Donald Trump: el ego como ideología

09 Agosto 2015
Cuando Estados Unidos está creciendo y es feliz, pareciera que es una especie de pista para velocistas. Como lo expresó Robert H. Wiebe en su libro clásico, “The Segmented Society” (La sociedad segmentada), cuando las cosas iban bien, el país diverso constaba de “innumerables carriles aislados, donde los estadounidenses, solos o en grupos, corrían en filas hacia sus objetivos”. En tiempos de escasez y aislamiento, se parece más a los carritos chocadores. Distintos grupos sienten que están bloqueados sus carriles, así es que empiezan a chocar unos con otros. Las elites culturales comienzan a reñir con las elites financieras. La clase media baja comienza a pelear con los pobres.

Hace décadas, el sociólogo Jonathan Rieder estudió lo que era el barrio de Canarsie, de clase trabajadora blanca, en Brooklyn. La gente era hostil tanto a sus vecinos negros más pobres porque sentían que amenazaban a su comunidad, como a las elites de Manhattan porque sentían que los habían traicionado desde arriba.

Estamos viviendo ahora en una época de ansiedad económica y alienación política. Solo tres de cada 10 estadounidenses creen que sus puntos de vista están representados en Washington, según una encuesta de la CNN y ORC. La confianza en instituciones públicas, como escuelas, bancos e iglesias, está cercana a niveles históricamente bajos, según Gallup. Solo 29 % de los estadounidenses piensa que el país está en el carril correcto. Este clima les dificulta las cosas a los candidatos de la elite que normalmente dominan nuestra política. Jeb Bush nada a contracorriente. Hillary Clinton podría ganar por pura determinación, pero no es el ajuste natural para este momento.

Sin embargo, prosperan los políticos de los carritos chocadores. Bernie Sanders está nadando con la corriente. Es un político de convicciones que se siente cómodo con los conflictos de clase. Mucha gente de izquierda tiene el vago deseo generalizado de un cambio sistémico fundamental o, al menos, del ambiente del cambio radical.

Los tiempos son perfectos para Donald Trump. Es gente de fuera, lo que es atractivo para los alienados. Es beligerante, lo que es atractivo para los frustrados. Y, en un giro único del siglo XXI, es un narcisista que piensa que puede resolver cada problema, lo que es atractivo para personas que no tienen confianza en la comprensión que tienen de su entorno en tiempos difíciles y ansían dirigentes que parezca que la tienen. El populismo de Trump es bastante común. Resulta atractivo para personas que, como lo expresó Walter Lippmann alguna vez: “más bien, se sienten como espectadores sordos en la última fila. Saben que, de alguna forma, los afecta lo que está sucediendo. Pero estos asuntos públicos no son, de ninguna forma convincente, su problema. Son, en gran medida, invisibles. Fuerzas innombrables las manipulan, si es que es así, desde centros distantes, tras bambalinas. Bajo la fría luz de la experiencia, ellas saben que su soberanía es una ficción. Reinan en teoría, pero, de hecho, no gobiernan”.

Cuando Trump toca fibras populistas sensibles, es atractivo para personas que experimentan esta invisibilidad. Es atractivo para miembros de la clase media alienada (como esa gente en Canarsie) que creen que ni los ricos ni los pobres tienen que jugar con las mismas reglas que ellos. Les resulta atractivo a las personas que se sienten resentidas porque los inmigrantes consiguen lo que, supuestamente, no se merecen.

Sin embargo, la base de apoyo de Trump es rara. Es ligeramente más laica y menos instruida que el republicano promedio, pero no se inspira en ningún bloque distintivo. A diferencia de los populistas anteriores, Trump no es especialmente rural ni urbano, ni se basa en la identidad étnica o la clase social. Atrae a la gente en tanto individuos y no como grupos. A diferencia de los populismos anteriores, su argumento principal no es que las elites sean corruptas o estén desfasadas. Es que son estúpidas. Su discurso para anunciar su postulación es fascinante (e irresistible). “¿Qué tan estúpidos son nuestros dirigentes?”, dijo. “Nuestro presidente no tiene la menor idea”, continuó. “Tenemos gente que es estúpida”, observó sobre la clase dirigente. En otras palabras, no es que nuestros problemas sean irresolubles o siquiera difíciles. No es que seamos un país potencialmente en declive. El problema es que no tenemos una clase dirigente lista, competente, dura y exitosa como Trump.

Medido en términos políticos estándares, no es ideológicamente congruente. Como lo señaló Peter Wehner, ha asumido muchas posiciones liberales. Sin embargo, el ego es su ideología y, en ello, es absolutamente congruente. En la mente de Trump, el mundo no está dividido en derecha e izquierda. Más bien, hay ganadores y perdedores. A la sociedad la dirigen perdedores, que menosprecian y le faltan el respeto a las personas que, de hecho, son ganadoras.

Nunca antes habíamos experimentado un momento con tanta alienación popular y tanta autoestima particular, asertiva y frágil. Trump es la confluencia perfecta de estas tendencias. No será presidente, pero no es una aberración. Está profundamente enraizado en las corrientes de nuestro tiempo.

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