Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 14 Agosto 2015
No hay que firmar ningún pagaré cuando se promete, así que las promesas incumplidas son simplemente eso. Engaños, pases de la magia más berreta que pueda concebirse. Prometer ni siquiera implica jurar. No hace falta poner el cuerpo para prometer, apenas dibujarse una sonrisa en la gigantografía carísima o el afiche artesanal mal pegado con engrudo en un poste. Pero hay un elemento indispensable si de elaborar una promesa se trata: el lenguaje, porque cada palabra que se emplea representa un posicionamiento ante el mundo, y las promesas pretenden fungir de declaración de principios. Las palabras son precisas, inequívocas, fulminantes en su plenitud. Las promesas, que de compromisos no tienen nada, esas promesas que quedarán encerradas en sí mismas apenas comience el conteo de los votos, constituyen el lenguaje de la mentira.

Tan perfeccionado está en Tucumán el lenguaje de la mentira que su lógica interna se expone en cada discurso. Si se despojara de esa carga, aliviado al fin, el candidato A proclamaría: “no puedo prescindir del clientelismo. Lo siento en el alma, pero si no reparto bolsones, chapas, remedios o lo que me pidan en el territorio, no llego. Quiero verlos a ustedes, que tanto me critican, pisando el barro. A los punteros no los inventé. Están, son imprescindibles. Bienvenidos, queridos comprovincianos, a la realidad. No me echen la culpa, a fin de cuentas soy un engranaje del sistema y el sistema va a seguir andando. Hay que abrir la billetera en el momento justo. Es una inversión a corto plazo, ¿tan difícil es comprenderlo? Y no se olviden de votarme”.

Hay quienes se toman todo el tiempo para elegir una palabra. Está ese asunto de que somos amos de los silencios y prisioneros de lo que decimos. El lenguaje de la mentira prescinde de esos ropajes, es plenamente liberador. Feliz, el candidato B podría recitar entonces: “yo, groseramente construido y sin la majestuosa gentileza para pavonearme ante una ninfa de libertina desenvoltura; yo, privado de esta bella proporción, desprovisto de todo encanto por la pérfida Naturaleza; deforme, sin acabar, enviado antes de tiempo a este latente mundo... He determinado portarme como un villano y odiar los frívolos placeres de estos tiempos. He urdido complots, inducciones peligrosas; válido de absurdas profecías, libelos y sueños, para crear un odio mortal...”

El miércoles pasado, un compañero de la Redacción celebraba el descubrimiento de una palabra. “Taumaturgo. No la conocía -cuenta-, así que fui al diccionario. Taumaturgo: persona con poder de realizar prodigios o milagros”. De taumaturgos hablaba, en un texto, Horacio González. Es la clase de autor del que pueden aprenderse infinitas cosas. Por ejemplo, palabras. Tan simple y fascinante como eso. El lenguaje de la mentira necesita un ejército de falsos taumaturgos para sobrevivir y desarrollarse. Prestidigitadores de la palabra, capaces de mostrarlas y esconderlas a toda velocidad. Eso sí que es un milagro de estos tiempos.

El candidato C, privado del lenguaje de la mentira, afirmará entonces: “voy a meter la mano en la lata. Perdón, pero está en mi naturaleza. Como decía mi viejo: ‘no me den, pónganme donde haya’. Pero quédense tranquilos porque también voy a hacer, ¿eh? Sí señor. ¿Qué prefieren votar? ¿Un tonto o un vivo?” Y el candidato D, envalentonado, subrayará: “balas para todos, eso es lo que hace falta. Miren, conmigo en el Gobierno no había saqueos. Matás cuatro o cinco y se acabó la rabia. Porque el problema acá es que nadie va en cana. La culpa la tienen esos de los derechos humanos, porque hoy los únicos con derechos son las lacras. ¿Y nosotros? Si me votan se acaba la inseguridad. Yo a la Policía sé cómo manejarla. Hay que dejarlos que hagan sus cositas para mantenerlos contentos”.

Honestidad y decencia no se articulan con el lenguaje de la mentira... ¿o sí? Que el discurso del candidato E se reduzca a pregonar “votame porque soy honesto” propone vaciar la política de contenido. Sobre este tema viene escribiendo desde hace años Martín Caparrós y es justo citarlo. Sostiene Caparrós: “la honestidad es el grado cero de la actuación política; es obvio que hay que exigirle a cualquier político -como a cualquier empresario, ingeniero, maestra, periodista, domador de pulgas- que sea honesto. Es obvio que la mayoría de los políticos argentinos no lo parecen; es obvio que es necesario conseguir que lo sean. Pero eso, en política, no alcanza para nada: que un político sea honesto no define en absoluto su línea política. La honestidad es -o debería ser- un dato menor: el mínimo común denominador a partir del cual hay que empezar a preguntarse qué política propone y aplica cada cual”.

A nadie le gustaría estar en la piel del candidato F cuando, presa de un ataque, sincericidio mediante, advierte: “ustedes no entienden nada. Son como Jon Snow, niños obligados a cruzar el muro para mezclarse con los salvajes. ¿Cómo creen que se puede gobernar con división de poderes? No existe. A los jueces hay que tenerlos cortitos. Sin son del palo, mejor. Y los muchachos necesitan caja. ¿O no saben las obligaciones que tiene un legislador? No, no entienden nada”.

Al candidato G le sobran los recursos. No preguntemos de dónde salieron porque no lo va a blanquear. O va a mentir, que para el caso es lo mismo. La construcción de su mensaje se nutrió con ladrillos de alta gama. Para eso existen publicistas, encuestadores y toda esa fauna que come caviar en época de elecciones. En cambio, el candidato H rema en el cayote con nuez. Cada panfleto le sangra el bolsillo. Pero tampoco se priva de prometer. Los millonarios y los pobres de la campaña están unidos por el lenguaje. El candidato I la tiene clara: “está bien, seguro que no salgo. Pero este soy yo, acordate de mi cara, de mi nombre. Dentro de cuatro años voy a jugar de nuevo. Mientras tanto está la administración pública, que es como esas mansiones góticas de las películas, llena de recovecos en los que acovacharse”.

Cuanto más desangelado el candidato, más profunda su fe en el lenguaje de la mentira. Porque el lenguaje, como la religión, es un intercambio de códigos. El que quiera creer, que crea. El que que quiera oir, que oiga.

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