El sol radiante acompaña este 9 de Julio, con la calidez de una temperatura que podría llegar a los 22°, según el pronóstico del tiempo. Pero nada de lo planeado en materia de festejos patrios hace prever que ese calor se transformará en color y fervor patrio en la Cuna de la Independencia.

El clima sería el ideal para una fiesta con una Presidenta y un gobernador despidiéndose de los pueblos que supieron gobernar, en medio de mensajes reflexivos y de balance. Pero en el horizonte se avizora un acto movilizado, donde los aplaudidores de los discursos oficiales serán hijos del “sándwich y la gaseosa”. ¿Será posible conocer cuántas de esas 40.000 almas que se esperan congregar hoy en el Hipódromo llegan hasta ese lugar por convicción o por vocación? Difícil que el chancho silbe, dice el dicho popular. Porque más importante que identificar esa verdad es mostrar a la jefa de Estado que el poder de movilización del alperovichismo es arrollador, y enrostrarle a la oposición que el aparato es demasiado grande para que sea derrotado.

El último 9 de Julio antes del glorioso Bicentenario de la Independencia pinta tan sombrío y alejado de lo que la fecha representa como apartada estará la sociedad “no movilizada” del exclusivo escenario hípico. Porque no cualquiera podrá acercarse a donde estarán la Presidenta y sus funcionarios ni tampoco podrán ubicarse en cualquier lugar.

El sitio elegido para la festividad patria más importante de la Argentina contempla sólo la presencia de personas que cumplan con ciertos requisitos: deben ser oficialistas, responder a alguno de los funcionarios y/o punteros designados y tendrán que acomodarse en los “corralitos” dispuestos para cada referente. Esa perfecta movilización no es precisamente un signo de independencia.

La última vez que familias enteras colmaron los festejos patrios fue en 2010, cuando los actos se realizaron frente al parque 9 de Julio. Ese día de “libertad” para llegar hasta el sitio de las celebraciones se transformó en una catarata de caricias para Néstor y Cristina, que prolongaron su estadía en Tucumán, extasiados por el cariño ciudadano.

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El último de sus discursos como Presidenta un 9 de Julio encontrará a Cristina en medio de una pelea electoral incómoda, porque debió resignarse a ungir a Daniel Scioli como su candidato, porque recibió las derrotas en ocho de los 12 distritos en los que se disputaron elecciones y porque trajina con la incertidumbre respecto de si Carlos Zannini podrá garantizarle continuidad al modelo K. Alperovich tampoco llega cómodo a su despedida como actor principal de los festejos por la Independencia. Nunca jamás esperó arrimarse al epílogo de su gestión con tan poco poder. La alianza opositora se le plantó de igual a igual y su apellido no estará en ninguna boleta provincial.

Por ello se esperan discursos políticos de ambos mandatarios. La consigna será la de instar a proteger lo que se hizo, mejorar lo que no y ampliar lo conseguido.

También se aguarda que la Presidenta formule algunos anuncios, con destino electoral: los más optimistas son los empresarios y productores de la industria azucarera, que confían en que la jefa de Estado eleve el corte de alcohol en nafta, algo que podría menguar la grave crisis que atraviesan. O que al menos anuncie subsidios para los cañeros. El gobernador tucumano espera que la jefa de Estado hable del Bicentenario y de fondos para engrandecer las celebraciones. Y para poner en marcha obras públicas que generen empleo y que sean visibles para el electorado en el estratégico año de múltiples votaciones.

Se espera que todo esto suceda en una cálida siesta de 9 de Julio, con el marco de un Hipódromo colmado de dirigentes que viven a los líderes políticos que supieron administrar sus destinos durante años. Seguramente Alperovich sentirá el rigor de la nostalgia en su último discurso de la Independencia, con la incógnita sobre en qué lugar del escenario estará ubicado el año próximo. O si no podrá acercarse, porque no estará entre los invitados de la nueva lista del poder.

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