BUENOS AIRES.- Argentina terminó 2003 y empezó 2004 consignada mundialmente en el mismo grupo que Parmalat y Enron, miembros del selecto club de quienes han sabido quedarse con el dinero de sus acreedores y/o accionistas. Al fin y al cabo es lo mismo: gente que le ha prestado dinero a un país o a una empresa. Estos no han respondido a la confianza depositada y distrajeron los fondos, que hoy nadie sabe dónde están, o bien están en paraísos fiscales de difícil acceso para su recupero.
En el caso argentino, el argumento de echarle la culpa de todo lo que pasó a la crisis económica de 2001 y 2002, hasta ahora ha sustituido la compulsión de hacer una seria investigación de adónde fue a parar todo ese dinero. Evidentemente, sería imposible echarles el fardo a las actuales autoridades del Poder Ejecutivo, aunque sí a las legislativas y judiciales, por no haber hecho nada para evitar esta debacle que el actual gobierno quiere saldar con una propuesta de quita del 75%, que en la práctica se eleva a más del 90%, al no pagar los intereses desde que se entró en default hace dos años.
En el caso de las citadas empresas privadas, y otras que se incorporan periódicamente al club de los escándalos financieros, es más fácil deslindar responsabilidades. Por lo menos en Parmalat, las consecuencias del relajo se traducen en cárcel para el directorio de la firma y hasta para el titular de la auditoría que le aprobaba los balances.
En el caso argentino, las consecuencias se diluyen en una interminable serie de explicaciones económicas y sociales, como que el país está saliendo de su crisis y no se deben destinar a pagar deudas financieras los recursos necesarios para atacar la pobreza y reemprender el crecimiento, cosa que se logró con buen pie a lo largo de 2003.
Pero uno encuentra, al finalizar este último año, que una parte del dinero ahorrado en no pagar la deuda se gasta en reiniciar la escalada de aumentos de sueldos a altos funcionarios públicos. Una segunda fase de la estrategia del no pago consiste en atacar y dividir a los acreedores, diciendo que algunos de ellos son buenos e inocentes y sabrán comprender la necesidad de no cobrar o cobrar a lo largo de 40 años; los otros son malvados fondos buitre que no merecen respeto. Pero por más que se los seccione en infinitos pedazos, el hecho sigue siendo el mismo: a una considerable parte de los acreedores, que significan dos terceras partes de la deuda, no se les pagará o se les pagará en dilatadísimos plazos. El resto, representado por organismos internacionales con los que se quiere quedar bien, será pagado religiosamente. La disimilitud de trato abre la cuña para sospechar que existen otras motivaciones y ese es el argumento que repicará en los oídos de los jueces extranjeros cuando llegue la hora, ya no muy lejana, de decidir embargos sobre bienes argentinos en el exterior. Esto no es contradictorio, basta reconocer que como consecuencia de decisiones tomadas al comienzo del gobierno de Eduardo Duhalde, y la continuidad que tuvo la gestión de Roberto Lavagna con Kirchner, el país se recuperó francamente y hoy está en mejores condiciones para aguantar el severo chubasco que puede sobrevenir por el problema de la deuda pública en 2004, 2005 y años subsiguientes. O sea que lo que ha rendido frutos es un devaluacionismo bien administrado y dosificado, que si se hubiera llevado a un extremo hubiera provocado un colapso interno y dado prosperidad solamente a industrias exportadoras, en medio de un mar de miseria.
Evolución cambiaria
Vale la pena examinar la evolución cambiaria de 2003 para explicar estas compensaciones. Entre los elementos que definieron la coyuntura en 2003, el que resultó más llamativo fue la caída del tipo de cambio peso-dólar en un 12,7%, ya que empezó el año en el nivel más alto: $ 3,40, y lo terminó en $ 2,96, no sin pasar por su punto más crítico a mediados de mayo cuando bajó a $ 2,78 y las proyecciones apuntaban a 2,20 o a 2 pesos. Fue en ese momento cuando el Gobierno de Kirchner decidió apuntalarlo para que se estabilizara en un nivel de 3 pesos. Forzó así un nivel de compras de divisas por parte del Banco Central que finalmente no se tradujo en inflación sino que efectivamente mejoró la liquidez transaccional. Así se cumplió a lo largo del resto del año, y fue visible el esfuerzo de Lavagna para vencer la resistencia del titular del Banco Central, Alfonso Prat Gay.
La espectacular escalada del euro cambió el tablero. En dólares, el euro empezó 2003 a 1,03 dólares por euro y lo terminó a 1,26, con una revalorización del 23%. En pesos empezó el año a 3,50 y lo terminó a 3,76, con un incremento del 7,5 %. Puede ser que al dólar le tome todo 2004 y parte de 2005 recuperarse, pero en el ínterin, la economía mundial seguirá progresando y las exportaciones argentinas se acomodarán al tren expansivo, aunque están subiendo seis veces más rápido las importaciones. (DyN)







