15 Enero 2004 Seguir en 
Llegaron las vacaciones. Y con ellas vino también el deseo de descansar para recuperar las energías que el año -otro duro año- fue consumiendo. Es una época de euforia, es cierto; pero puede ser también un tiempo para volver a las cosas que durante el año quedaron postergadas. Pero, en rigor, no todos salen de vacaciones en enero. Por distintas razones -sobre todo económicas- muchos deben seguir trabajando tanto o más que antes. Y aprovechan esa continuidad para realizar trámites o ponerse al día con sus obligaciones tributarias. Por eso mismo, resulta inexplicable que la mayoría de las reparticiones públicas haya reducido los horarios de atención. Algunas, como la Defensoría del Pueblo, la Secretaría del Interior y la Dirección de Comercio, atienden sólo por la mañana, de 8 a 13. El Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi) directamente cerró sus puertas hasta febrero y dejó una guardia permanente. Pero además de no poder realizar trámites con la soltura que corresponde, un gran número de personas encuentra a diario otro problema: sus casas están sobrevaluadas o figuran como lotes baldíos. Necesitan que la Dirección de Catastro les haga una inspección domiciliaria antes de fines de enero, cuando comenzarán a pagar los impuestos con el nuevo aumento que dispuso el Gobierno. Sin embargo, en esa repartición el 80% de los empleados está de vacaciones y hasta febrero sólo atiende una guardia para urgencias. Semejante situación no hace más que entorpecer la recaudación impositiva. Cientos de contribuyentes deben invertir todo un día (varios, en algunos casos) para realizar simples trámites, cuando en realidad los vecinos deberían encontrar el camino allanado en su afán por pagar los impuestos. Esto no hace más que desalentar, en lugar de incentivar.
En los países desarrollados, ordenados y con libertad económica, los impuestos son mayoritariamente aceptados por la comunidad como el precio que se debe pagar para financiar las erogaciones del gobierno encargado de hacer cumplir la Constitución. Pero además, estos países estimulan el desarrollo de una conciencia contributiva, no sólo a través del diseño de sistemas impositivos justos, sino también facilitando los trámites a los contribuyentes. En un país desarrollado, por ejemplo, no existen las eternas colas para pagar un gravamen y las boletas llegan a los domicilios correspondientes en tiempo y forma. Aquí, en cambio, todo sucede al revés. Es el contribuyente quien debe buscar la boleta e invertir horas para poder estar al día con sus obligaciones. Si a esto se suma la atención restringida en la mayoría de las reparticiones, las ganas de ponerse al día son completamente ignoradas. Va siendo hora, entonces, de que el Estado imponga la razón por sobre la coyuntura y promueva una profunda reforma, que permita mejorar no sólo la recaudación impositiva, sino también el cumplimiento de los ciudadanos en todas sus obligaciones. Y una de estas reformas podría ser la atención a pleno durante los meses de enero y febrero en las oficinas públicas, ya que una buena parte de la gente utiliza sus vacaciones para hacer los trámites. Hay dos frases que en estos últimos meses se han escuchado mucho. Una dice que los países no se mueren de un día para el otro y la otra, más de sello duhaldista, dice que la Argentina es un país que está condenado al éxito. La primera es cierta. La segunda, no. El éxito depende de que el Estado y la sociedad restauren la confianza y la certidumbre en las instituciones básicas: el sistema político, el sistema judicial, el sistema monetario, el sistema fiscal y el sistema financiero. Y eso sólo se conseguirá cuando disminuya la burocracia y el trabajo se vuelva efectivo.
En los países desarrollados, ordenados y con libertad económica, los impuestos son mayoritariamente aceptados por la comunidad como el precio que se debe pagar para financiar las erogaciones del gobierno encargado de hacer cumplir la Constitución. Pero además, estos países estimulan el desarrollo de una conciencia contributiva, no sólo a través del diseño de sistemas impositivos justos, sino también facilitando los trámites a los contribuyentes. En un país desarrollado, por ejemplo, no existen las eternas colas para pagar un gravamen y las boletas llegan a los domicilios correspondientes en tiempo y forma. Aquí, en cambio, todo sucede al revés. Es el contribuyente quien debe buscar la boleta e invertir horas para poder estar al día con sus obligaciones. Si a esto se suma la atención restringida en la mayoría de las reparticiones, las ganas de ponerse al día son completamente ignoradas. Va siendo hora, entonces, de que el Estado imponga la razón por sobre la coyuntura y promueva una profunda reforma, que permita mejorar no sólo la recaudación impositiva, sino también el cumplimiento de los ciudadanos en todas sus obligaciones. Y una de estas reformas podría ser la atención a pleno durante los meses de enero y febrero en las oficinas públicas, ya que una buena parte de la gente utiliza sus vacaciones para hacer los trámites. Hay dos frases que en estos últimos meses se han escuchado mucho. Una dice que los países no se mueren de un día para el otro y la otra, más de sello duhaldista, dice que la Argentina es un país que está condenado al éxito. La primera es cierta. La segunda, no. El éxito depende de que el Estado y la sociedad restauren la confianza y la certidumbre en las instituciones básicas: el sistema político, el sistema judicial, el sistema monetario, el sistema fiscal y el sistema financiero. Y eso sólo se conseguirá cuando disminuya la burocracia y el trabajo se vuelva efectivo.







