Los fuegos artificiales de la madrugada del lunes, sobre la Casa de Gobierno, simbolizaron el final anticipado de un ciclo de 12 años. La noche del domingo 23, José Alperovich perderá el papel protagónico en la marquesina política, más allá de que su mandato concluya el 29 de octubre y que cuatro días antes de esa fecha pueda ser ungido -otra vez- senador nacional por Tucumán. Y esa es la dinámica de aquella política. Por eso, con cierto gesto nostálgico, dice que el poder no se comparte y que -si así lo deciden los tucumanos en las urnas- Juan Manzur continuará con el proyecto que arrancó en 2003. Pero nada es seguro. El actual vicegobernador seguramente querrá ponerle su impronta a la gestión como Alperovich lo hizo hace casi una docena de años.
El actual gobernador quema los últimos cartuchos. La fiesta del domingo pasado en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno fue casi de despedida. Sabe que debe esperar el cierre del telón. Pero no quiere irse por la puerta de atrás. La imagen del 29 de octubre de 2003 aún le da vueltas por la cabeza. Aquel día, Julio Miranda debió entregarle el cetro de poder a quien ungió como su sucesor. Después, tuvo que subir raudamente al avión que le puso a disposición el entonces presidente Eduardo Duhalde. Su destino fue el Congreso. Las malas lenguas cuentan que el ex mandatario se fue con lo puesto, porque necesitaba fueros frente a las denuncias por casos de desnutrición en Tucumán. Pasó por una sastrería del microcentro porteño y luego juró como senador nacional. La amistad con el hombre que afilió al Partido Justicialista -era de extracción radical-, al que convirtió en ministro de Economía, en senador y luego en gobernador, no fue la misma mucho antes de aquella situación. Miranda sintió que le soltó la mano. Es el mismo temor que hoy tiene Alperovich respecto de Manzur. Sin embargo, según afirma, el ex ministro de Salud Pública de la Nación está hecho de otra madera. Y Alperovich dice públicamente y se repite internamente: “el poder no se comparte”; “seré un soldado de Juan”; “un buen político labura sin pedirle nada al otro” o “en política tenés que aprender a tragarte sapos”. Los mismos sapos que deglutió Miranda cuando, en una de las reuniones partidarias en la sede de UPCN, pidió que se proclamara al ex radical como candidato a gobernador; fue el mismo día que un sindicalista -hoy legislador- cruzó su automóvil en medio de la avenida Salta, se bajó, pidió la palabra; se opuso a aquella candidatura; votó en contra; se subió al vehículo y aceleró sin rumbo. Luego se tragó también el sapo y aceptó a Alperovich como su líder político; mansamente. Cosas de la política comarcana. Fuegos de artificio.
Los temores al ostracismo se despejan en el planeta Alperovich cuando las encuestas que encarga le señalan que el presidente de los argentinos será Daniel Scioli. Sin embargo, aún queda la batalla tucumana. La fórmula de José Cano-Domingo Amaya aglutinó el desencanto de la dirigencia -incluidos los referentes del mirandismo- contra el alperovichismo. Por eso, Alperovich presentó las PASO como su gran triunfo electoral, el último en rol protagónico porque el de octubre será opacado por las presidenciales.
Los temores también se reflejan en la oposición. El internismo o divisionismo propio de los partidos tradicionales alimenta aquellos miedos. Algunos se preguntan aún si ha sido lo correcto que Cano no compitiera contra Alperovich y probara, verdaderamente, las fuerzas del oficialismo, que aún festeja el 59% de los votos obtenidos por su líder político en las PASO.
Tanto desde el Frente para la Victoria como desde el Acuerdo para el Bicentenario señalan que, durante las primarias, trabajaron a media máquina. Que el oficialismo no “puso toda la plata que acostumbra a invertir en campañas proselitistas” ni que el amayismo movilizó en la Capital como suele ser lo habitual en tiempos electorales. Unos pregonan el triunfo moral de la batalla electoral; otros, el factor sorpresa, el del cambio de ciclo.
La política mueve millones de pesos. Algunos conocedores del financiamiento de campañas estiman que, en una elección, se mueven no menos de $ 350 millones en preparativos y logística. Esa cifra no llega ni al 1% de lo que un gobernador electo puede llegar a administrar de presupuesto durante un año.
La política se convirtió en una suerte de bolsa de trabajo que puede cambiarle la vida totalmente al que llega; y también un ingreso extra para la coyuntura de aquellos que se emplean sólo para movilizar personas. Los números confirman esta tendencia:
• En Tucumán hay un candidato cada 46 electores que aspira a ocupar de los 347 cargos en disputa en los comicios del domingo 23.
• Los 25.467 aspirantes equivalen a un tercio del total de empleados de la administración pública provincial. La cifra de postulantes ha crecido un 46% respecto de las elecciones de 2011, por caso.
• Las elecciones implican una jornada laboral extraordinaria para un puntero político. En ese domingo de elecciones puede llegar a ganar el equivalente a cinco jornales de un empleado promedio (los políticos llegan a pagarle poco más de $ 1.500).
• El trabajo territorial se cotiza. Un dirigente experimentado en “seducir” votantes puede llegar a ganar hasta $ 25.000 mensuales, dependiendo de la “billetera” del candidato. El promedio, como dijeron algunos punteros, es de $ 10.000 al mes previo de las elecciones.
• Los taxistas constituyen una fuerza particular y necesaria en tiempos electorales. Esta vez, pueden llegar a embolsar entre $ 600 y $ 1.000, según la zona, para llevar ciudadanos a los lugares de votación.
La fiesta democrática debería ser de todos; de los que se presentan a algún cargo electivo como de aquellos que los votan. Las promesas electorales suelen ser como cuentos de hadas, en los cuales los sapos terminan convirtiéndose en príncipes. Todo cambiará cuando los hechos superen a las palabras.
El actual gobernador quema los últimos cartuchos. La fiesta del domingo pasado en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno fue casi de despedida. Sabe que debe esperar el cierre del telón. Pero no quiere irse por la puerta de atrás. La imagen del 29 de octubre de 2003 aún le da vueltas por la cabeza. Aquel día, Julio Miranda debió entregarle el cetro de poder a quien ungió como su sucesor. Después, tuvo que subir raudamente al avión que le puso a disposición el entonces presidente Eduardo Duhalde. Su destino fue el Congreso. Las malas lenguas cuentan que el ex mandatario se fue con lo puesto, porque necesitaba fueros frente a las denuncias por casos de desnutrición en Tucumán. Pasó por una sastrería del microcentro porteño y luego juró como senador nacional. La amistad con el hombre que afilió al Partido Justicialista -era de extracción radical-, al que convirtió en ministro de Economía, en senador y luego en gobernador, no fue la misma mucho antes de aquella situación. Miranda sintió que le soltó la mano. Es el mismo temor que hoy tiene Alperovich respecto de Manzur. Sin embargo, según afirma, el ex ministro de Salud Pública de la Nación está hecho de otra madera. Y Alperovich dice públicamente y se repite internamente: “el poder no se comparte”; “seré un soldado de Juan”; “un buen político labura sin pedirle nada al otro” o “en política tenés que aprender a tragarte sapos”. Los mismos sapos que deglutió Miranda cuando, en una de las reuniones partidarias en la sede de UPCN, pidió que se proclamara al ex radical como candidato a gobernador; fue el mismo día que un sindicalista -hoy legislador- cruzó su automóvil en medio de la avenida Salta, se bajó, pidió la palabra; se opuso a aquella candidatura; votó en contra; se subió al vehículo y aceleró sin rumbo. Luego se tragó también el sapo y aceptó a Alperovich como su líder político; mansamente. Cosas de la política comarcana. Fuegos de artificio.
Los temores al ostracismo se despejan en el planeta Alperovich cuando las encuestas que encarga le señalan que el presidente de los argentinos será Daniel Scioli. Sin embargo, aún queda la batalla tucumana. La fórmula de José Cano-Domingo Amaya aglutinó el desencanto de la dirigencia -incluidos los referentes del mirandismo- contra el alperovichismo. Por eso, Alperovich presentó las PASO como su gran triunfo electoral, el último en rol protagónico porque el de octubre será opacado por las presidenciales.
Los temores también se reflejan en la oposición. El internismo o divisionismo propio de los partidos tradicionales alimenta aquellos miedos. Algunos se preguntan aún si ha sido lo correcto que Cano no compitiera contra Alperovich y probara, verdaderamente, las fuerzas del oficialismo, que aún festeja el 59% de los votos obtenidos por su líder político en las PASO.
Tanto desde el Frente para la Victoria como desde el Acuerdo para el Bicentenario señalan que, durante las primarias, trabajaron a media máquina. Que el oficialismo no “puso toda la plata que acostumbra a invertir en campañas proselitistas” ni que el amayismo movilizó en la Capital como suele ser lo habitual en tiempos electorales. Unos pregonan el triunfo moral de la batalla electoral; otros, el factor sorpresa, el del cambio de ciclo.
La política mueve millones de pesos. Algunos conocedores del financiamiento de campañas estiman que, en una elección, se mueven no menos de $ 350 millones en preparativos y logística. Esa cifra no llega ni al 1% de lo que un gobernador electo puede llegar a administrar de presupuesto durante un año.
La política se convirtió en una suerte de bolsa de trabajo que puede cambiarle la vida totalmente al que llega; y también un ingreso extra para la coyuntura de aquellos que se emplean sólo para movilizar personas. Los números confirman esta tendencia:
• En Tucumán hay un candidato cada 46 electores que aspira a ocupar de los 347 cargos en disputa en los comicios del domingo 23.
• Los 25.467 aspirantes equivalen a un tercio del total de empleados de la administración pública provincial. La cifra de postulantes ha crecido un 46% respecto de las elecciones de 2011, por caso.
• Las elecciones implican una jornada laboral extraordinaria para un puntero político. En ese domingo de elecciones puede llegar a ganar el equivalente a cinco jornales de un empleado promedio (los políticos llegan a pagarle poco más de $ 1.500).
• El trabajo territorial se cotiza. Un dirigente experimentado en “seducir” votantes puede llegar a ganar hasta $ 25.000 mensuales, dependiendo de la “billetera” del candidato. El promedio, como dijeron algunos punteros, es de $ 10.000 al mes previo de las elecciones.
• Los taxistas constituyen una fuerza particular y necesaria en tiempos electorales. Esta vez, pueden llegar a embolsar entre $ 600 y $ 1.000, según la zona, para llevar ciudadanos a los lugares de votación.
La fiesta democrática debería ser de todos; de los que se presentan a algún cargo electivo como de aquellos que los votan. Las promesas electorales suelen ser como cuentos de hadas, en los cuales los sapos terminan convirtiéndose en príncipes. Todo cambiará cuando los hechos superen a las palabras.








