06 Enero 2004 Seguir en 
La sensación de inseguridad que desvela a la mayoría de los tucumanos y que pesa como una de las grandes deudas del Gobierno local, no es sólo una simple percepción colectiva. Las estadísticas revelan que el incremento de hechos delictivos contra las personas y las propiedades es un hecho casi cotidiano. Tales son los casos de los robos de motos, los arrebatos y, últimamente, con el inicio de las vacaciones, el robo a viviendas. El Gobierno admite que contra este tipo de delitos se puede hacer muy poco. Pero, en rigor, la falta de efectivos capacitados y la ausencia de una política de prevención clara conspiran contra el buen vivir de los tucumanos. La idea de las autoridades de implementar distintos planes para intentar combatir este tipo de ataques es muy positiva, porque quiere decir que el Gobierno reconoce que existe un problema. Durante años, los funcionarios se resistieron a admitir el fenómeno. Entre las razones más obvias se destaca el hecho de que para un funcionario es escasamente rentable, en términos políticos inmediatos, reconocer que algo funciona mal en su área. Salvo que sepa cómo solucionarlo, que tenga las herramientas para hacerlo y que, además, esté dispuesto a intentarlo. A juzgar por el desarrollo de los hechos, ninguna de estas condiciones se daba en las administraciones anteriores porque, de lo contrario, otra sería la realidad. Pero, dejando de lado la impericia o el desconocimiento, por ser materia opinable, y ya abordado el factor del costo político, conviene analizar las causas que llevaron a que la inseguridad sea hoy para el Gobierno uno de los grandes dolores de cabeza. La sensación de ineficacia policial en la materia es uno de los argumentos más esgrimidos. Esto se debe a que, en la calle, la cantidad de policías es aún muy baja en relación con la gran cantidad de delitos que se produce. Pero, además, los efectivos que se incorporaron a la fuerza no tienen aún la capacitación adecuada como para realizar eficazmente una tarea de contralor del delito. Así las cosas, la adecuada preparación de los policías es una de las asignaturas pendientes.
Pero, como sucede con las mamushkas, las famosas muñecas rusas, siempre dentro de cada problema que se ataque aparece otro. Aunque, en el caso de la seguridad, no siempre el que está oculto es el de menor envergadura. Los expertos relacionan este incomparable incremento de la violencia y su secuela, la inseguridad, a factores que tienen que ver con la marginación y la falta de oportunidades; con la caída de pautas culturales que hasta no hace muchos años eran observadas por la mayor parte de la población; con la anomia que aflige a los estamentos del poder en el país, que ni cumplen con la ley, ni son capaces de hacerla cumplir, y la asunción de que el curso de las cosas es inevitable e invariable. La realidad que indica la estrecha relación entre el aumento del delito y el de la desocupación o subocupación en la última década debe ser atendida sin que ello lleve a cometer la suprema injusticia de presumir que todos los pobres son delincuentes. Gracias a Dios que eso no es así, porque con la mitad de la población del país en condiciones de pobreza otras cosas se verían en esta tierra, si tantos millones de marginados se dedicaran a vivir de lo ajeno o a tomar venganza por su miseria en los demás. Implementar planes para combatir el delito, elaborar mapas para marcar las zonas más conflictivas y aumentar la cantidad de efectivos en la calle son pasos fundamentales que, sin embargo, no podrán sostenerse si no existe una política clara en materia de seguridad. Esta sigue siendo, en definitiva, la gran deuda que el Gobierno tiene con los tucumanos.
Pero, como sucede con las mamushkas, las famosas muñecas rusas, siempre dentro de cada problema que se ataque aparece otro. Aunque, en el caso de la seguridad, no siempre el que está oculto es el de menor envergadura. Los expertos relacionan este incomparable incremento de la violencia y su secuela, la inseguridad, a factores que tienen que ver con la marginación y la falta de oportunidades; con la caída de pautas culturales que hasta no hace muchos años eran observadas por la mayor parte de la población; con la anomia que aflige a los estamentos del poder en el país, que ni cumplen con la ley, ni son capaces de hacerla cumplir, y la asunción de que el curso de las cosas es inevitable e invariable. La realidad que indica la estrecha relación entre el aumento del delito y el de la desocupación o subocupación en la última década debe ser atendida sin que ello lleve a cometer la suprema injusticia de presumir que todos los pobres son delincuentes. Gracias a Dios que eso no es así, porque con la mitad de la población del país en condiciones de pobreza otras cosas se verían en esta tierra, si tantos millones de marginados se dedicaran a vivir de lo ajeno o a tomar venganza por su miseria en los demás. Implementar planes para combatir el delito, elaborar mapas para marcar las zonas más conflictivas y aumentar la cantidad de efectivos en la calle son pasos fundamentales que, sin embargo, no podrán sostenerse si no existe una política clara en materia de seguridad. Esta sigue siendo, en definitiva, la gran deuda que el Gobierno tiene con los tucumanos.







