Trabajo conjunto en Campo Norte

Una muestra más de las desinteligencias que pueden presentarse entre distintos organismos del Estado.

18 Enero 2004
A pedido de los turistas, las alfareras de la puna argentina suelen usar un sello para grabar su nombre al pie de sus piezas. Pero muchas veces se olvidan de firmar, o aplican el sello de la vecina, si no encuentran el propio a mano, de modo que María resulta la autora de una obra de Juanita, o viceversa. Ellas no entienden ese asunto de la gloria solitaria. No saben actuar si no es en conjunto. Dentro de su comunidad, una es todas. Fuera de la comunidad, una es ninguna. Como le sucede al diente que se cae de la boca.
De la misma manera debería entenderse el accionar de los distintos sectores que intervienen en la complicada situación que envuelve al llamado Campo Norte. Desde hace más de medio siglo, esas 29 hectáreas se han convertido en tierra de nadie gracias a las históricas diferencias entre el Ejército Argentino, la Nación y la Provincia. Lugar donde se realizaban las prácticas de tiro y se hacía la instrucción de los soldados en tiempos del servicio militar obligatorio, el gigantesco sector exhibe hoy el abandono propio de aquellos sitios que no tienen destino, que son una molestia más que un beneficio. Alguna vez se planificó convertir el inmenso predio en un parque, para que cumpla con su función de pulmón alternativo de la ciudad. En su momento fue desmalezado, cercado con alambres y hasta se instalaron columnas de alumbrado. Sin embargo, como tantos otros proyectos oficiales no pudo ser sustentado en el tiempo y, al final, fue olvidado. Hoy, los numerosos vecinos de la zona vuelven a quejarse por el deplorable estado del predio, que no sólo exhibe malezas a diestra y siniestra, sino que también alberga todo tipo de alimañas y es un centro de descarga de desechos de distintos barrios. El predio, que está enmarcado por las calles Ecuador, Italia, Viamonte, Chile, Castelli y avenida Ejército del Norte, es también el lugar elegido por todo tipo de malvivientes, quienes aprovechan la falta de luz para cometer múltiples fechorías.
La situación es perfectamente conocida por las autoridades municipales y provinciales. Sin embargo, nada se hace para solucionar el problema, ya que la Provincia y el Ejército están enfrentados en un litigio judicial por los predios que alguna vez albergaron al ex Regimiento 19 de Infantería. La fuerza militar promovió un juicio de desalojo en 1995 por incumplimiento del convenio (construcción de 40 viviendas) y por falta de pago de regalías. En mayo de 2000 la Corte Suprema de Justicia de la Nación dispuso la concreción de la medida, que aún no se efectivizó. El Poder Ejecutivo contrarrestó la iniciativa del Ejército a través del decreto 815/1, por el que reasumió la titularidad de los terrenos que había donado al Ejército en 1907.
Inmediatamente radicó una demanda por daños y perjuicios contra el Ejército avivando un enfrentamiento que aún no tiene definición. Mientras tanto, los vecinos deben soportar el abandono y el acecho de enfermedades y delincuentes sin poder defenderse.
¿Cuál es entonces la salida? La pregunta es más que obvia. Lo primero es cumplir con las obligaciones del Estado. Es decir, atender las necesidades del pueblo, en este caso, los vecinos. Pero el Estado es uno solo y, por lo tanto, debería actuar en consecuencia.
En este caso particular, mientras se dirime en la Justicia el destino final de estas tierras olvidadas, tanto el Gobierno provincial como el municipal y también el Ejército deberían ponerse de acuerdo para llevar una solución concreta a los vecinos, quienes también podrían sumarse en la cruzada. Es el trabajo conjunto el que define a una comunidad.
Como en el caso de las alfareras de la puna, la acción de uno redunda en beneficio de todos. Por el contrario, el trabajo en solitario y, peor aún, el enfrentamiento, sólo terminan fracturando aún más a la ya debilitada sociedad.

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