A principios de 1981 hubo un fallido golpe de Estado en España, intentado por mandos militares. Cuando los diputados votaban la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como nuevo presidente del Gobierno, guardias civiles a cargo del teniente coronel Antonio Tejero irrumpieron en el recito. El vicepresidente del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, era un militar de mayor rango, así que increpó al golpista y exigió que le entregaran las armas. Le respondieron con una ráfaga de disparos, por lo que casi todos los parlamentarios se arrojaron al suelo y se escondieron detrás de sus poltronas. Sin embargo, Adolfo Suárez, el presidente dimitente, el que iba a ser suplantado, se mantuvo sentado en su banca.
Todo fue filmado por Televisión Española y ese estremecedor documento histórico ilustra la tapa de Anatomía de un instante, de Javier Cercas: Viendo aquel 23 de febrero a Adolfo Suárez sentado en su escaño mientras zumbaban a su alrededor las balas en el hemiciclo desierto, me pregunté si en ese momento Suárez había sabido para siempre quién era y qué significado encerraba aquella imagen remota.
Hay instancias en la vida que representan una suerte de momentos completos. Verdaderos instantes existenciales, que llevan impresos el sello de la totalidad. Circunstancias que se despojan de la humana finitud y le juegan una pulseada al futuro, porque lo que acontezca en ese presente -y, especialmente, sus consecuencias- tendrá proyecciones de eternidad.
Mañana, para los tucumanos, llega uno de esos instantes.
Elegir
Los ciudadanos están llamados a determinar el porvenir de la provincia por los próximos cuatro años. Están convocados a hacer votos por un modelo de Estado, y a darles esos votos a los candidatos que mejor los representen, para dictar las normas de convivencia (legisladores y ediles) y para ejecutarlas (gobernador, intendentes, comisionados rurales).
Es una instancia individual e íntima, pero a la vez profundamente política y colectiva. El cuarto oscuro, por un momento, parecerá El Aleph en que pensaba Jorge Luis Borges: un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe vistos desde todos los puntos. El voto de cada tucumano, gracias a la democracia, será después la decisión de todos los tucumanos, corporizada en oficialismos y oposiciones.
El momento en que se decida el sufragio será, a la vez, el instante en que cada uno también estará tomando una decisión que lo trascenderá personal y temporalmente: cada uno estará afectando a los otros y lo estará haciendo por mucho tiempo.
Precisamente, la duración de los efectos electorales en Tucumán determina que la decisión de cada votante de este territorio tiene particularidades más trascendentes que la de muchos otros argentinos. Aunque todos los compatriotas, desde hace 32 años, van a las urnas a elegir a sus gobernantes provinciales, aquí eso ocurre sólo una vez cada cuatro años. Y punto.
En otras provincias (al igual que en el orden nacional), las cámaras parlamentarias se renuevan parcialmente. Es decir, cada dos años los ciudadanos participan de comicios para ratificar o rectificar la composición parlamentaria en materia de minorías y mayorías. Si bien los gobernadores duran cuatro años, los gobernados tienen la posibilidad de avalar sus procederes bienalmente, o de hacerles sentir su descontento ungiendo más adversarios en el parlamento. Aquí, no.
Desgraciadamente, uno de los mayores desajustes en materia de calidad de la democracia y de salud de la república que padece Tucumán es el exceso de delegacionismo de nuestra Constitución. El desbarajuste comenzó en 1990, con la reforma que concreta Fuerza Republicana, a partir de la cual el Poder Legislativo es reducido a la unicameralidad y con renovación total.
Los tucumanos perdieron, en ese momento, una segunda instancia parlamentaria capaz de revisar las leyes salidas del otro recinto. Y aún si se hubiese dado el caso de un Senado provincial dominado por el mismo espacio político que controlaba Diputados, en el hecho de que un dictamen avalado en una cámara debiera ser tratado por la otra surgía un margen de tiempo. Tiempo para que los tucumanos fueran advertidos de qué se estaba discutiendo, y en qué terminos.
A partir de la Carta Magna del 90, lo que la Legislatura vota se convierte, en un instante, en ley. Y si no se está de acuerdo con la manera en que procede esa composición parlamentaria, habrá que esperar cuatro años para poder votar un cambio.
En 2006, el alperovichismo modificó la Ley Fundamental, en una reforma avalada en la Legislatura por la UCR, que luego participaría (junto con partidos de izquierda y centro izquierda) en la Convención Constituyente. Era la oportunidad para subsanar el modelo anterior, caracterizado por una menor participación de la ciudadanía a través del voto en la organización del poder político. Por supuesto, eso no ocurrió.
Es más, el alperovichismo profundizó el desplazamiento de la voluntad popular en los asuntos públicos desde antes de asumir. En sus últimos días, la Legislatura de los tiempos del mirandismo modificó el régimen legal de los decretos de necesidad y urgencia. Antes, un DNU debía ser necesariamente ratificado por los legisladores en un plazo máximo de 20 días. Si eso no ocurría, la medida quedaba sin efecto y las eventuales responsabilidades civiles emergentes debían ser afrontadas con su patrimonio personal por el gobernador y los ministros. Es decir, antes de decretar algo, la Casa de Gobierno se cercioraba de contar con algún consenso legislativo. Pero cuando José Alperovich asumió, las reglas fueron otras.
Desde 2003, si la Legislatura no lo rechaza, el DNU queda firme a los 20 días de haber sido dictado. Léase, el pueblo ya no interviene ni siquiera a través de sus representantes en el debate de las normas. Aquí es ley lo que el gobernador quiere en un instante. Después, sólo hace falta que el vicegobernador no llame a sesión.
Los comicios, entonces, son el millón de instantes del millón de electores habilitados para tomar una decisión por los siguientes cuatro años, sin posibilidad alguna de revocatoria democrática. Si no alcanza con semejante desequilibrio, el descalabro se completa con una dialéctica política a partir de la cual oficialistas y opositores han construido un escenario antidemocrático. El Gobierno clientelar despliega bolsones y compraventa de votos, a la vez que inocula el miedo de que los beneficios sociales puedan perderse si es derrotado. La oposición, en lugar de desplegar fiscales, inocula el miedo al fraude y a la continuidad de políticas que castigan a los trabajadores y a los empleadores de las clases medias y altas. O sea, un territorio de enemigos irreductibles, donde no hay lugar para sufragar en nombre de la esperanza y de los valores, sino sólo en nombre del miedo al otro.
Ahí es cuando se juega la anatomía del instante político: el hombre sobre el cual escribe Cercas, sentado en su banca, haciendo uso de las dignidades de su cargo cuando el pavor se ha adueñado de su entorno, resuelve que inclinarse no es una opción. Su decisión, en ese preciso momento, ya no se rige por las variables ajenas de lo conveniente o lo inconveniente. Su elección es el fruto de la convicción, el valor y la libertad. Y esa elección jamás será incorrecta.
Elegirnos
Hay en el sufragio una indelegable responsabilidad política y colectiva por parte de cada tucumano.
No es que el voto exige ser el resultado de una reflexión honesta, porque se puede votar impensadamente. En realidad, merituar qué es lo mejor para uno y para todos es lo que todo hombre y toda mujer de la democracia le deben al sufragio.
Pero (y allí lo inquietante de la naturaleza del sufragio y del ser humano como ser político) la responsabilidad del ciudadano en ese instante preciso en que escoge una boleta (y, con ella, propuestas y postulantes) no tiene que ver ya solamente con consagrar gobernantes comunitarios. Votar es también un momento total en el cual nos definimos personalmente. No sólo vamos a elegir representantes: cuando la democracia nos convoca, lo que hacemos, sustancialmente, es elegirnos. No vamos a votar: vamos a votarnos.
En El ser y la nada, Jean Paul Sarte advierte que no hay ningún destino pesando opresivamente sobre nosotros. Ni nacimos naturalmente buenos o malos, ni somos hijos del pecado o de la gracia, ni estamos condenados al éxito o al fracaso. No somos fichas de un ajedrez que deberán moverse ineludiblemente de determinada manera porque otro ya lo ha decidido de antemano. Tampoco hay un dios detrás de otro dios escribiendo tramas. Por el contrario, somos lo que elegimos ser. Cada vez que elegimos, estamos eligiéndonos, enseña el filósofo José Pablo Feinmann cuando enseña Sartre. Y con cada una de esas elecciones vamos dándonos un rostro: nuestro propio rostro.
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es, determinó el inagotable Borges, citado por Cercas en el libro en que analizó cómo, a veces, todo un existir puede agotar su razón de ser en un solo instante.
El lunes, los tucumanos no sólo volverán a mirarse a la cara unos a otros: el lunes, van ver qué cara han elegido darse.
Mañana es cuando escogemos ese rostro.
Mañana es cuando elegimos el rostro de Tucumán.
Todo fue filmado por Televisión Española y ese estremecedor documento histórico ilustra la tapa de Anatomía de un instante, de Javier Cercas: Viendo aquel 23 de febrero a Adolfo Suárez sentado en su escaño mientras zumbaban a su alrededor las balas en el hemiciclo desierto, me pregunté si en ese momento Suárez había sabido para siempre quién era y qué significado encerraba aquella imagen remota.
Hay instancias en la vida que representan una suerte de momentos completos. Verdaderos instantes existenciales, que llevan impresos el sello de la totalidad. Circunstancias que se despojan de la humana finitud y le juegan una pulseada al futuro, porque lo que acontezca en ese presente -y, especialmente, sus consecuencias- tendrá proyecciones de eternidad.
Mañana, para los tucumanos, llega uno de esos instantes.
Elegir
Los ciudadanos están llamados a determinar el porvenir de la provincia por los próximos cuatro años. Están convocados a hacer votos por un modelo de Estado, y a darles esos votos a los candidatos que mejor los representen, para dictar las normas de convivencia (legisladores y ediles) y para ejecutarlas (gobernador, intendentes, comisionados rurales).
Es una instancia individual e íntima, pero a la vez profundamente política y colectiva. El cuarto oscuro, por un momento, parecerá El Aleph en que pensaba Jorge Luis Borges: un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe vistos desde todos los puntos. El voto de cada tucumano, gracias a la democracia, será después la decisión de todos los tucumanos, corporizada en oficialismos y oposiciones.
El momento en que se decida el sufragio será, a la vez, el instante en que cada uno también estará tomando una decisión que lo trascenderá personal y temporalmente: cada uno estará afectando a los otros y lo estará haciendo por mucho tiempo.
Precisamente, la duración de los efectos electorales en Tucumán determina que la decisión de cada votante de este territorio tiene particularidades más trascendentes que la de muchos otros argentinos. Aunque todos los compatriotas, desde hace 32 años, van a las urnas a elegir a sus gobernantes provinciales, aquí eso ocurre sólo una vez cada cuatro años. Y punto.
En otras provincias (al igual que en el orden nacional), las cámaras parlamentarias se renuevan parcialmente. Es decir, cada dos años los ciudadanos participan de comicios para ratificar o rectificar la composición parlamentaria en materia de minorías y mayorías. Si bien los gobernadores duran cuatro años, los gobernados tienen la posibilidad de avalar sus procederes bienalmente, o de hacerles sentir su descontento ungiendo más adversarios en el parlamento. Aquí, no.
Desgraciadamente, uno de los mayores desajustes en materia de calidad de la democracia y de salud de la república que padece Tucumán es el exceso de delegacionismo de nuestra Constitución. El desbarajuste comenzó en 1990, con la reforma que concreta Fuerza Republicana, a partir de la cual el Poder Legislativo es reducido a la unicameralidad y con renovación total.
Los tucumanos perdieron, en ese momento, una segunda instancia parlamentaria capaz de revisar las leyes salidas del otro recinto. Y aún si se hubiese dado el caso de un Senado provincial dominado por el mismo espacio político que controlaba Diputados, en el hecho de que un dictamen avalado en una cámara debiera ser tratado por la otra surgía un margen de tiempo. Tiempo para que los tucumanos fueran advertidos de qué se estaba discutiendo, y en qué terminos.
A partir de la Carta Magna del 90, lo que la Legislatura vota se convierte, en un instante, en ley. Y si no se está de acuerdo con la manera en que procede esa composición parlamentaria, habrá que esperar cuatro años para poder votar un cambio.
En 2006, el alperovichismo modificó la Ley Fundamental, en una reforma avalada en la Legislatura por la UCR, que luego participaría (junto con partidos de izquierda y centro izquierda) en la Convención Constituyente. Era la oportunidad para subsanar el modelo anterior, caracterizado por una menor participación de la ciudadanía a través del voto en la organización del poder político. Por supuesto, eso no ocurrió.
Es más, el alperovichismo profundizó el desplazamiento de la voluntad popular en los asuntos públicos desde antes de asumir. En sus últimos días, la Legislatura de los tiempos del mirandismo modificó el régimen legal de los decretos de necesidad y urgencia. Antes, un DNU debía ser necesariamente ratificado por los legisladores en un plazo máximo de 20 días. Si eso no ocurría, la medida quedaba sin efecto y las eventuales responsabilidades civiles emergentes debían ser afrontadas con su patrimonio personal por el gobernador y los ministros. Es decir, antes de decretar algo, la Casa de Gobierno se cercioraba de contar con algún consenso legislativo. Pero cuando José Alperovich asumió, las reglas fueron otras.
Desde 2003, si la Legislatura no lo rechaza, el DNU queda firme a los 20 días de haber sido dictado. Léase, el pueblo ya no interviene ni siquiera a través de sus representantes en el debate de las normas. Aquí es ley lo que el gobernador quiere en un instante. Después, sólo hace falta que el vicegobernador no llame a sesión.
Los comicios, entonces, son el millón de instantes del millón de electores habilitados para tomar una decisión por los siguientes cuatro años, sin posibilidad alguna de revocatoria democrática. Si no alcanza con semejante desequilibrio, el descalabro se completa con una dialéctica política a partir de la cual oficialistas y opositores han construido un escenario antidemocrático. El Gobierno clientelar despliega bolsones y compraventa de votos, a la vez que inocula el miedo de que los beneficios sociales puedan perderse si es derrotado. La oposición, en lugar de desplegar fiscales, inocula el miedo al fraude y a la continuidad de políticas que castigan a los trabajadores y a los empleadores de las clases medias y altas. O sea, un territorio de enemigos irreductibles, donde no hay lugar para sufragar en nombre de la esperanza y de los valores, sino sólo en nombre del miedo al otro.
Ahí es cuando se juega la anatomía del instante político: el hombre sobre el cual escribe Cercas, sentado en su banca, haciendo uso de las dignidades de su cargo cuando el pavor se ha adueñado de su entorno, resuelve que inclinarse no es una opción. Su decisión, en ese preciso momento, ya no se rige por las variables ajenas de lo conveniente o lo inconveniente. Su elección es el fruto de la convicción, el valor y la libertad. Y esa elección jamás será incorrecta.
Elegirnos
Hay en el sufragio una indelegable responsabilidad política y colectiva por parte de cada tucumano.
No es que el voto exige ser el resultado de una reflexión honesta, porque se puede votar impensadamente. En realidad, merituar qué es lo mejor para uno y para todos es lo que todo hombre y toda mujer de la democracia le deben al sufragio.
Pero (y allí lo inquietante de la naturaleza del sufragio y del ser humano como ser político) la responsabilidad del ciudadano en ese instante preciso en que escoge una boleta (y, con ella, propuestas y postulantes) no tiene que ver ya solamente con consagrar gobernantes comunitarios. Votar es también un momento total en el cual nos definimos personalmente. No sólo vamos a elegir representantes: cuando la democracia nos convoca, lo que hacemos, sustancialmente, es elegirnos. No vamos a votar: vamos a votarnos.
En El ser y la nada, Jean Paul Sarte advierte que no hay ningún destino pesando opresivamente sobre nosotros. Ni nacimos naturalmente buenos o malos, ni somos hijos del pecado o de la gracia, ni estamos condenados al éxito o al fracaso. No somos fichas de un ajedrez que deberán moverse ineludiblemente de determinada manera porque otro ya lo ha decidido de antemano. Tampoco hay un dios detrás de otro dios escribiendo tramas. Por el contrario, somos lo que elegimos ser. Cada vez que elegimos, estamos eligiéndonos, enseña el filósofo José Pablo Feinmann cuando enseña Sartre. Y con cada una de esas elecciones vamos dándonos un rostro: nuestro propio rostro.
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es, determinó el inagotable Borges, citado por Cercas en el libro en que analizó cómo, a veces, todo un existir puede agotar su razón de ser en un solo instante.
El lunes, los tucumanos no sólo volverán a mirarse a la cara unos a otros: el lunes, van ver qué cara han elegido darse.
Mañana es cuando escogemos ese rostro.
Mañana es cuando elegimos el rostro de Tucumán.








