ACOMPAÑAR EL DIA A DIA . Inés sigue al detalle la panza de Florencia. la gaceta / Foto de Jorge Olmos Sgrosso

Ella define su tarea como la de una mamá, sustituta, pero madre al fin. La relación de la partera con la embarazada pasa por diferentes etapas: ansiedades, dudas, alegrías y temores en los que la contención es fundamental. “Me han llamado llorando porque el bebé no se prendía a la teta, por ejemplo”, cuenta Inés Díaz, partera y referente de la Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del Parto y el Nacimiento (Relacahupan). El lunes se celebró el Día de la Obstetricia y la Embarazada, una fecha que tiene a San Ramón Nonato, que significa “no nacido”, como protector.
Inés asegura que todavía en Tucumán la figura de la partera no es visible. Para algunos están a mitad de camino entre una enfermera y la matrona, esa mujer que asistía los partos en las casas. “Las parteras somos expertas en bajo riesgo y no estamos formadas en la intervención. Entendemos el proceso de otra manera: cuidando los tiempos biológicos y fisiológicos de las mujeres”, explica Inés.
Florencia Andrieux tiene 35 años y una panza que explota. Está embarazada de 32 semanas y ya siente todo eso que deriva de contener un bebé de más de un kilo: dolores de espalda, presión, agitación al hablar. Se sienta de costado sobre el sillón, se acomoda y se vuelve a acomodar. Un gemido de alivio llega cuando Inés le hace masajes con unas bolas chinas en la zona del sacro mientras está recostada sobre una pelota inflable gigante. “Aquí me quedo”, bromea. Florencia comenzó hace varios meses con el curso pre parto y desea tener un parto natural. “Lo hablé con mi ginecólogo, el tercero, porque los dos anteriores me mandaban a cesárea”, dice.
Ella sueña con un trabajo de parto tranquila en su casa para estar lo menos posible en el sanatorio. Que en el momento de parir que esté acompañada por su partera, la que ella escogió y conoce. Que al bebé se lo pongan sobre su pecho antes de que lo limpien, que ella pueda darle de mamar y que esperen el tiempo prudencial para cortar el cordón umbilical.
Ahí está la clave, insiste Inés, en la información. Esa es otra de las tareas: comunicarle a la mamá cuáles son sus derechos. “Lo ideal sería que la partera apareciera casi al comienzo del embarazo, que la mamá sienta que puede preguntarle todo, plantearle sus miedos y planificar el parto”, sintetiza. Pero no sucede y muchas mamás recién las conocen unos días antes de dar a luz. “Hay ginecólogos que por celo profesional no las derivan a la partera”, reconoce Inés.
En Holanda el proceso es al revés: la mujer se entera que está embarazada y elige a una matrona. Ella le hace el seguimiento y los controles. El ginecólogo solo entra en escena si hay algo que haga prever que se necesitará una intervención quirúrgica. Aunque existe la opción de dar a luz en un hospital, las casas de alumbramiento y los domicilios particulares son los sitios más elegidos. Solo dos de cada diez mujeres dan a luz por cesárea, una de las tasas más bajas del continente europeo.
En la vereda opuesta se encuentra Brasil, que con un 52%, lidera el ranking de cesáreas en el mundo. En Argentina es del 25%. Desde la OMS advirtieron que no debería superar el 15%. Estas diferencias se adjudican por la escasa participación que tienen las parteras en el proceso.
Y después…
La intervención de las matronas no se termina con la llegada del bebé. Continúa durante el puerperio, especialmente, para dar apoyo con el comienzo de la lactancia. “Lo que más molesta a la mamá es la presión de la familia, les angustia cómo la desautorizan y le cuestionan sus decisiones”, insiste Inés. Es momento de cerrar la puerta y fortalecer el rol paterno. “Necesitan sentirse valorados para que las apoyen. Nadie les dice nada, entonces, nosotras les remarcamos: ‘me encanta lo que hacés’”, cuenta con una sonrisa.
El "no nato" que sí nació
Según la tradición, el nacimiento se dio en circunstancias extraordinarias. Sucedió en Cardona (Cataluña, España) en el año 1200. Su madre regresaba de la ermita de San Nicolás de Bari cuando falleció en medio del camino. El vizconde, Ramón Folch, pasaba por allí y la vio. Al notar que estaba embarazada sacó su daga y extrajo al niño de su vientre. Lo bautizaron Ramón en honor al vizconde que le salvó la vida.








