En el barrio Victoria, hombres y mujeres comunes se convirtieron en benefactores temporarios de sus vecinos que, entre congraciados y atónitos, reciben sus visitas con ofrecimientos idénticos: un bolsón de mercadería y el traslado a la escuela de votación pertinente a cambio del apoyo en las urnas al candidato del momento. En este barrio del sureste de la capital, como en cualquier otro de la ciudad, los punteros que salieron a la caza de votos se amontonan y la puja suele ser entre dirigentes del mismo partido, pero de distintos “acoples”. En el Victoria, por eso, el vecino se asegura al menos tres bolsones: uno de “Alito” Assán, otro de “Cacho” Cortalezzi y un tercero de Germán Alfaro.
Literalmente, ese es el botín electoral con el que puede hacerse un votante de San Miguel de Tucumán que habite en cualquier distrito que esté fuera del rango de las cuatro avenidas. Por ello se convirtió en una escena cotidiana la de camiones repletos con mercadería que descargan, preferentemente de noche, los productos en las sedes de los cabeza de lista de los acoples y de las nóminas “oficiales”. El bolsón no varía mucho en calidad y cantidad de productos, por lo que se puede decir que el clientelismo no tiene “ideología”: un aceite chico, un paquete de yerba de medio kilo, uno de azúcar, uno de tomate al natural y uno de arroz. Algunos cambian esto último por fideo o agregan otra conserva, pero el concepto es el mismo: pagar para ganar votos.
La guerra por plantar la bandera del triunfo en San Miguel de Tucumán es brutal y la batalla convirtió a cientos de personas en militantes. Porque el medio centenar de acoples -de oficialistas y de opositores- ocupó mano de obra que se interesó en la política por un solo motivo: el dinero. El año electoral se convierte en una usina que genera empleos temporarios al montón. Así de fuerte es la democracia comarcana, que no tuerce voluntades de otra manera que no sea la de invertir en bolsoneo y que no seduce a dirigentes con otro ideal que no sea el monetario. Y “El Jardín de la República” se convirtió en el infierno de las peores prácticas clientelares en tiempos electorales.
¿Es casual que esto suceda? No. La capital se transformó en el último bastión opositor -multitudinario en cantidad de votos y simbólico por su importancia- que el alperovichismo jamás terminó de conquistar. Hace dos años el oficialismo pereció en las urnas en este distrito y ahora, con José Cano unido a Domingo Amaya, está a las puertas de correr la misma suerte. En las PASO se impuso el kirchnerismo, pero en esas elecciones primarias nacionales el amayismo no “jugó”.
Por ello a Alperovich le quita el sueño el solo hecho de pensar que puede perder en la capital contra el trío político que más detesta, el que conforman Cano-Amaya-Germán Alfaro. El radical es el hombre que siempre lo enfrentó y cuyas denuncias más daño le hicieron. Al “Colorado” no le perdona que le haya dado la espalda luego de que él lo pusiera al frente del distrito. Respecto de Alfaro, fue el que más influyó para que el actual intendente de la ciudad rompiera con Alperovich y el que cuestionó con más virulencia al gobernador y a su entorno.
El rencor oficialista para con el tridente opositor convierte a la capital en el terreno de batalla más cruento y disputado. A hoy, las encuestas oficialistas continúan ubicando al ministro de Salud Pablo Yedlin unos puntos por debajo de Alfaro, mientras que las opositoras registran números similares, aunque no dudan de la victoria del secretario de Gobierno de Amaya. Más allá de esos guarismos, lo real es que el funcionario alperovichista recortó la ventaja abismal que lo separaba del amayista y que la ilusión de arrebatarle el trono a la oposición alumbra los últimos días de su campaña.
Pero San Miguel de Tucumán no es importante sólo para los aspirantes a la intendencia. Es el circuito que podría terminar hundiendo o elevando hasta la Casa de Gobierno a Juan Manzur o a José Cano. El de la capital es el distrito con mayor cantidad de votantes (430.000) y una catástrofe en las urnas (resultados no previstos) para uno u otro sector puede ser definitoria. Si el oficialismo termina achicando o haciendo desaparecer la brecha en su contra, el acuerdo opositor verá esfumarse prácticamente todo lo que su espacio pretendía obtener, desde la Gobernación hasta la intendencia. En cambio, si los votantes volcaran su sufragio masivamente a favor de la oposición (un 15% o más a favor del Acuerdo para el Bicentenario en este distrito), el alperovichismo sería el que quedaría ante la chance de perder gran parte de su poder político en la provincia completa. Por ello aquí está la madre de todas las batallas y aquí los vecinos reciben favores a mansalva. Todo vale para debilitar la democracia a cambio de cantar victoria.
Literalmente, ese es el botín electoral con el que puede hacerse un votante de San Miguel de Tucumán que habite en cualquier distrito que esté fuera del rango de las cuatro avenidas. Por ello se convirtió en una escena cotidiana la de camiones repletos con mercadería que descargan, preferentemente de noche, los productos en las sedes de los cabeza de lista de los acoples y de las nóminas “oficiales”. El bolsón no varía mucho en calidad y cantidad de productos, por lo que se puede decir que el clientelismo no tiene “ideología”: un aceite chico, un paquete de yerba de medio kilo, uno de azúcar, uno de tomate al natural y uno de arroz. Algunos cambian esto último por fideo o agregan otra conserva, pero el concepto es el mismo: pagar para ganar votos.
La guerra por plantar la bandera del triunfo en San Miguel de Tucumán es brutal y la batalla convirtió a cientos de personas en militantes. Porque el medio centenar de acoples -de oficialistas y de opositores- ocupó mano de obra que se interesó en la política por un solo motivo: el dinero. El año electoral se convierte en una usina que genera empleos temporarios al montón. Así de fuerte es la democracia comarcana, que no tuerce voluntades de otra manera que no sea la de invertir en bolsoneo y que no seduce a dirigentes con otro ideal que no sea el monetario. Y “El Jardín de la República” se convirtió en el infierno de las peores prácticas clientelares en tiempos electorales.
¿Es casual que esto suceda? No. La capital se transformó en el último bastión opositor -multitudinario en cantidad de votos y simbólico por su importancia- que el alperovichismo jamás terminó de conquistar. Hace dos años el oficialismo pereció en las urnas en este distrito y ahora, con José Cano unido a Domingo Amaya, está a las puertas de correr la misma suerte. En las PASO se impuso el kirchnerismo, pero en esas elecciones primarias nacionales el amayismo no “jugó”.
Por ello a Alperovich le quita el sueño el solo hecho de pensar que puede perder en la capital contra el trío político que más detesta, el que conforman Cano-Amaya-Germán Alfaro. El radical es el hombre que siempre lo enfrentó y cuyas denuncias más daño le hicieron. Al “Colorado” no le perdona que le haya dado la espalda luego de que él lo pusiera al frente del distrito. Respecto de Alfaro, fue el que más influyó para que el actual intendente de la ciudad rompiera con Alperovich y el que cuestionó con más virulencia al gobernador y a su entorno.
El rencor oficialista para con el tridente opositor convierte a la capital en el terreno de batalla más cruento y disputado. A hoy, las encuestas oficialistas continúan ubicando al ministro de Salud Pablo Yedlin unos puntos por debajo de Alfaro, mientras que las opositoras registran números similares, aunque no dudan de la victoria del secretario de Gobierno de Amaya. Más allá de esos guarismos, lo real es que el funcionario alperovichista recortó la ventaja abismal que lo separaba del amayista y que la ilusión de arrebatarle el trono a la oposición alumbra los últimos días de su campaña.
Pero San Miguel de Tucumán no es importante sólo para los aspirantes a la intendencia. Es el circuito que podría terminar hundiendo o elevando hasta la Casa de Gobierno a Juan Manzur o a José Cano. El de la capital es el distrito con mayor cantidad de votantes (430.000) y una catástrofe en las urnas (resultados no previstos) para uno u otro sector puede ser definitoria. Si el oficialismo termina achicando o haciendo desaparecer la brecha en su contra, el acuerdo opositor verá esfumarse prácticamente todo lo que su espacio pretendía obtener, desde la Gobernación hasta la intendencia. En cambio, si los votantes volcaran su sufragio masivamente a favor de la oposición (un 15% o más a favor del Acuerdo para el Bicentenario en este distrito), el alperovichismo sería el que quedaría ante la chance de perder gran parte de su poder político en la provincia completa. Por ello aquí está la madre de todas las batallas y aquí los vecinos reciben favores a mansalva. Todo vale para debilitar la democracia a cambio de cantar victoria.








