Investigar en serio

La publicación y distribución de panfletos anónimos pone en el tapete una práctica que se ha vuelto cotidiana.

20 Enero 2004
La democracia, como ideario, ha fraguado los mejores destinos e inspirado las luchas de los pueblos que buscan la paz, la igualdad y la libertad. La democracia como utopía iluminó esperanzas redentoras. Por eso, la lucha por defenderla y perfeccionarla; la voluntad por ejercerla plenamente, es un reto para quienes se proponen convertirla en realidad. Es un gran desafío que convoca la imaginación creadora. Y es que, en palabras del poeta William Blake, "la imaginación es la propia existencia humana". Sin embargo, en nuestro país, la democracia paradójicamente se ha visto asociada con la corrupción, la delincuencia, la violencia o el autoritarismo. Y, particularmente en Tucumán, la imaginación de la que hablaba Blake se ha puesto al servicio de actividades propias de épocas pasadas. La publicación y distribución de panfletos anónimos en los que se denigra la imagen de funcionarios públicos y periodistas ha vuelto a poner en el tapete una práctica que, en los últimos cinco años, se ha vuelto vergonzosamente cotidiana. No sólo porque perjudica directamente a los involucrados, sino porque pone en riesgo el estado de derecho que a la sociedad argentina le ha costado mucho conseguir. Este tipo de maniobras, que fueron calificadas por el mismo gobernador José Alperovich como "mafiosas", denigran además la tradición de un pueblo que siempre buscó la paz y la concordia. No se puede crecer como sociedad cuando hay pequeños grupos anarquistas que constantemente ponen en peligro la estabilidad política mediante acciones que rayan con la intolerancia, como lo es la distribución de panfletos agraviantes o la denigración de ciertas personas que no comulgan con sus ideas.
Eso es precisamente lo que sucedió cuando en junio de 2002 el centro tucumano se vio invadido de panfletos que agraviaban la imagen del entonces gobernador Julio Miranda. En esa oportunidad se realizó una minuciosa investigación que le costó el puesto al jefe de la Policía, pero que no fue más allá porque nunca se esclareció el hecho. Lo mismo sucedió en marzo de 2000 con las amenazas que recibió el entonces legislador Osvaldo Cirnigliaro o la intimidación que sufrieron periodistas de LA GACETA, al recibir una granada en la propia redacción. Estos hechos dejaron al descubierto una sociedad que, lejos de militar en la igualdad y en la paz social, seguía fragmentada por grupos que buscaban el caos. En todos los casos se realizaron investigaciones que nunca llegaron a puerto seguro. Jamás se descubrió a los responsables. Por eso, va siendo tiempo de que las autoridades, de una buena vez, decidan investigar hasta las últimas consecuencias. Una sociedad debe buscar la verdad para poder crecer. "La verdad los hará libres", reza el mandato evangélico.
Y, como la búsqueda de la verdad suele estar plagada de piedras y baches, las autoridades deben estar preparadas para remar contra la corriente. Como le pasó al gobierno estadounidense cuando investigó los delitos cometidos por el famoso y legendario Al Capone. Considerado uno de los más grandes mafiosos de la historia, Capone era escurridizo para las autoridades y, paradójicamente acabó en Alcatraz no por los asesinatos que cometió, sino por el para nosotros cotidiano delito de evasión fiscal. En este caso, la historia demuestra que las autoridades deben tener decisión para investigar e imaginación para resolver tramas delictivas complejas o teñidas de intereses políticos. En Tucumán, hay muchas cosas que permanecen ocultas detrás de estos incidentes.
Descubrirlas es una de las asignaturas pendientes.

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