La tormenta que ya se desató en la capital amenaza con posarse sobre el caserío. Son poco más de las 10 de la mañana del sábado y en Villa Padre Monti sólo se escucha el zumbido del ir y venir de una hamaca de la que cuelgan un puñado de niños. En la placita los bancos están vacíos y una pila de botellas de bebidas alcohólicas reposa bajo un frondoso árbol, dando testimonio de una noche agitada. Por la polvorienta calle principal, un verdulero ambulante ofrece sus productos frescos desde la caja de su camioneta mientras charla con un par de vecinos, visiblemente apurado por la amenaza de lluvia.
De repente, un rugido se escucha desde unos 200 metros y el silencio mañanero se transforma en alboroto por la llegada de un ómnibus. Las puertas de las casas se abren para que niños, mujeres y hombres corran hacia la esquina al encuentro del colectivo, ya detenido frente a una fuente que luce recién pintada pero de la que no brota ni una gota de agua. El chofer abre la puerta y la gente se agolpa, aunque no baja nadie. El ómnibus está vacío, y los vecinos de esta comuna del noreste tucumano igualmente vuelven sonrientes a sus hogares. Cada uno lleva en sus manos un ejemplar de LA GACETA que van pispeando con curiosidad durante la caminata de regreso.
La puerta delantera del viejo ómnibus se cierra y el chofer parte presuroso por el camino que lleva hacia Río Nío, como escapando de la lluvia que le pisa los talones. La secuencia se repite más arriba, donde frena en una curva para que una señora y un niño crucen la ruta y reciban un puñado de diarios. Esta vez no hizo falta abrir la puerta: desde la ventanilla, el conductor sacó los ejemplares y se los entregó. Mi esposa me pregunta por qué me sonrojo mientras conduzco y me pide que pase al vehículo que reparte diarios, afligida por llegar a destino y huir de la tormenta que nos acecha. Le respondo que esos vecinos, ese chofer y ese paisaje del interior tucumano me habían recordado el porqué, en una mañana de sábado cualquiera, elegí ser periodista. Hace ya 20 años.
De repente, un rugido se escucha desde unos 200 metros y el silencio mañanero se transforma en alboroto por la llegada de un ómnibus. Las puertas de las casas se abren para que niños, mujeres y hombres corran hacia la esquina al encuentro del colectivo, ya detenido frente a una fuente que luce recién pintada pero de la que no brota ni una gota de agua. El chofer abre la puerta y la gente se agolpa, aunque no baja nadie. El ómnibus está vacío, y los vecinos de esta comuna del noreste tucumano igualmente vuelven sonrientes a sus hogares. Cada uno lleva en sus manos un ejemplar de LA GACETA que van pispeando con curiosidad durante la caminata de regreso.
La puerta delantera del viejo ómnibus se cierra y el chofer parte presuroso por el camino que lleva hacia Río Nío, como escapando de la lluvia que le pisa los talones. La secuencia se repite más arriba, donde frena en una curva para que una señora y un niño crucen la ruta y reciban un puñado de diarios. Esta vez no hizo falta abrir la puerta: desde la ventanilla, el conductor sacó los ejemplares y se los entregó. Mi esposa me pregunta por qué me sonrojo mientras conduzco y me pide que pase al vehículo que reparte diarios, afligida por llegar a destino y huir de la tormenta que nos acecha. Le respondo que esos vecinos, ese chofer y ese paisaje del interior tucumano me habían recordado el porqué, en una mañana de sábado cualquiera, elegí ser periodista. Hace ya 20 años.
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