El gran desafío de un gobierno en una sociedad en crisis es dominar la dura realidad y transformarla. José Alperovich lo sabe. "Mañana mismo me verán tomar decisiones drásticas", dijo apenas asumió. Y lo hizo. Aceleró el tranco para mover el paquidermo sorprendido de la administración pública y en poco más de dos meses obtuvo buenos dividendos: dio vuelta la postal que hacía ver a esta provincia como la tierra de la desnutrición y lanzó el concepto de que Tucumán no es un lugar sino una idea clara de una sociedad a construir.
Pero los desnutridos y las circunstancias que los llevaron a ese estado no se cambian tan fácilmente como la imagen de un gobierno. Las diferencias entre el perfil bajo y negociador del ex gobernador Julio Miranda y el rol dinámico y agresivo de Alperovich son evidentes; sin embargo, eso no implica que la realidad haya cambiado, y por eso la ansiedad consume al nuevo mandatario. Quiere cambiar todo ya, buscó un equipo medianamente ejecutivo para lograrlo, y cuando encuentra trabas las enfrenta con agresividad. Hace suya la postura del Príncipe de Maquiavelo, para quien el éxito de un soberano radica en tomarles el pulso a las situaciones, valorarlas y cambiarlas a partir de su misma dinámica.
Así, tiene criterio cambiante según las circunstancias. Por ejemplo, no cree que instituciones como el Colegio de Abogados, la Corte Suprema o la UNT tengan capacidad para seleccionar con sensatez y transparencia a los candidatos a jueces. Dice que son corporaciones y propone al Poder Ejecutivo (él mismo) como el que garantiza la transparencia. En cambio, con un criterio totalmente opuesto, cree en el Colegio Médico como institución capaz de combatir la lacra del plus médico, lacra que muchos médicos integrantes de ese colegio justificaron desde que comenzó la crisis de la salud en los años 80. Claro que nadie critica su propuesta para eliminar el plus médico. En este caso, Maquiavelo diría que las instituciones sirven o no, según la conveniencia política del gobernante, sin discutir si sus intenciones son buenas o malas.
Miranda encaraba la realidad y las críticas de otra manera: se quedaba callado y era capaz de dar marcha atrás si veía que sus decisiones podían afectar su imagen. Sus funcionarios daban la cara para recibir críticas y cachetazos. Dio marcha atrás varias veces y en ese bamboleo creó engendros como la educación partida y generó escándalos como el de la reforma de la Constitución. Pero hay que destacar que mientras él se quedaba callado, había gente en las sombras que panfleteaba y juntaba huestes capaces de ir a escrachar a quienes juzgaba como enemigos.
Alperovich y su gobierno son muy distintos. El va de frente. Habla mucho y de todo, y es capaz de gritar cuando hace falta. Sus funcionarios, en general, se quedan callados y dejan que él defienda su proyecto. Es tan personalista que habla de Tucumán como "su" provincia y de los tucumanos como "su" gente. Por ello a él los comentarios adversos le dejan heridas, a diferencia de Miranda, a quien las críticas más feroces parecían no hacerle mella.
Ayer la ansiedad le ganó a Alperovich. "Soy el gobernador de 1,6 millón de tucumanos. Todos creen que me hacen daño jugándome en contra. Si le va mal al gobernador les va a ir mal a los tucumanos", se quejó. Otra es la postura de su delfín municipal, Domingo Amaya, quien pide críticas para enfrentar la realidad y domar un municipio descontrolado.
El mandatario parece haber llegado a un punto de inflexión. Decidido a defender a fondo su plan, olvida que asumir solo todos los disgustos y todos los proyectos puede afectarlo en lo personal; y también, que ningún gobierno puede construir una sociedad mejor sin críticas, porque el poder embriaga y lleva a la idea maquiavélica de que sólo el gobernante tiene la verdad.
03 Enero 2004 Seguir en 
Por Roberto Delgado







