Pocos son los secretos que restan por develarse en este proceso electoral que acabará con José Alperovich fuera del sillón de Lucas Córdoba. El oficialismo, luego de 12 años de mandato sobre sus espaldas, optó por refugiarse en lo seguro. Apostó a exprimir al máximo las tretas del sistema electoral que diseñó en 2006 y a recostarse en su gigantesco entramado clientelar. José Cano, en tanto, se calzó el poncho amayista y se disfrazó de peronista para liberarse de la histórica culpa de los radicales. La que se avecina, entonces, será una batalla en la que los dos principales contrincantes utilizarán las mismas armas y los mismos modos para lograr un mismo objetivo. Lo que cabe preguntarse, en consecuencia, es cómo lograrán diferenciarse unos de otros para cautivar a esos sectores de la sociedad que aún se muestran indecisos.
Consciente de sus limitaciones, el alperovichismo tendió en toda la provincia una red de contención dirigencial. Levantó una cerca olímpica en cada pueblo y ciudad para presumir de su poderío y mostrarse fuerte ante las debilidades que todos observan. Así, la candidatura de Juan Manzur será empujada como en un scrum por unos 50 partidos provinciales y centenares de municipales. Dicho de otra manera, allí en donde antes crecía una flor el oficialismo sembró candidatos para, al menos en apariencia, mostrarse apabullante. Algo similar al show montado el 9 de Julio: ¿cuántas de esas 40.000 personas que asistieron al Hipódromo para despedir a Cristina Kirchner y a Alperovich no tienen ya definido cómo votarán el 23 de agosto? En cuanto a productividad, el resultado de semejante movilización de la Casa de Gobierno puede ser bajo. Lo que en realidad pretendió el alperovichismo es mostrarse vivo frente al vaticinio de fin de ciclo. El problema de cuando se hace mucho bulto es que al final se termina a los empujones, y esa es una realidad que se ajusta a lo que vive el Poder Ejecutivo por estas horas. Son tantos los postulantes inventados en cada municipio que para sobresalir tienen que pelearse entre ellos y decirse las barbaridades que se vienen escuchando: aprietes a votantes y hasta pases de factura sobre corrupción y narcotráfico. Pero el Gobierno ya tiene asumido que esos papelones son parte de los costos fijos que tiene toda empresa electoral, porque sabe que al final todos ellos aportarán el último domingo de agosto para la subsistencia.
Contracara
Para esta ocasión, Cano tenía la posibilidad de potenciar sus diferencias o de mimetizarse con el oficialismo. Optó por la segunda alternativa. Con el antecedente de las últimas derrotas sobre sus espaldas, se alejó del discurso opositor impregnado de moralina electoral y se puso a bucear en el pantano.
De a poco, sus históricos socios fueron pasando del asombro y el “qué dirán” a aceptar las nuevas reglas impuestas, encandilados frente a los destellos multicolores de encuestas favorables. En rigor, el radical se paró ante todos enarbolando un discurso pragmático y necesario -según dijo- para erradicar el mal endémico del alperovichismo. Así, dejó a un costado a los sectores independientes que a priori lo acompañan para abocarse a minar la estructura territorial alperovichista. Según entiende, esos votos seguirán estando de su lado aún a pesar de su nuevo ropaje, por eso está enfocado en llegar a otro mercado electoral. Eso es lo que les advirtió la semana pasada a emisarios del macrismo en Tucumán, y a sus propios correligionarios. Ante el funcionario porteño Marcos Peña, Cano se refirió en duros términos sobre el legislador Alberto Colombres Garmendia, a quien reprochó ser de alguna manera funcional al alperovichismo y le advirtió que -de seguir con esa postura-, podría quedarse sin acople. El único parlamentario del PRO había encabezado en las últimas semanas la pulseada de los macristas tucumanos para reclamar mayor protagonismo en el armado opositor. Este grupo sostiene que el operador Pablo Walter regaló muchos espacios al radicalismo y al amayismo, y que no hizo valer sus derechos. En el tintero, por ejemplo, quedaron las postulaciones truncas a intendente en Yerba Buena y en la Capital. Luego, el viernes, en una reunión con todos los representantes del ya subsumido Acuerdo Cívico y Social, el candidato a gobernador pidió mayor militancia y trabajo. Cano admitió, así, lo que sus socios peronistas le vienen susurrando desde hace un par de semanas: el peor error que pueden cometer es sentarse sobre los sondeos de imagen favorable y esperar a que se cuenten los votos.
La conclusión de esta campaña entre rivales que utilizan las mismas mañas es la escasez de propuestas. El alperovichismo se apoya en su gestión para mostrar qué ofrece y el canismo lanza algunas ideas aisladas y rimbombantes para decir que hará lo que no hizo el oficialismo en estos 12 años, olvidándose que entre sus filas hay funcionarios con responsabilidades públicas durante este período. Por ejemplo, la reducción del gasto legislativo para la construcción del dique Potrero de las Tablas: hoy, el radicalismo tiene cuatro parlamentarios y el amayismo otros dos. Ninguno pidió una reducción del presupuesto parlamentario en estos años ni mostró esmero por reclamar publicidad a los misteriosos fondos que administra la Cámara. Es que, en campaña, lo único que no vale es mirarse al espejo.
Consciente de sus limitaciones, el alperovichismo tendió en toda la provincia una red de contención dirigencial. Levantó una cerca olímpica en cada pueblo y ciudad para presumir de su poderío y mostrarse fuerte ante las debilidades que todos observan. Así, la candidatura de Juan Manzur será empujada como en un scrum por unos 50 partidos provinciales y centenares de municipales. Dicho de otra manera, allí en donde antes crecía una flor el oficialismo sembró candidatos para, al menos en apariencia, mostrarse apabullante. Algo similar al show montado el 9 de Julio: ¿cuántas de esas 40.000 personas que asistieron al Hipódromo para despedir a Cristina Kirchner y a Alperovich no tienen ya definido cómo votarán el 23 de agosto? En cuanto a productividad, el resultado de semejante movilización de la Casa de Gobierno puede ser bajo. Lo que en realidad pretendió el alperovichismo es mostrarse vivo frente al vaticinio de fin de ciclo. El problema de cuando se hace mucho bulto es que al final se termina a los empujones, y esa es una realidad que se ajusta a lo que vive el Poder Ejecutivo por estas horas. Son tantos los postulantes inventados en cada municipio que para sobresalir tienen que pelearse entre ellos y decirse las barbaridades que se vienen escuchando: aprietes a votantes y hasta pases de factura sobre corrupción y narcotráfico. Pero el Gobierno ya tiene asumido que esos papelones son parte de los costos fijos que tiene toda empresa electoral, porque sabe que al final todos ellos aportarán el último domingo de agosto para la subsistencia.
Contracara
Para esta ocasión, Cano tenía la posibilidad de potenciar sus diferencias o de mimetizarse con el oficialismo. Optó por la segunda alternativa. Con el antecedente de las últimas derrotas sobre sus espaldas, se alejó del discurso opositor impregnado de moralina electoral y se puso a bucear en el pantano.
De a poco, sus históricos socios fueron pasando del asombro y el “qué dirán” a aceptar las nuevas reglas impuestas, encandilados frente a los destellos multicolores de encuestas favorables. En rigor, el radical se paró ante todos enarbolando un discurso pragmático y necesario -según dijo- para erradicar el mal endémico del alperovichismo. Así, dejó a un costado a los sectores independientes que a priori lo acompañan para abocarse a minar la estructura territorial alperovichista. Según entiende, esos votos seguirán estando de su lado aún a pesar de su nuevo ropaje, por eso está enfocado en llegar a otro mercado electoral. Eso es lo que les advirtió la semana pasada a emisarios del macrismo en Tucumán, y a sus propios correligionarios. Ante el funcionario porteño Marcos Peña, Cano se refirió en duros términos sobre el legislador Alberto Colombres Garmendia, a quien reprochó ser de alguna manera funcional al alperovichismo y le advirtió que -de seguir con esa postura-, podría quedarse sin acople. El único parlamentario del PRO había encabezado en las últimas semanas la pulseada de los macristas tucumanos para reclamar mayor protagonismo en el armado opositor. Este grupo sostiene que el operador Pablo Walter regaló muchos espacios al radicalismo y al amayismo, y que no hizo valer sus derechos. En el tintero, por ejemplo, quedaron las postulaciones truncas a intendente en Yerba Buena y en la Capital. Luego, el viernes, en una reunión con todos los representantes del ya subsumido Acuerdo Cívico y Social, el candidato a gobernador pidió mayor militancia y trabajo. Cano admitió, así, lo que sus socios peronistas le vienen susurrando desde hace un par de semanas: el peor error que pueden cometer es sentarse sobre los sondeos de imagen favorable y esperar a que se cuenten los votos.
La conclusión de esta campaña entre rivales que utilizan las mismas mañas es la escasez de propuestas. El alperovichismo se apoya en su gestión para mostrar qué ofrece y el canismo lanza algunas ideas aisladas y rimbombantes para decir que hará lo que no hizo el oficialismo en estos 12 años, olvidándose que entre sus filas hay funcionarios con responsabilidades públicas durante este período. Por ejemplo, la reducción del gasto legislativo para la construcción del dique Potrero de las Tablas: hoy, el radicalismo tiene cuatro parlamentarios y el amayismo otros dos. Ninguno pidió una reducción del presupuesto parlamentario en estos años ni mostró esmero por reclamar publicidad a los misteriosos fondos que administra la Cámara. Es que, en campaña, lo único que no vale es mirarse al espejo.








