El folclore, como género de raíz, tuvo en Atahualpa Yupanqui a un exponente tan cabal y gigantesco, que su obra, enclavada en la inmensidad de la pampa argentina, saltó los límites del país y nutrió de silencios y testimonios al ancho universo de la canción popular.
Con la guitarra sin adornos y la poesía en un estado de salvaje belleza, Yupanqui retrató profundamente su hábitat y cumplió a pie juntillas con el mandato de pintar su aldea y, desde ella, reflejar un mundo atravesado por el dolor.
Los escritos de don Ata -en unas 1200 composiciones y media docena de libros- abordan la insignificancia del hombre ante el vasto mundo, ante el paso del tiempo, ante la acechanza de la soledad.
En la amplia producción artística del creador se cuentan zambas, canciones, milongas, chacareras, vidalas y estilos que constituyen una sólida columna vertebral para cualquier antología del arte criollo.
No hay modo de descubrir en qué sitio de su cancionero comienza la postal de su tierra y dónde se proyecta la crítica contra el orden injusto, porque cada sonido, cada palabra, conforma un todo que va más allá de esos caracteres y, en cambio, se abisma en las profundidades del alma humana.
Esta suma de valores y compromisos siempre latentes en el ideario yupanquiano constituye un valor atemporal pero también una pesada carga para quienes no estén a la altura de tan contundente propuesta.
A una década de su muerte, la obra de Atahualpa Yupanqui resulta un legado que, olvidado o minimizado por la oscuridad que impera en torno a la construcción de una cultura genuina y popular, brilla con la esperanzadora fuerza de saberse fuente capaz de alumbrar tiempos mejores. (TELAM)
Con la guitarra sin adornos y la poesía en un estado de salvaje belleza, Yupanqui retrató profundamente su hábitat y cumplió a pie juntillas con el mandato de pintar su aldea y, desde ella, reflejar un mundo atravesado por el dolor.
Los escritos de don Ata -en unas 1200 composiciones y media docena de libros- abordan la insignificancia del hombre ante el vasto mundo, ante el paso del tiempo, ante la acechanza de la soledad.
En la amplia producción artística del creador se cuentan zambas, canciones, milongas, chacareras, vidalas y estilos que constituyen una sólida columna vertebral para cualquier antología del arte criollo.
No hay modo de descubrir en qué sitio de su cancionero comienza la postal de su tierra y dónde se proyecta la crítica contra el orden injusto, porque cada sonido, cada palabra, conforma un todo que va más allá de esos caracteres y, en cambio, se abisma en las profundidades del alma humana.
Esta suma de valores y compromisos siempre latentes en el ideario yupanquiano constituye un valor atemporal pero también una pesada carga para quienes no estén a la altura de tan contundente propuesta.
A una década de su muerte, la obra de Atahualpa Yupanqui resulta un legado que, olvidado o minimizado por la oscuridad que impera en torno a la construcción de una cultura genuina y popular, brilla con la esperanzadora fuerza de saberse fuente capaz de alumbrar tiempos mejores. (TELAM)







