23 Agosto 2015 Seguir en 

Doce días de silencio. Entre la celebración de las PASO y la nueva aparición pública de Cristina Fernández pasaron casi dos semanas. Un silencio durísimo para quienes sufrieron en carne propia, una vez más, las inundaciones. Y no menos duro para el candidato oficialista Daniel Scioli, que, en definitiva y a pesar de haber obtenido el primer lugar en las primarias, no recibió ni una sola palabra de aliento por parte de quien debería ser una de sus principales fuentes de apoyo. Al menos no en público. Los trascendidos sobre las reacciones en privado no pueden ser reflejados en estas palabras.
Una de las principales características de este fin de ciclo es que la realidad desdibuja y hasta niega los principios fundantes del agrietado relato K. Se acumulan temas que no se tratan (como la inflación y el desempleo), así como situaciones que se ignoran como si jamás hubieran existido (como la inseguridad). No sólo en el plano local: tal vez los fracasos del populismo se expresen con mucha mayor magnitud, al menos por ahora, en países hasta hace poco idolatrados por los exégetas del oficialismo.
Hasta el momento, ningún funcionario se expidió respecto de la gravísima situación de Venezuela, sobre todo en cuanto a las flagrantes violaciones a los derechos humanos, particularmente la persecución y cárcel que viven los principales líderes de la oposición, como Leopoldo López (los bolivarianos sí que lograron ir por todo). Nicolás Maduro y sus compinches siguen culpando al imperialismo, a Colombia y a otros enemigos de la revolución, del inocultable colapso económico que vive Venezuela, con creciente desabastecimiento y una brecha cambiaria gigantesca que convertiría en ídolo de masas a Axel Kicillof (aquí la diferencia entre el dólar real y el oficial es del 65%, en el país caribeño es del 600%). Como ocurrió con Julio Grondona, la muerte de Hugo Chávez no pudo haber sido más oportuna. Silencio K.
Nada se dice del acuerdo histórico alcanzado entre Cuba y Estados Unidos, de la bandera norteamericana que vuelve a flamear en la isla ni de la apertura comercial del territorio caribeño, cuyos detalles y cuyas consecuencias son difíciles de predecir en este momento, pero que determinará un cambio rotundo en la dinámica geopolítica de la región. Mientras, en la imaginación de CFK la radicalización argentina tenía en Cuba a uno de sus referentes (y algunas consultas parecen haber habido en otras áreas muy sensibles en materia de seguridad nacional) resulta que Barack Obama y los Castro comenzaban a poner fin a una disputa absurda de más de medio siglo.
Cristina cree que los escándalos de corrupción y los cacerolazos son todos inventos de la CIA y de los medios de comunicación. Y al mirarse en el escandaloso espejo de Brasil, obviamente disfruta de su notable capacidad para controlar, al menos hasta ahora, al vapuleado Poder Judicial en la Argentina. No parece haber lugar para sutilezas, que serían de todas formas muy oportunas. Tanto Dilma Rousseff y Lula Da Silva aparecen atrapados, y no queda claro aún si encontrarán una salida decorosa. Pero dada su tradicional empecinamiento en remarcar los supuestos errores y excesos procesales de los jueces, Cristina podría tenderle una mano generosa a sus colegas petistas. Es que el accionar de Sergio Moro, el juez que lleva adelante la megacausa de corrupción que conmueve a todo ese país y amenaza con voltear a buena parte del establishment, es considerado por algunos observadores por lo menos como cuestionable, sino excesivo y hasta violatorio de los procedimientos vigentes. Tal vez por ensimismamiento, personalización o falta de solidaridad, lo cierto es que Cristina prefiere argumentar que tanto las cacerolas brasileñas como las argentinas son activadas a distancia desde Langley, Virginia.
No se explica, ciertamente, el timing de estas protestas. ¿Por qué justamente ahora detonan en Brasil, luego del proceso electoral, y no en la Argentina? ¿Por qué sonaron varias veces aquí (por ejemplo el 8 de noviembre del 2012, el 18 de abril del 2013) y no allí? La lógica de las supuestas conspiraciones son imposibles de descifrar para quien no entra en especulaciones de tinte paranoico.
Guerra de monedas
Tal vez el silencio y la falta de reacción adquieran características mucho más complejas y potencialmente dañinas en la relativo a la guerra de monedas que tiene en vilo a todos los países en desarrollo. En efecto, el fortalecimiento del dólar y la caída en el precio de los bienes primarios de exportación dispararon una serie de devaluaciones competitivas que están generando enormes tensiones y problemas en la medida en que se altera la competitividad relativa de los países afectados, tanto por acción como por omisión. No alterar el valor de la moneda doméstica implica, de este modo, perder mercados externos, afectar las exportaciones, debilitar la balanza comercial.
Si no hay un nivel suficiente de reservas, como es el caso de la Argentina, esto genera tensiones muy fuertes en la balanza de pagos. Pues bien, ¿cuál ha sido hasta ahora la respuesta oficial a esta grave coyuntura? Nada, aquí no pasa nada.
Aunque el yuan chino y el real brasileño no dejen de caer, Argentina finge que no le importa. Esto complica todavía más la agenda del próximo presidente, que enfrentará una situación infinitamente más severa de lo que se esperaba hace apenas semanas. Y todavía faltan más de 100 días para que el próximo presidente asuma el poder.
Los silencios del fin de ciclo tienen múltiples lecturas y hasta algún cuestionamiento interno. Un referente sciolista no ocultaba su preocupación: si CFK no se expresa sobre estos temas ahora ¿qué es lo que va a decir desde su futuro –y próximo- lugar de ex presidente? Por lo pronto, la (poco sana) costumbre de silenciar ya ganó fuerza en la campaña oficialista.
Deskirchnerización
En el marco del proceso de deskirchnerización forzada que experimenta Scioli, condición imprescindible para seducir de alguna manera al votante medio, que jugará un papel clave en la definición de las elecciones generales de octubre, Carlos Zannini, delfín de la Presidenta e integrante de la fórmula del Frente para la Victoria en el lugar del vice, se convirtió en el gran marginado de la campaña.
Por otra parte, a los estrategas del sciolismo les encantaría colocar en las oficinas del ministro de Economía, Axel Kicillof, o del presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, una foto con la imagen de Scioli (o tal vez, la de Karina Rabolini) con cofia de enfermera y un dedo índice cruzando sus labios, en una señal que sólo puede significar una cosa: “Silencio, por favor”. Ni siquiera se animan a pensar en colgarla también en el despacho de la Presidenta.
Es que cada vez que algún funcionario abre la boca y produce cualquier referencia directa o indirecta que pueda relacionar a Scioli con el accionar del actual gobierno, en particular en materias económicas, es electoralmente costoso.
Justo después de las PASO, Máximo Kirchner, que no logró ganar en su propia provincia, lanzó una tesis para minimizar la victoria de Scioli, destacando el hecho de que ningún candidato había superado el 40%. ¿Se refería a que su madre hubiese hecho una mejor elección? Vanas especulaciones. La realidad indica, si se toman en consideración los resultados de 2013, que era más probable que los números de Cristina quedasen cerca del piso de 31% que los del 38% alcanzados por el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires. Incluso, hasta podría analizarse la teoría opuesta: aún con un discurso K lavado, light, Scioli consiguió “sólo” algo menos del 40%. ¿Cuánto más bajo hubiese sido su porcentaje con un discurso más radicalizado, todavía más K?
El silencio impuesto desde el oficialismo no generó, como de costumbre, una respuesta proporcional por parte de los principales referentes de la oposición.
Lejos de recoger el guante y de poner palabras claras frente al escenario actual, los principales contrincantes de Scioli en octubre también siguen dudando respecto de cómo reposicionarse de cara al proceso electoral y al pesado legado que dejará CFK. Tal vez Sergio Massa, sabiéndose tercero y buscando recobrar protagonismo, se anima a expresarse con más libertad.
Por lo demás, el velo sigue caído sobre la muerte del ex fiscal Alberto Nisman, la inflación, la inseguridad, el narcotráfico, la devaluación, las irregularidades en el proceso electoral, la crisis de la infraestructura, los escándalos de corrupción y, no es sorpresa para nadie, la situación política de nuestros vecinos. De eso no se habla.
El kirchnerismo hizo una exitosa sustitución de importaciones en materia de escándalos de corrupción: es casi ilimitado el flujo de casos locales, no hay lugar para importar nada más.
Una de las principales características de este fin de ciclo es que la realidad desdibuja y hasta niega los principios fundantes del agrietado relato K. Se acumulan temas que no se tratan (como la inflación y el desempleo), así como situaciones que se ignoran como si jamás hubieran existido (como la inseguridad). No sólo en el plano local: tal vez los fracasos del populismo se expresen con mucha mayor magnitud, al menos por ahora, en países hasta hace poco idolatrados por los exégetas del oficialismo.
Hasta el momento, ningún funcionario se expidió respecto de la gravísima situación de Venezuela, sobre todo en cuanto a las flagrantes violaciones a los derechos humanos, particularmente la persecución y cárcel que viven los principales líderes de la oposición, como Leopoldo López (los bolivarianos sí que lograron ir por todo). Nicolás Maduro y sus compinches siguen culpando al imperialismo, a Colombia y a otros enemigos de la revolución, del inocultable colapso económico que vive Venezuela, con creciente desabastecimiento y una brecha cambiaria gigantesca que convertiría en ídolo de masas a Axel Kicillof (aquí la diferencia entre el dólar real y el oficial es del 65%, en el país caribeño es del 600%). Como ocurrió con Julio Grondona, la muerte de Hugo Chávez no pudo haber sido más oportuna. Silencio K.
Nada se dice del acuerdo histórico alcanzado entre Cuba y Estados Unidos, de la bandera norteamericana que vuelve a flamear en la isla ni de la apertura comercial del territorio caribeño, cuyos detalles y cuyas consecuencias son difíciles de predecir en este momento, pero que determinará un cambio rotundo en la dinámica geopolítica de la región. Mientras, en la imaginación de CFK la radicalización argentina tenía en Cuba a uno de sus referentes (y algunas consultas parecen haber habido en otras áreas muy sensibles en materia de seguridad nacional) resulta que Barack Obama y los Castro comenzaban a poner fin a una disputa absurda de más de medio siglo.
Cristina cree que los escándalos de corrupción y los cacerolazos son todos inventos de la CIA y de los medios de comunicación. Y al mirarse en el escandaloso espejo de Brasil, obviamente disfruta de su notable capacidad para controlar, al menos hasta ahora, al vapuleado Poder Judicial en la Argentina. No parece haber lugar para sutilezas, que serían de todas formas muy oportunas. Tanto Dilma Rousseff y Lula Da Silva aparecen atrapados, y no queda claro aún si encontrarán una salida decorosa. Pero dada su tradicional empecinamiento en remarcar los supuestos errores y excesos procesales de los jueces, Cristina podría tenderle una mano generosa a sus colegas petistas. Es que el accionar de Sergio Moro, el juez que lleva adelante la megacausa de corrupción que conmueve a todo ese país y amenaza con voltear a buena parte del establishment, es considerado por algunos observadores por lo menos como cuestionable, sino excesivo y hasta violatorio de los procedimientos vigentes. Tal vez por ensimismamiento, personalización o falta de solidaridad, lo cierto es que Cristina prefiere argumentar que tanto las cacerolas brasileñas como las argentinas son activadas a distancia desde Langley, Virginia.
No se explica, ciertamente, el timing de estas protestas. ¿Por qué justamente ahora detonan en Brasil, luego del proceso electoral, y no en la Argentina? ¿Por qué sonaron varias veces aquí (por ejemplo el 8 de noviembre del 2012, el 18 de abril del 2013) y no allí? La lógica de las supuestas conspiraciones son imposibles de descifrar para quien no entra en especulaciones de tinte paranoico.
Guerra de monedas
Tal vez el silencio y la falta de reacción adquieran características mucho más complejas y potencialmente dañinas en la relativo a la guerra de monedas que tiene en vilo a todos los países en desarrollo. En efecto, el fortalecimiento del dólar y la caída en el precio de los bienes primarios de exportación dispararon una serie de devaluaciones competitivas que están generando enormes tensiones y problemas en la medida en que se altera la competitividad relativa de los países afectados, tanto por acción como por omisión. No alterar el valor de la moneda doméstica implica, de este modo, perder mercados externos, afectar las exportaciones, debilitar la balanza comercial.
Si no hay un nivel suficiente de reservas, como es el caso de la Argentina, esto genera tensiones muy fuertes en la balanza de pagos. Pues bien, ¿cuál ha sido hasta ahora la respuesta oficial a esta grave coyuntura? Nada, aquí no pasa nada.
Aunque el yuan chino y el real brasileño no dejen de caer, Argentina finge que no le importa. Esto complica todavía más la agenda del próximo presidente, que enfrentará una situación infinitamente más severa de lo que se esperaba hace apenas semanas. Y todavía faltan más de 100 días para que el próximo presidente asuma el poder.
Los silencios del fin de ciclo tienen múltiples lecturas y hasta algún cuestionamiento interno. Un referente sciolista no ocultaba su preocupación: si CFK no se expresa sobre estos temas ahora ¿qué es lo que va a decir desde su futuro –y próximo- lugar de ex presidente? Por lo pronto, la (poco sana) costumbre de silenciar ya ganó fuerza en la campaña oficialista.
Deskirchnerización
En el marco del proceso de deskirchnerización forzada que experimenta Scioli, condición imprescindible para seducir de alguna manera al votante medio, que jugará un papel clave en la definición de las elecciones generales de octubre, Carlos Zannini, delfín de la Presidenta e integrante de la fórmula del Frente para la Victoria en el lugar del vice, se convirtió en el gran marginado de la campaña.
Por otra parte, a los estrategas del sciolismo les encantaría colocar en las oficinas del ministro de Economía, Axel Kicillof, o del presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, una foto con la imagen de Scioli (o tal vez, la de Karina Rabolini) con cofia de enfermera y un dedo índice cruzando sus labios, en una señal que sólo puede significar una cosa: “Silencio, por favor”. Ni siquiera se animan a pensar en colgarla también en el despacho de la Presidenta.
Es que cada vez que algún funcionario abre la boca y produce cualquier referencia directa o indirecta que pueda relacionar a Scioli con el accionar del actual gobierno, en particular en materias económicas, es electoralmente costoso.
Justo después de las PASO, Máximo Kirchner, que no logró ganar en su propia provincia, lanzó una tesis para minimizar la victoria de Scioli, destacando el hecho de que ningún candidato había superado el 40%. ¿Se refería a que su madre hubiese hecho una mejor elección? Vanas especulaciones. La realidad indica, si se toman en consideración los resultados de 2013, que era más probable que los números de Cristina quedasen cerca del piso de 31% que los del 38% alcanzados por el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires. Incluso, hasta podría analizarse la teoría opuesta: aún con un discurso K lavado, light, Scioli consiguió “sólo” algo menos del 40%. ¿Cuánto más bajo hubiese sido su porcentaje con un discurso más radicalizado, todavía más K?
El silencio impuesto desde el oficialismo no generó, como de costumbre, una respuesta proporcional por parte de los principales referentes de la oposición.
Lejos de recoger el guante y de poner palabras claras frente al escenario actual, los principales contrincantes de Scioli en octubre también siguen dudando respecto de cómo reposicionarse de cara al proceso electoral y al pesado legado que dejará CFK. Tal vez Sergio Massa, sabiéndose tercero y buscando recobrar protagonismo, se anima a expresarse con más libertad.
Por lo demás, el velo sigue caído sobre la muerte del ex fiscal Alberto Nisman, la inflación, la inseguridad, el narcotráfico, la devaluación, las irregularidades en el proceso electoral, la crisis de la infraestructura, los escándalos de corrupción y, no es sorpresa para nadie, la situación política de nuestros vecinos. De eso no se habla.
El kirchnerismo hizo una exitosa sustitución de importaciones en materia de escándalos de corrupción: es casi ilimitado el flujo de casos locales, no hay lugar para importar nada más.







