16 Agosto 2015 Seguir en 

Superadas las PASO sin groseros episodios de fraude, los principales candidatos pusieron proa hacia el 25 de octubre. Comparten desafíos estratégicos, a pesar de la evidente asimetría en el volumen de votos obtenidos. La principal prioridad es consolidar sus propios umbrales y evitar fugas que debiliten sus chances de llegar a segunda vuelta (por ahora, el escenario más probable).
El segundo desafío es un clásico de todas las elecciones presidenciales: seducir al votante moderado, de centro. Se trata de ciudadanos que se ven a sí mismos como independientes, desenamorados de la política y de los políticos, desconfiados de las vacuas promesas, ponderadamente críticos del Gobierno y saturados por un proceso electoral interminable y superficial.
La ventaja obtenida por Daniel Scioli es importante, pero no definitiva. Y en pocas horas, él y su entorno experimentaron un súbito cambio de clima: de una escueta alegría a una indisimulable preocupación. Los días posteriores a las PASO fueron una montaña rusa sin frenos para el candidato oficialista. La lluvia castigó una vez más a la provincia de Buenos Aires (¿Nunca nadie había hecho tanto?) y dejó miles de evacuados, pérdidas millonarias y la repetida sensación de ausencia absoluta de Estado, planificación y sentido común en prioridades políticas y asignación presupuestaria. El drama de las inundaciones desnudó en particular la falta de infraestructura en la provincia más grande e importante del país.
Para colmo, la crisis encontró a Scioli en un avión camino a Italia, en un viaje que él mismo definió como “informal”. Reconoció estar exhausto luego de una campaña en la que, según la ley vigente, no compitió con nadie. Es verdad que el país no miraba la puja por las postulaciones, sino el peso relativo y el eventual potencial de los principales candidatos. La actividad proselitista de Scioli no se diferenció demasiado del esfuerzo desplegado en estos casi ocho años como gobernador: concibe la naturaleza de su liderazgo en términos comunicacionales, más asociada a los medios, la farándula y las visitas a múltiples destinos (del tipo “toco y me voy”) que a prácticas tradicionales de la política y, aún menos, a la gestión.
Para peor, la ácida reacción de Aníbal Fernández contra Scioli fue infinitamente más dura, significativa y artera que las inocuas críticas de la oposición, en especial las del macrismo. El agua podría sepultar, al menos temporalmente, los incómodos remezones del escándalo de la efedrina y del Triple Crimen, que tienen al jefe de Gabinete como principal protagonista.
Sergio Massa propuso poner foco en auxiliar a los damnificados en vez de asignar culpas. Su candidato a gobernador, Felipe Solá, demostró su conocimiento, fruto de su experiencia en el cargo (2002-2007), su profesión (es ingeniero agrónomo) y su paso por la función pública como secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca. Así, Massa enfatizó la idea central de su campaña: que su equipo de colaboradores, liderado por Roberto Lavagna, se agranda ante las crisis gracias a su experiencia y su formación.
Mauricio Macri también sacó provecho de la situación. Por un lado, le calzó las botas a su candidata a gobernadora y estrella naciente en el firmamento PRO, María Eugenia Vidal. Por el otro, puso a disposición de la provincia los recursos de emergencia con los que cuenta la Ciudad de Buenos Aires, que en la práctica auxilia cotidianamente a los bonaerenses, sobre todo mediante su sistema de salud. Sin embargo, el principal impulso a su campaña lo obtuvo por lo que no pasó: gracias a fuertes inversiones en infraestructura, y a diferencia de años anteriores, la ciudad de Buenos Aires superó las lluvias sin las inundaciones que paralizan la provincia y jaquean la credibilidad de su gobernador.
Todos los candidatos tienen motivos para sentirse satisfechos con los resultados obtenidos en las PASO, aunque al mismo tiempo deberían preocuparse (y, en efecto, lo están).
Si bien Scioli quedó a sólo siete puntos de ganar en primera vuelta, sabremos en los próximos días en nivel de daño producido por la crisis de las inundaciones. Hay más preocupación en el sciolismo que en el PRO, donde predomina el diagnóstico de que los votantes del FpV son inconmovibles ante estas circunstancias. La efedrina, el ataque a la Justicia, la estanflación y la muerte de Nisman, por caso, no produjeron grandes efectos. Por eso, en el comando naranja saben que para seducir al votante independiente, de clase media, Scioli debe volver a ser Scioli. Su desafío es “la deskirchnerización de Daniel”. Eso le augura a Carlos Zannini, convertido en un Mariotto tibio y tardío, un papel aún más marginal.
De acuerdo a cómo evolucionen los acontecimientos, Scioli puede verse forzado a brindar definiciones más claras respecto de su eventual plan de gobierno. Ya se anima a mencionar con más frecuencia los apellidos Bein y Blejer, una suerte de mimo a los mercados con la, por ahora inalcanzable, pretensión de frenar la corrida cambiaria. Si en las próximas semanas se profundiza la dolarización de las carteras, Scioli deberá tomar más riesgos y remarcar sus diferencias respecto de las políticas oficialistas, incluso en relación a los fondos buitres.
Por su parte, Cambiemos debe consolidar lo conseguido e ir a la caza del voto independiente. Algunos atribulados radicales, todavía impactados por el hecho de que la legendaria Lista 3 haya quedado reducida al 3% de los votos, aseguran que a menos que Cambiemos sea una coalición amplia y plural, muchos partidarios podrían inclinarse hacia Margarita Stolbizer.
Más allá de una moderación reciente de su discurso, que generó cierta desconfianza incluso entre sus seguidores, la premisa del equipo de Macri desde el comienzo de este proceso eleccionario había sido convertirse en el “cambio” en un eventual escenario de polarización donde la contraparte es la “continuidad”, encarnada por el gobierno. Esa supuestamente inevitable ola transformacional no parece haberse dado. ¿Existe en el PRO flexibilidad conceptual, autocrítica y un arsenal de ideas alternativas para encarar con un instrumental adecuado esta etapa fundamental de la campaña?
Sergio Massa le ganó a José Manuel de la Sota con relativa comodidad. Entre ambos han acumulado un caudal nada despreciable de casi el 21%. Si bien Massa queda algo relegado, puede captar buena parte del voto independiente crítico del gobierno, decepcionado del giro discursivo de Macri y alejado de Scioli por su incapacidad de diferenciarse del universo “K”. Sin embargo, algunos votantes de De la Sota, en esencia peronistas, podrían terminar optando por el oficialismo. Otros, cordobeses muy anti K, podrían inclinarse por Macri sólo para evitar el triunfo de Scioli. Los primeros sondeos reflejan esa realidad: Massa retendría un 50% del voto delasotista. Cuenta con la ventaja de sentirse cómodo con su crítica y su bagaje de propuestas. ¿Le alcanzará?
El segundo desafío es un clásico de todas las elecciones presidenciales: seducir al votante moderado, de centro. Se trata de ciudadanos que se ven a sí mismos como independientes, desenamorados de la política y de los políticos, desconfiados de las vacuas promesas, ponderadamente críticos del Gobierno y saturados por un proceso electoral interminable y superficial.
La ventaja obtenida por Daniel Scioli es importante, pero no definitiva. Y en pocas horas, él y su entorno experimentaron un súbito cambio de clima: de una escueta alegría a una indisimulable preocupación. Los días posteriores a las PASO fueron una montaña rusa sin frenos para el candidato oficialista. La lluvia castigó una vez más a la provincia de Buenos Aires (¿Nunca nadie había hecho tanto?) y dejó miles de evacuados, pérdidas millonarias y la repetida sensación de ausencia absoluta de Estado, planificación y sentido común en prioridades políticas y asignación presupuestaria. El drama de las inundaciones desnudó en particular la falta de infraestructura en la provincia más grande e importante del país.
Para colmo, la crisis encontró a Scioli en un avión camino a Italia, en un viaje que él mismo definió como “informal”. Reconoció estar exhausto luego de una campaña en la que, según la ley vigente, no compitió con nadie. Es verdad que el país no miraba la puja por las postulaciones, sino el peso relativo y el eventual potencial de los principales candidatos. La actividad proselitista de Scioli no se diferenció demasiado del esfuerzo desplegado en estos casi ocho años como gobernador: concibe la naturaleza de su liderazgo en términos comunicacionales, más asociada a los medios, la farándula y las visitas a múltiples destinos (del tipo “toco y me voy”) que a prácticas tradicionales de la política y, aún menos, a la gestión.
Para peor, la ácida reacción de Aníbal Fernández contra Scioli fue infinitamente más dura, significativa y artera que las inocuas críticas de la oposición, en especial las del macrismo. El agua podría sepultar, al menos temporalmente, los incómodos remezones del escándalo de la efedrina y del Triple Crimen, que tienen al jefe de Gabinete como principal protagonista.
Sergio Massa propuso poner foco en auxiliar a los damnificados en vez de asignar culpas. Su candidato a gobernador, Felipe Solá, demostró su conocimiento, fruto de su experiencia en el cargo (2002-2007), su profesión (es ingeniero agrónomo) y su paso por la función pública como secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca. Así, Massa enfatizó la idea central de su campaña: que su equipo de colaboradores, liderado por Roberto Lavagna, se agranda ante las crisis gracias a su experiencia y su formación.
Mauricio Macri también sacó provecho de la situación. Por un lado, le calzó las botas a su candidata a gobernadora y estrella naciente en el firmamento PRO, María Eugenia Vidal. Por el otro, puso a disposición de la provincia los recursos de emergencia con los que cuenta la Ciudad de Buenos Aires, que en la práctica auxilia cotidianamente a los bonaerenses, sobre todo mediante su sistema de salud. Sin embargo, el principal impulso a su campaña lo obtuvo por lo que no pasó: gracias a fuertes inversiones en infraestructura, y a diferencia de años anteriores, la ciudad de Buenos Aires superó las lluvias sin las inundaciones que paralizan la provincia y jaquean la credibilidad de su gobernador.
Todos los candidatos tienen motivos para sentirse satisfechos con los resultados obtenidos en las PASO, aunque al mismo tiempo deberían preocuparse (y, en efecto, lo están).
Si bien Scioli quedó a sólo siete puntos de ganar en primera vuelta, sabremos en los próximos días en nivel de daño producido por la crisis de las inundaciones. Hay más preocupación en el sciolismo que en el PRO, donde predomina el diagnóstico de que los votantes del FpV son inconmovibles ante estas circunstancias. La efedrina, el ataque a la Justicia, la estanflación y la muerte de Nisman, por caso, no produjeron grandes efectos. Por eso, en el comando naranja saben que para seducir al votante independiente, de clase media, Scioli debe volver a ser Scioli. Su desafío es “la deskirchnerización de Daniel”. Eso le augura a Carlos Zannini, convertido en un Mariotto tibio y tardío, un papel aún más marginal.
De acuerdo a cómo evolucionen los acontecimientos, Scioli puede verse forzado a brindar definiciones más claras respecto de su eventual plan de gobierno. Ya se anima a mencionar con más frecuencia los apellidos Bein y Blejer, una suerte de mimo a los mercados con la, por ahora inalcanzable, pretensión de frenar la corrida cambiaria. Si en las próximas semanas se profundiza la dolarización de las carteras, Scioli deberá tomar más riesgos y remarcar sus diferencias respecto de las políticas oficialistas, incluso en relación a los fondos buitres.
Por su parte, Cambiemos debe consolidar lo conseguido e ir a la caza del voto independiente. Algunos atribulados radicales, todavía impactados por el hecho de que la legendaria Lista 3 haya quedado reducida al 3% de los votos, aseguran que a menos que Cambiemos sea una coalición amplia y plural, muchos partidarios podrían inclinarse hacia Margarita Stolbizer.
Más allá de una moderación reciente de su discurso, que generó cierta desconfianza incluso entre sus seguidores, la premisa del equipo de Macri desde el comienzo de este proceso eleccionario había sido convertirse en el “cambio” en un eventual escenario de polarización donde la contraparte es la “continuidad”, encarnada por el gobierno. Esa supuestamente inevitable ola transformacional no parece haberse dado. ¿Existe en el PRO flexibilidad conceptual, autocrítica y un arsenal de ideas alternativas para encarar con un instrumental adecuado esta etapa fundamental de la campaña?
Sergio Massa le ganó a José Manuel de la Sota con relativa comodidad. Entre ambos han acumulado un caudal nada despreciable de casi el 21%. Si bien Massa queda algo relegado, puede captar buena parte del voto independiente crítico del gobierno, decepcionado del giro discursivo de Macri y alejado de Scioli por su incapacidad de diferenciarse del universo “K”. Sin embargo, algunos votantes de De la Sota, en esencia peronistas, podrían terminar optando por el oficialismo. Otros, cordobeses muy anti K, podrían inclinarse por Macri sólo para evitar el triunfo de Scioli. Los primeros sondeos reflejan esa realidad: Massa retendría un 50% del voto delasotista. Cuenta con la ventaja de sentirse cómodo con su crítica y su bagaje de propuestas. ¿Le alcanzará?







