La oposición fue la arquitecta del triunfo de un Alperovich derrotado

La oposición fue la arquitecta del triunfo de un Alperovich derrotado
Álvaro José Aurane
Por Álvaro José Aurane 15 Agosto 2015
Las sanguinarias campañas de guerra y expansión que Napoléon desplegó sobre Europa estuvieron a punto de fracasar apenas comenzaron. En 1798 él ascendía al cargo de primer cónsul de Francia y forjaba un gobierno donde ningún ministro tenía autoridad independiente. El año anterior ya había expulsado a Austria de algunos territorios (Lombardía), por lo que esta se alió con Gran Bretaña y con Rusia para enfrentar al general que ahora ostentaba un cargo con reminiscencias al Imperio Romano. Esa coalición disponía de una potencia de hombres que duplicaba a los franceses, quienes fueron devueltos a sus fronteras naturales. Y la avanzada de los rusos destruyó toda la labor de conquista de Bonaparte en lo que hoy es Italia.

Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

El zar Pablo, sucesor de Catalina la Grande, se declaró descontento con sus socios. La alianza carecía de una estrategia común y él ordenó el repliegue de sus tropas. Era 1799. En 1800, el mismo Napoleón que había estado arrinconado por quienes habían demostrado que podían vencerlo, volvió a imponerse sobre los austríacos. Había tomado impulsos otra vez.

Ese momento de la historia explica que hay instancias en que la victoria no se explica tanto por las acciones del que gana como por el obrar del que pierde. Esa lección de la modernidad, dos siglos después, enseña que en las elecciones del domingo pasado, antes que ganar José Alperovich, perdió José Cano.

Ninguna fortaleza

El gobernador, como jamás en 12 años, estuvo contra las cuerdas este año, en materia electoral. Tanto que durante el segundo trimestre desesperó.

El mandatario había inaugurado el año con el anuncio de que se postularía para el Senado. “Creo que sí”, fue su respuesta a LA GACETA, publicada el 2 de enero, ante la consulta sobre los rumores de su precandidatura. “Todo político quiere seguir estando”.

Pero, con el correr de los meses la figura de Cano se fue aquilatando como el opositor de mayor peso en la opinión pública. A la par, fue ganando certeza, también, la posibilidad -luego concretada- de que el radical alcanzara un inédito acuerdo electoral con el peronista Domingo Amaya. Entonces, en abril, el invicto Alperovich amagó con tirar la toalla. En un asado con socios políticos en su casa comunicó (tal como fue revelado entonces por el Panorama Tucumano de Federico van Mameren) que declinaría competir por un escaño en la Cámara Alta. Buscaría, más bien, una banca de legislador provincial por la sección Oeste.

Después, dió marcha atrás respecto de esa marcha atrás. No fue por voluntad propia sino para honrar sus compromisos nacionales. Daniel Scioli lo urgió a que encabezara la lista de senadores, porque era -y es- el oficialista con mejor imagen. Aún así, el jefe del Ejecutivo tucumano siguió manifestando síntomas de temor. Eso fue, en mayo, la sanción por parte de la Legislatura de una de las peores leyes de la desvergonzada historia parlamentaria alperovichista: la prohibición de que un candidato a un cargo provincial pueda inscribirse como candidato a un cargo nacional.

Las dobles candidaturas son disvaliosas, porque son en sí mismas una mentira para acumular poder. Pero el alperovichismo, abusador de esa maniobra (Alperovich mismo es hoy gobernador y senador suplente electo), lo que en realidad hacía era cambiar las reglas de juego con que había convocado a los comicios. Además, lo que se buscaba, en franca decisión antiperonista, era proscribir a Cano y a Amaya. Enfrentarlos era su escenario más temido.

En junio, Alperovich recibió reveses políticos en dos frentes diferentes. En el lado nacional, Mauricio Macri (PRO), Ernesto Sanz (UCR), Elisa Carrió (CC), Margarita Stolbizer (GEN) y Sergio Massa (FR) accedían a que el tucumano fuera el candidato único a senador de todos ellos. No fue un asunto menor. Alperovich había jugado bien al ajedrez electoral hasta entonces: fue un mandatario pionero en poner todas sus fichas al servicio de Scioli, finalmente bendecido por la Presidenta. Pero, sorpresivamente, Cano jugó mejor: si el gobernador era el candidato del único postulante “K”, el diputado lo era de prácticamente toda la oposición.

Cano supo leer esa coyuntura y lanzó el desafío a los gritos: Alperovich tiene miedo, se desgañitó.

A la vez, el radical le asestaba un golpe desestructurante al flanco provincial alperovichista: él y Amaya, finalmente, sellaban el Acuerdo del Bicentenario.

Para completar, llegó -también durante el sexto mes- el sablazo de la mujer vendada: la Justicia atendió un planteo de Cano y rehabilitó las dobles candidaturas. El oficialismo, por primera vez, tambaleaba.

Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.

A pesar de que los manotazos políticos del gobernador evidenciaban que los opositores tenían mayor potencial electoral, sus adversarios decidieron retirarse. La estrategia común, al final, fue allanarle el triunfo en las PASO. La oposición no le falló a Alperovich, fue el título de esta columna el 20 de junio.

Ningún plebiscito

No es verdad que Alperovich haya plebiscitado su gestión en los comicios anteriores. Si algo trató de evitar fue pedir el voto para él. Por el contrario, nacionalizó la campaña como nunca antes. Casi se escondió detrás de la figura de Scioli, hasta el punto de manifestar que la mejor razón para votar por el Frente para la Victoria en Tucumán consistía en uniformar la representación nacional y provincial.

Esa estrategia oficialista es, acaso, la más contundente prueba respecto de que Cano y Amaya tenían que enfrentar al mandatario el domingo pasado: eso hubiera implicado provincializar la campaña.

Pero no sólo no se midieron contra el jefe de Gobierno tucumano: ni siquiera se movieron para controlar el desarrollo de los comicios del fin de semana pasado. Y sólo se ganan los comicios en los que se deja el alma en el territorio. Dicho de otro modo, trabajar a destajo no significa que se vaya a ganar una elección; pero no trabajar es garantía de derrota. No sentar un fiscal por mesa es certificado de no trabajar.

Lo alarmante es que Cano haya estado convencido de que las PASO eran elecciones sin importancia en su plan por alcanzar la gobernación. Peor aún: que haya asumido que si Alperovich ganaba -como ocurrió-, la derrota sería para otro. O para otra. Pero Silvia Elías de Pérez (la que conoció la soledad durante el domingo) no perdió: obtuvo 200.000 sufragios y probablemente mantenga su banca hasta 2021, casi sin deber favores a la conducción de la UCR. El que perdió fue el canismo. El mismo canismo que consagró a Elías de Pérez postulante a la Cámara Alta y, en paralelo, a la Legislatura, para despecho de los otros candidatos a legisladores (¿debían respaldarla el domingo pasado y enfrentarla el domingo que viene?) y del amayismo (¿debía acompañar a quien lo denunció penalmente?).

A Cano, en su entorno, ¿le dijeron que lo que estaba haciendo era correcto? Las explicaciones que vino dando el radical hacen presumir que sí. Él le explicó a su dirigencia de primera línea que no tenía dinero para afrontar dos elecciones. A juzgar por la campaña publicitaria que desplegó, ese argumento es cuanto menos dudoso. Luego agregó que sus socios amayistas le pedían no enfrentar al kirchnerismo. A juzgar por el hecho de que Scioli vendrá la semana que viene a levantar brazos alperovichistas, esa justificación es cuanto menos desastrosa. Más tarde añadió que si Alperovich lo vencía a dos semanas de los comicios, el resultado sería un golpe anímico. A juzgar por el hecho de que en octubre de 2013 Cano logró 330.000 votos sin estar asociado con el amayismo, esa explicación es cuanto menos disparatada: peor no podía irle.

Finalmente, arguyó que la Poliarquía le recomendó no jugar en las PASO. A juzgar por el hecho de que el radicalismo nacional considera que esa consultora está sesgada a favor del sciolismo, esa determinación no luce acertada. El resultado está a la vista: el radicalismo tucumano siguió esa estrategia y el resultado fue que Tucumán le tributó a Scioli uno de los triunfos más contundentes de toda la República Argentina.

Ningún equívoco

La lectura de las ruinas se completa con el discurso opositor post-comicios. Cano le reprochó al pueblo por la manera en que votó y condenó que los tucumanos siguieran eligiendo a la democracia pavimentadora. Es cierto que el populismo triunfa ampliamente en los dominios de los gobiernos clientelares, pero no menos real es que gana quien comprende a los electores y no quien los acusa de no entender nada. ¿No tiene reproches la oposición respecto de sí misma? ¿No se pregunta por qué no la votan? ¿No le parece que sus contradicciones desalientan adhesiones? ¿No se plantea que sus análisis sobre la realidad electoral para definir cómo proceder resultaron ser ficción?

Cuestionar a los ciudadanos antes que cuestionarse por no convencerlos es una vía directa hacia la derrota. La democracia demanda dirigentes que (antes de levantar el dedo para acusar al pueblo de estar colectivamente equivocado) se planteen individualmente si ellos y quienes integran su espacio están dando las mejores razones para atraer la voluntad popular.

De lo contrario, la senda por recorrer desemboca en la tragedia bonapartista, por más Napoleones que se combatan. “Le pedí 20 años al destino y sólo me concedió 13”, pretenden que afirmó, en su ocaso, quien había llegado a ser emperador. Pero no era el destino, sino él mismo, el artífice de su propia suerte...

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