Un ídolo es un referente, una personalidad magnética y aglutinante, un ejemplo para admirar y un espejo para mirarse. Los cordobeses tienen a José Meolans; los rionegrinos a Javier Correa y los marplatenses a los hermanos Curuchet. Y así puede seguir la lista, recorriendo casi todos los rincones de nuestra patria deportiva. Es una pena que no podamos incluir a Tucumán en ese paseo.
En esta tierra que alumbró a Nasif Estéfano y coronó a Ricardo Julio Villa -a punto tal que los hinchas le decían Dios- nos está faltando una de esas figuras que marcan una época y provocan un cimbronazo con su sola presencia.
Claro que estrellas de tal magnitud no surgen por generación espontánea. Son el producto del trabajo y de la inversión -de ideas y de dinero-. Córdoba nos lleva años luz de ventaja. Salta, para no ir tan lejos, apuesta desde hace años a un plan de desarrollo integral. Erigió una magnífica infraestructura deportiva y ya tiene la base de la pirámide armada sobre sólidos cimientos. Sólo es cuestión de tiempo hasta que aparezca un fenómeno.
Aquí, la situación es distinta. Vale considerar algunos casos:
Los memoriosos apuntan que, en otros tiempos, los futbolistas tucumanos emigraban en forma masiva para jugar en Primera división. Los clubes grandes de la AFA se llevaban equipos enteros, y no es una exageración. Con el correr de los años, el semillero fue perdiendo cantidad y calidad. ¿Cómo podemos soñar con una fábrica de cracks en Atlético y en San Martín, cuando ambos están abrumados por sendas convocatorias de acreedores? ¿Y el resto de los clubes? Salvo honrosas excepciones, luchan por la supervivencia con una vergonzosa carencia de medios.
En la década del 80, Tucumán era una potencia rugbística y en las tribunas cantaban "la naranja es la nueva camiseta de Los Pumas". Las figuras surgían como hongos: Garretón, Santamarina, Martín Terán, los hermanos Buabse, Santiago Mesón y seguían las firmas. Quedó claro que no se aprovechó el momento, Tucumán se fue al descenso y, lo que es mucho más grave, en nuestras canchas se juega mal al rugby. ¿Cómo hacemos para recuperar el esplendor perdido?
Es muy lindo ver por televisión las carreras de TC 2000, TC, TN y Top Race. Eso sí: disfrutar esos espectáculos en vivo será imposible mientras no contemos con un autódromo acorde con el siglo XXI. ¿Quién se acuerda de nuestros pilotos, condenados a tener como escuelas a categorías zonales tecnológicamente obsoletas?
Se cuentan con los dedos de una mano los boxeadores profesionales tucumanos. Es lógico: faltan gimnasios y maestros que contengan a los chicos, los orienten, los saquen de la calle y les enseñen a alimentarse, pasos imprescindibles antes de invitarlos a subir a un ring ¿Quién puede pretender que esta sea una tierra de campeones?
Salvo que se produzca un milagro deportivo, Tucumán no formará a un atleta de primer nivel mientras no cuente con la infraestructura básica. ¿Alguien entenderá que instalar una pista de atletismo no es un gasto, sino una valiosa inversión?
¿A quién se le puede ocurrir que surgirá un nadador de excepción, si la competencia interna es prácticamente nula porque la Federación casi no tiene clubes afiliados? ¿Y a dónde se entrenarán los chicos aficionados al ciclismo, si no tenemos un velódromo?
Deben existir pocos casos de desorganización en el país similares al de la Federación Tucumana de Voley. ¡El campeonato anual de caballeros de 2003 todavía no terminó!Con semejante caldo de cultivo, la aparición de un ídolo que se ponga la camiseta de Tucumán resulta impensada. Chicos con ganas de trascender y condiciones para llegar lejos siempre hay, lo que faltan son estructuras capaces de conducirlos hacia el éxito.
Hasta ahora, las políticas de gobierno en materia deportiva han sido lamentables. Esta nueva administración tiene un lindo desafío por delante: motorizar un cambio.
18 Enero 2004 Seguir en 
Por Guillermo Monti







