29 Diciembre 2003 Seguir en 
La mañana de Navidad, en San Martín y Salta, un joven murió arrollado por dos vehículos que chocaron. El viernes, una ciclista resultó muerta cuando una ambulancia la llevó por delante, en la avenida Perón. Heridas muy graves recibió una conductora, la madrugada del sábado, en el choque ocurrido en la esquina semaforizada de San Martín y José Colombres. Son casos recientes que traen al tapete algo que consta a cualquier ciudadano. Nos referimos al hecho de que, entre nosotros, los conductores distan de actuar con la prudencia que parece lícito reclamar en una ciudad poblada por más de medio millón de habitantes, cuyo parque de vehículos de cuatro y de dos ruedas crece de modo exponencial.
Basta detenerse un momento en cualquier esquina para comprobar el ningún cuidado que se pone para guiar los vehículos, con lo cual la posibilidad de accidentes (conjugada con la conducta para nada prudente del peatón) por cierto que se multiplica. Hay un marco de riesgo permanente en la excesiva velocidad con que se maneja; en la indiferencia por las luces indicadoras de los semáforos; en las maniobras súbitas y caprichosas; en la falta de respeto por las pautas que rigen el tránsito en toda ciudad civilizada. Es conocido que las "picadas" son más que frecuentes en avenidas de la ciudad (por ejemplo Wenceslao Posse o Presidente Perón), como también que muy a menudo los conductores están alcoholizados, especialmente los fines de semana.
Frente a este cuadro, cuya amenaza para la seguridad pública no necesita subrayarse, el ciudadano se pregunta en qué momento aparecerán las medidas necesarias para colocar tan importante cuestión en el marco básico exigible en una urbe moderna. Inquieta advertir que ese paso sigue sin darse de una manera concreta y contundente, y que la imprudencia y el desgobierno de los conductores, lejos de detenerse, no hace más que crecer en la impunidad.
Sabemos que el control de la seguridad en el tránsito es una de las funciones básicas de la Municipalidad. También es sobremanera conocido que este control dista de tener la amplitud y la estrictez que debiera. Inspectores de tránsito sólo existen en el casco céntrico, y más allá de esos límites la verificación es escasa o nula. Y, en cualquier caso, ella cesa totalmente cuando anochece. Es un hecho que, por la noche, tanto en el centro como fuera de él quienes manejan automotores están al margen de cualquier supervisión de la autoridad. No hay nadie que registre, por ejemplo, el paso de un semáforo con luz roja, ni que intervenga ante el exceso de velocidad, ni que ponga límite a alguna de las mil imprudencias que son moneda corriente.
Puesto que la Municipalidad es un organismo superpoblado de personal, nos parece que debiera establecer turnos nocturnos, de manera que tenga continuidad ese contralor del tránsito que resulta imprescindible. No se puede admitir que, durante esas horas de la jornada (que son las más peligrosas y a lo largo de las cuales ocurren los más serios accidentes) no exista quien supervise el fluir de los automotores, para levantar actas de las infracciones y para detener a quienes protagonicen las más peligrosas. En este sentido, parece inexcusable el establecimiento de un aceitado sistema de cooperación con la Policía, cuya intervención resulta clave en los temas vinculados a la seguridad de las personas, como es precisamente este caso.
Debe terminar en Tucumán, repetimos, una realidad de peligro que cada día tiene nuevas y más lamentables expresiones. Todo esto requiere el diseño de una política realista y coherente en la materia, que debe implementarse en conjunto con los municipios vecinos. No debe olvidarse el negativo aporte que algunos de estos hacen actualmente, con actitudes como la libérrima concesión de registros de conductor.
Basta detenerse un momento en cualquier esquina para comprobar el ningún cuidado que se pone para guiar los vehículos, con lo cual la posibilidad de accidentes (conjugada con la conducta para nada prudente del peatón) por cierto que se multiplica. Hay un marco de riesgo permanente en la excesiva velocidad con que se maneja; en la indiferencia por las luces indicadoras de los semáforos; en las maniobras súbitas y caprichosas; en la falta de respeto por las pautas que rigen el tránsito en toda ciudad civilizada. Es conocido que las "picadas" son más que frecuentes en avenidas de la ciudad (por ejemplo Wenceslao Posse o Presidente Perón), como también que muy a menudo los conductores están alcoholizados, especialmente los fines de semana.
Frente a este cuadro, cuya amenaza para la seguridad pública no necesita subrayarse, el ciudadano se pregunta en qué momento aparecerán las medidas necesarias para colocar tan importante cuestión en el marco básico exigible en una urbe moderna. Inquieta advertir que ese paso sigue sin darse de una manera concreta y contundente, y que la imprudencia y el desgobierno de los conductores, lejos de detenerse, no hace más que crecer en la impunidad.
Sabemos que el control de la seguridad en el tránsito es una de las funciones básicas de la Municipalidad. También es sobremanera conocido que este control dista de tener la amplitud y la estrictez que debiera. Inspectores de tránsito sólo existen en el casco céntrico, y más allá de esos límites la verificación es escasa o nula. Y, en cualquier caso, ella cesa totalmente cuando anochece. Es un hecho que, por la noche, tanto en el centro como fuera de él quienes manejan automotores están al margen de cualquier supervisión de la autoridad. No hay nadie que registre, por ejemplo, el paso de un semáforo con luz roja, ni que intervenga ante el exceso de velocidad, ni que ponga límite a alguna de las mil imprudencias que son moneda corriente.
Puesto que la Municipalidad es un organismo superpoblado de personal, nos parece que debiera establecer turnos nocturnos, de manera que tenga continuidad ese contralor del tránsito que resulta imprescindible. No se puede admitir que, durante esas horas de la jornada (que son las más peligrosas y a lo largo de las cuales ocurren los más serios accidentes) no exista quien supervise el fluir de los automotores, para levantar actas de las infracciones y para detener a quienes protagonicen las más peligrosas. En este sentido, parece inexcusable el establecimiento de un aceitado sistema de cooperación con la Policía, cuya intervención resulta clave en los temas vinculados a la seguridad de las personas, como es precisamente este caso.
Debe terminar en Tucumán, repetimos, una realidad de peligro que cada día tiene nuevas y más lamentables expresiones. Todo esto requiere el diseño de una política realista y coherente en la materia, que debe implementarse en conjunto con los municipios vecinos. No debe olvidarse el negativo aporte que algunos de estos hacen actualmente, con actitudes como la libérrima concesión de registros de conductor.







