13 Enero 2004 Seguir en 
Más de un turista europeo que visita estos días el norte argentino se ha quedado sorprendido por el parque de diversiones que hace de telón de fondo de la reserva de los menhires, en El Mollar. No tienen la grandiosidad de las piedras de Stonenhenge (Inglaterra), pero ese medio centenar de piedras de granito guarda parte de la historia de 2.000 años de las culturas precolombinas. Y no deben ser "leídos" como esculturas aisladas, sino, como bien señala la directora del instituto de Arqueología de la UNT, Jorgelina García Ascárate, en el contexto más amplio de la arqueología del valle de Tafí. La secretaria de Turismo, Mercedes Paz, y su par de Cultura, Ricardo Salim, aseguran que las calesitas y la vuelta al mundo "no están" en el predio que alberga a estos documentos de data más que milenaria, sino en el terreno colindante.
En ese punto, la discusión es estéril porque el debate de fondo es cómo resolver con rigor científico -y con respeto a las comunidades originarias de la región- una situación que ya viene "mal parida" desde que los menhires fueron sacados de sus emplazamientos originarios, fuera por acciones aisladas de vandalismo, o por la decisión del gobierno de Antonio Domingo Bussi de agruparlos en la Loma de La Angostura, en una suerte de parque arqueológico, en 1977.
Hace dos años, cuando una comisión mixta de la Provincia y de geólogos de la UNT decidieron trasladar a su actual emplazamiento de La Sala alrededor de 50 piedras -otra vez, una decisión tan artificiosa como la primera- el investigador Alfredo Bolsi opinó: "consideremos que estamos trabajando sobre un error irreparable, pero el Gobierno tendría que aprovechar la capacidad de los investigadores locales y encarar un proyecto de investigación sobre la cultura Tafí, de la cual los menhires son parte".
Pasaron dos años y, en general, y a excepción de turistas sorprendidos y de las personas más involucradas en el proyecto de traslado de las piedras, no parece que a los nativos de El Mollar les molesten demasiado las luces de neón iluminando a los menhires, que hasta son usados por los lugareños como postes para atar caballos. Vale recurrir nuevamente a una reflexión de la arqueóloga Jorgelina García Ascárate: "las mejores decisiones son las consensuadas por la comunidad".
El secretario de Cultura, Ricardo Salim, dice que con técnicos de su área diseñó un megaproyecto para cobijar a los menhires. ¿Habrá consultado a la comunidad lugareña o a los expertos del Instituto de Arqueología de la UNT? Salim, como secretario de Cultura, enfrenta dos desafíos. El primero es de índole patrimonial, arquitectónico y arqueológico. Y el segundo, de corte "etnoantropológico", es más complejo: se trata de ayudar a recuperar la autoestima perdida a una comunidad más interesada en la Fiesta de la Verdura que en preservar los rastros de una cultura milenaria, y cuyos cacicazgos son terreno de disputa entre punteros políticos. Ambos son temas que piden a gritos un trabajo interdisciplinario, minucioso y a largo plazo, alejados de la perspectiva tentadora de las obras espectaculares y faraónicas, condenadas a la artificialidad, y a revivir polémicas como la no saldada discusión sobre la hostería de Quilmes.
Está claro que la pregunta sobre el futuro de los menhires remite a la pregunta sobre qué hacer con el Tucumán turístico. Por el momento, aunque duela, no resulta extraño que El Mollar aparezca en las crónicas por su parque de diversiones y por las razzias por consumo excesivo de alcohol entre menores que hizo el IPLA el fin de semana pasado. Y por el escenario que el viernes pasado cedió ante el peso de los asesores del gobernador José Alperovich, como una versión local de la maldición de Malinche, en defensa de los milenarios menhires.
En ese punto, la discusión es estéril porque el debate de fondo es cómo resolver con rigor científico -y con respeto a las comunidades originarias de la región- una situación que ya viene "mal parida" desde que los menhires fueron sacados de sus emplazamientos originarios, fuera por acciones aisladas de vandalismo, o por la decisión del gobierno de Antonio Domingo Bussi de agruparlos en la Loma de La Angostura, en una suerte de parque arqueológico, en 1977.
Hace dos años, cuando una comisión mixta de la Provincia y de geólogos de la UNT decidieron trasladar a su actual emplazamiento de La Sala alrededor de 50 piedras -otra vez, una decisión tan artificiosa como la primera- el investigador Alfredo Bolsi opinó: "consideremos que estamos trabajando sobre un error irreparable, pero el Gobierno tendría que aprovechar la capacidad de los investigadores locales y encarar un proyecto de investigación sobre la cultura Tafí, de la cual los menhires son parte".
Pasaron dos años y, en general, y a excepción de turistas sorprendidos y de las personas más involucradas en el proyecto de traslado de las piedras, no parece que a los nativos de El Mollar les molesten demasiado las luces de neón iluminando a los menhires, que hasta son usados por los lugareños como postes para atar caballos. Vale recurrir nuevamente a una reflexión de la arqueóloga Jorgelina García Ascárate: "las mejores decisiones son las consensuadas por la comunidad".
El secretario de Cultura, Ricardo Salim, dice que con técnicos de su área diseñó un megaproyecto para cobijar a los menhires. ¿Habrá consultado a la comunidad lugareña o a los expertos del Instituto de Arqueología de la UNT? Salim, como secretario de Cultura, enfrenta dos desafíos. El primero es de índole patrimonial, arquitectónico y arqueológico. Y el segundo, de corte "etnoantropológico", es más complejo: se trata de ayudar a recuperar la autoestima perdida a una comunidad más interesada en la Fiesta de la Verdura que en preservar los rastros de una cultura milenaria, y cuyos cacicazgos son terreno de disputa entre punteros políticos. Ambos son temas que piden a gritos un trabajo interdisciplinario, minucioso y a largo plazo, alejados de la perspectiva tentadora de las obras espectaculares y faraónicas, condenadas a la artificialidad, y a revivir polémicas como la no saldada discusión sobre la hostería de Quilmes.
Está claro que la pregunta sobre el futuro de los menhires remite a la pregunta sobre qué hacer con el Tucumán turístico. Por el momento, aunque duela, no resulta extraño que El Mollar aparezca en las crónicas por su parque de diversiones y por las razzias por consumo excesivo de alcohol entre menores que hizo el IPLA el fin de semana pasado. Y por el escenario que el viernes pasado cedió ante el peso de los asesores del gobernador José Alperovich, como una versión local de la maldición de Malinche, en defensa de los milenarios menhires.







