Firmeza y claridad en Monterrey

Kirchner tuvo la oportunidad de superar los perjuicios y aprensiones del primer tramo de su gestión.

16 Enero 2004
La Cumbre Extraordinaria de las Américas celebrada en Monterrey ha representado para nuestro país una oportunidad cabalmente aprovechada para definir un aspecto fundamental de nuestra política exterior: su inserción en la comunidad americana con una clara visión de los grandes problemas comunes, entre los que la defensa del sistema democrático tiene prioridad esencial. El presidente Kirchner tuvo en esa ocasión la oportunidad de superar los prejuicios y aprensiones que durante el primer tramo de su gestión se generaron como consecuencia de la difícil situación económica y social, y el complejo proceso de adaptación de su gobierno a la misma. "Es importante que usted deje en claro al mundo que su país no va a incumplir sus obligaciones", le señaló el presidente George W. Bush, lo que efectivamente ocurrió. De este modo, quedaron desacreditados los intermediarios que han hecho mucho daño a la Nación, en opinión del canciller Rafael Bielsa. Esa clarificación no ha implicado una renuncia a las condiciones establecidas oportunamente por el Gobierno para la renegociación de la deuda contraída mediante bonos públicos, como así tampoco a lo convenido en el acuerdo contingente con el Fondo Monetario Internacional.
El presidente Kirchner definió en ese orden el criterio aplicado frente a la deuda, según el cual, su cumplimiento está condicionado por el crecimiento sostenido del país, un principio recogido por la propia declaración de la Cumbre. La gobernabilidad democrática no sólo está vinculada a la económica, sino también a la inclusión social, sostuvo en la misma ocasión el jefe del Gobierno al fundar la posición argentina frente a las presiones que se ejercieron desde el FMI para elevar la tasa de ahorro fiscal convenida en el acuerdo. La claridad requerida al Gobierno nacional frente a un discurso político interno por momentos contradictorio mereció, inclusive, una severa autocrítica. Fue cuando Kirchner señaló en su mensaje "intentamos clausurar un ciclo histórico que culminó en la más colosal crisis moral, cultural, política, social y económica que nos arrastró hasta el fondo de un profundo abismo", pues en ese lapso histórico tuvo espacio preponderante el propio partido oficialista. La tesis que condiciona el pago de la deuda al crecimiento sostenido y que la Cumbre hizo suya es razonable, especialmente si se la observa desde la crisis social sin precedentes que en un lapso relativamente breve ha debido soportar la sociedad argentina. Pero esa tesis está a su vez condicionada por el extendido desprestigio y pérdida de confianza que impusieron tasas de interés desmesuradas para la obtención de financiamiento de los recurrentes desbordes fiscales. Es decir, que más allá del compromiso asumido a favor de un crecimiento y una economía sustentables, a los que la actual gestión ha logrado contribuir mediante una severa política fiscal, al país le queda por delante el gran esfuerzo de recuperar el prestigio perdido, mientras renegocia la deuda en condiciones muy complejas. No bastará el compromiso del Gobierno; ni siquiera la certeza de que sus políticas aplicadas a tal fin habrán de mantenerse. Se requiere su inclusión en el marco más amplio de un acuerdo consistente que asegure en el tiempo el fin de los altos riesgos. El presidente Kirchner tiene por delante la difícil gestión de convocar a los factores más representativos de la República para hacer de ese compromiso una política de Estado capaz de recuperar la seguridad jurídica y la confianza perdida por causa de esa colosal crisis moral a que fue llevada la República.

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