Homenaje al niño que fuimos

Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 30 Noviembre 2014
¿Cómo hizo un sano humorista para trascender tantas décadas y no perder vigencia? Sería injusto decir que Chespirito era de un pasado mejor. Sus personajes nos hicieron reír, en blanco y negro, y en colores; en los viejos televisores de tubo, y en los HD también.

Su secreto fue apelar a la inocencia, esa que -muchas veces- dejamos de lado por delirios de grandeza o por el sólo hecho de sentirnos importantes.

Cada personaje de su serie televisiva nos dejó (y aún perdura) alguna enseñanza. El Chavo, por caso, representaba la simpleza, el despojo de los lujos y el ejemplo de cómo ser feliz en la carencia. Quico, en tanto, no era más que la ilustración de nuestra soberbia consentida, de creernos que se necesita tener todo lo material para ser feliz.

Añoro el niño que fui. Y, en ocasiones, me transporto en el tiempo (no a través del DeLorean de “Volver al futuro” ni de la máquina de Viaje a las Estrellas) por el sencillo acto de ponerme en modo “aprendizaje continuo”. Es un ejercicio que nos permite mirar, como niños, en perspectiva la vida, a sorprendernos de lo que somos capaces de hacer si nos salimos de nuestra zona de confort.

No es el tiempo el que nos marca el ritmo de la vida, sino lo que hacemos y cómo lo hacemos.

Qué bonita vecindad sería si dejáramos de ser tan Quico y nos comportamos más como el Chavo, para dar al otro mucho más de lo que esperamos recibir.

En definitiva, todos estamos llamados a ser protagonistas de la serie cotidiano y no simples actores de reparto que se conforman solo con sobrevivir y no trascender. Cada uno, a su modo, puede dejar su pequeña gran obra.

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