumeraba los detalles del protocolo a seguir.

Júbilo en Tucumán

El Cabildo de Tucumán decretó grandes honores para Castelli. Ordenó por bando que “los habitantes salgan a recibirlo” junto con los capitulares, “presentándose en sus caballos decentes y adornados”. Se dispuso un barrido general de las calles –todas de tierra- de la ciudad, y una iluminación de las fachadas. Subrayaba el Cabildo que era imperioso “manifestar el regocijo y patriotismo que anima a cada uno de los habitantes de esta ciudad, a favor de la justa y sagrada causa de la capital de Buenos Aires”.

Con tantos preparativos, la bienvenida resultó impresionante. Castelli entró a la ciudad a caballo, acompañado por Molina, en medio de un cordón de honor de más de 600 hombres armados. El Cabildo en pleno lo recibió y lo hizo subir a un carruaje, en compañía de Molina y de los alcaldes Clemente de Zavaleta y Miguel Pérez de Padilla. El vecindario, desde las calles, lanzaba vítores y arrojaba flores a su paso.

Así lo narró el Cabildo a la Junta. “El pueblo empezó desde los arrabales a colocar arcos triunfales, adornos con decentes colgaduras: como en el día de su entrada, no ha visto Tucumán desde su cuna”. Agregaba que “las mujeres colocadas en las calles, con bandejas de flores, colmaron el coche, y todos, grandes y pequeños, transportados de júbilo y alegría, repetían ¡Viva la Junta! ¡Viva su representante!”. El historiador Rafael Cano ha publicado una documentada crónica de aquellas jornadas.

Triunfo en Suipacha

Castelli permaneció solamente dos días en Tucumán. El 15 siguió viaje al norte, conduciendo los reclutas que engrosarían el ejército. Los tucumanos quedaron muy satisfechos con la fiesta. Juan B. Terán reflexiona: “¡Como ignoraban aquellos buenos hombres las irradiaciones de la acción inicial, y todos los tumbos de la vorágine que envolvería y devoraría a sus hijos y a sus nietos, trocando por el más turbulento destino la beata quietud de sus padres y abuelos en la perdida aldea colonial!”.

Castelli pasa breves días en Salta y en Jujuy –siempre entre entusiastas agasajos- y luego ingresa, con el ejército, en territorio altoperuano. El 27 se produce un primer combate, en Cotagaita. Los patriotas se lucen en varias cargas a la bayoneta, pero Balcarce dispone la retirada, sin que lo persigan. No está todavía en condiciones de afrontar una acción de envergadura.

Retrocede hasta Tupiza y hasta Suipacha. Su tropa se refuerza y el 7 de noviembre se libra la batalla de Suipacha, donde se imponen los patriotas. Es la primera victoria de la Revolución y genera un enorme entusiasmo. Todo parece sonreír en los días siguientes, al Ejército Auxiliar. Las provincias altoperuanas empiezan a jurar obediencia a la Junta de Buenos Aires.

Gran entusiasmo

Castelli entra triunfalmente en Potosí. A su lado, cabalgan sus secretarios, Nicolás Rodríguez Peña y el tucumano Bernardo de Monteagudo. Reorganiza el Ejército y reprime esas faltas de disciplina y de respeto a la religión, que formarán toda una “leyenda negra” en los años por venir. Fusila en acto público a los jefes realistas: el gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz y los jefes militares Vicente Nieto y José de Córdova.

Luego, entra en Chuquisaca, en Oruro, en La Paz. Dicta normas de un progresismo inédito respecto de los indios: declara que son iguales a los criollos y que tienen su misma aptitud para ocupar cargos; esto a la vez que anula los tributos y las prestaciones, por ejemplo. Su mirada es amplia. “Toda la América del Sud no formará en adelante sino una misma familia”, proclama.

En su entusiasmo, el vocal de la Junta cree que pronto controlará todo el territorio, y que hasta puede ganarse a Lima. Firma (16 de mayo de 1811) un armisticio con el jefe realista José Manuel de Goyeneche. Acuerdan una tregua por cuarenta días. Para el primer aniversario de la Revolución, el 25 de mayo, organiza una gran celebración en Tihuanaco. En su arenga, Castelli declara terminada para siempre la sujeción a España, y llama a vengar las cenizas de los Incas, a la vez que promete devolver sus tierras a los indios.

El desastre de Huaqui

De pronto -6 de junio- una fuerza de medio millar de realistas ataca a la avanzada patriota acampada en Yuraicoragua. Los atacantes son rechazados, pero el armisticio ha quedado roto y reina ya clima de guerra. Las tropas patriotas acampan a ambos lados de una cadena montañosa y se comunican entre sí por la quebrada de Yuraicoragua: a un lado estaba el pueblo de Machaca, y al otro el de Huaqui, sede del cuartel general.

Goyeneche los atacó por sorpresa el 20 de junio, en tres columnas: dos convergían sobre cada uno de los cuerpos patriotas y la tercera iba por la montaña.

El Ejército Auxiliar fue derrotado. No fueron muchos los muertos: el drama estuvo en la aterrorizada dispersión de la tropa. Huían en un desorden que hacía imposible que los jefes los juntaran. “Se apoderó de todos los hombres un terror extraordinario, cuyo origen no he podido comprobar aun”, expresaría el coronel Juan José Viamonte. Además, en Huaqui se perdió toda la artillería.

Parte de los dispersos se reunieron en Chuquisaca. Se les ordenó pasar a Potosí: lo hicieron en total indisciplina, jalonando su trayecto con saqueos, violaciones y crímenes.

Odio a las tropas

Todo esto hace que el pueblo, que los recibió antes como libertadores, empiece a aborrecerlos. El mismo criterio tiene la gente acaudalada, molesta por sus medidas sobre los indios, y buena parte de la jerarquía religiosa, que es realista. En Potosí y en Charcas se produjeron sangrientos encuentros entre los soldados y la población.

Castelli, Balcarce y Monteagudo, pasaron la primera noche en Laja. Luego, por caminos apartados y sorteando peligros, llegaron a Oruro. Se pensó organizar allí la resistencia, pero el pueblo se rebeló violentamente: gracias a los Patricios, el vocal logró salvar la vida y huir.

Con sus compañeros, pudo llegar penosamente a Chuquisaca. Allí, ilusionó brevemente a Castelli la noticia de que el coronel Eustoquio Díaz Vélez había retomado Oruro. Pero luego otros sucesos –la matanza desencadenada en Potosí y la derrota de la fuerza de Cochabamba- convencieron al vocal de que todo había terminado y que retirarse era la única salida. Juan Martín de Pueyrredón alcanzó a sacar 800.000 pesos en plata y oro y cargarlos en mulas, siquiera para quitar recursos a Goyeneche.

A todo esto, llega a manos de Castelli la orden de la Junta de regresar de inmediato a Buenos Aires. Ya el gobierno central es otro: ha desaparecido su gran amigo Mariano Moreno y manda la Junta Grande, que en septiembre dará paso al Triunvirato. Además, se ha ordenado al presidente Cornelio Saavedra y a Manuel Felipe Molina, enviados en comisión al Norte, que detengan a Castelli donde lo encuentren y que incauten su equipaje y su correspondencia.

Frialdad en Tucumán

Castelli llega finalmente a San Miguel de Tucumán, por segunda vez, a comienzos de noviembre de 1811. El escenario es ahora muy distinto del que lo rodeó un año atrás. Ya no hay arcos de triunfo, ni vítores, ni mujeres que arrojen flores a su paso. Ahora, lo miran como a un indeseable. El Cabildo le informa fríamente que Buenos Aires ha ordenado que lo encaminen a Catamarca.

El vocal reclama airadamente por la medida. En nota fechada en Tucumán el 26 de noviembre, se queja por el tratamiento que recibe. Él es un alto funcionario del Gobierno, un miembro de la Junta. Su prestigio está vulnerado, “y no conozco su causa, si la hay”, dice. Afirma que debe ser oído, si es que se lo enjuicia. “Yo no huyo del juicio”, expresa, “bien cierto de que no tengo crimen”.

Afirma que le es imposible confinarse en Catamarca. Hace meses que no le pagan los sueldos, y no puede vender nada porque le han robado su equipaje. Finalmente, la autoridad de Tucumán entrega 500 pesos a Castelli y 300 a Balcarce, para que puedan viajar a Buenos Aires.

Proceso y final

Corre el mes de diciembre cuando Castelli llega a la capital, y se presenta preso en el cuartel de Patricios. Luego le permiten irse a su casa, pero a mediados de enero de 1812 lo arrestan. Reclama con insistencia: no sabe por qué lo procesarán, ni si se le ha iniciado causa. En febrero, pide que lo absuelvan o lo condenen.

Al fin, se abre el juicio. Los cargos se refieren a su conducta pública, militar y privada, en la campaña al Alto Perú. Ningún testigo declara en su contra: más bien prodigan elogios a su desempeño. El proceso se cierra el 11 de junio de 1812 y las cosas quedan ahí. De todos modos, la existencia del vocal ha iniciado una indetenible cuenta regresiva. Lo devora el cáncer a la lengua que comenzó, dicen, por la mala curación de una quemadura de cigarro. Un médico le extirpa la lengua, pero la enfermedad prosigue su avance.

El doctor Juan José Castelli recibe todos los sacramentos, y muere en Buenos Aires el 12 de octubre de 1812. Tenía 48 años. No ha quedado de su persona un retrato auténtico. En 1814 su esposa, María Rosa Lynch, pedirá el pago de los muchos sueldos debidos a su difunto marido, para entregarlos a un acreedor, Juan Larrea. Le serán pagados recién trece años más tarde.

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