BUENOS AIRES.- Todo indica que Néstor Kirchner y Roberto Lavagna, el tándem K y L, prefieren pelearse con el FMI ahora para evitarse disgustos después: que el Fondo y los acreedores indignados con la Argentina, sean argentinos o extranjeros, se junten para imponer políticas de maximización del superávit fiscal y ajuste y así frenar el incipiente boom que está atravesando la economía argentina.
La actitud que están tomando K y L, de creciente dureza, subrayando que no van a aceptar presiones y que no pueden destinar más dinero del ya previsto en el Presupuesto 2004, para el pago de la deuda, indica que lo que quieren es establecer un escudo protector para resguardar esta expansión.
De paso, ambos se benefician: el Presidente políticamente reivindicando la vieja filosofía justicialista de no aceptar lazos ni condicionamientos con factores financieros internacionales y, el ministro, germinando latentes aspiraciones presidenciales aunque aún es muy prematuro.
Indices de producción industrial que crecen más del 18% en un año, de la construcción más del 40%, y una caída en la tasa de desempleo de más de 4 puntos, son indicativos de una reversión de tendencia que sin embargo es frágil en cuanto a su sustentación y continuidad.
No parece peligrar en lo que hace a 2004, cuando se auguran índices de crecimiento cercanos a los de 2003, pero de 2005 en adelante no hay ninguna certeza. Ninguno de los economistas destacados se atreve a hacer un pronóstico, dado que son demasiados los factores aleatorios que entran en juego.
El no querer aceptar la exigencia de un superávit fiscal primario mayor que el 3% del PBI es la contrapartida a confesar que si hay un crecimiento extra, porque la respuesta de los mercados es superior a la esperada, porque hay propensión de los empresarios a invertir y de los consumidores a consumir dentro del país, ese dinero adicional se destinará a apuntalar el nuevo modelo, lubricarlo con financiamiento, lanzar más obra pública, y no a servicio de intereses.
Ingresos genuinos
Por otro lado, el Gobierno tiene ahora las herramientas que necesitaba para garantizarse ingresos fiscales genuinos a través de las normas del paquete antievasión, que se terminó de aprobar y que agrega una nueva batería de figuras penales para castigar la evasión y la paraevasión; entre ellas, la asociación ilícita tributaria y el partícipe necesario en defraudación fiscal.
La solución para encauzar a los monotributistas procura que se integren al sistema desde sus segmentos más bajos. Incluso, cartoneros que juntan y venden su material y necesitan obra social y jubilación igual que toda otra persona, podrán encuadrarse en la figura del contribuyente eventual que es una sentida aspiración para terminar con la informalidad y la marginalidad social.
El factor que puede demorar o frustrar esta recuperación sería una percepción de la ciudadanía que la corrupción continúa hoy en día, pero contrastado con la imagen que activamente siembra el Gobierno de que la corrupción es cosa del pasado, principalmente del gobierno de Carlos Menem, a lo que se agrega ahora la del gobierno de Fernando de la Rúa a través de las coimas en el Senado. Mientras que lo que se está haciendo ahora es supertransparente.
Posición sólida
De esa manera, el Gobierno va hilando una posición sólida. En lo interno, baste ver la forma como maniobró para dividir los frentes empresario y piquetero para crear, en ambos casos, fracciones a su favor. En lo externo, basado en la explotación de conflictos que, tarde o temprano, iban a surgir, como el del FMI y los acreedores, también en su favor.
En realidad, si se mira desapasionadamente, lo que está haciendo el Gobierno es el equivalente de las políticas de los dos principales países europeos, Francia y Alemania, que no aceptaron que la Unión Europea les imponga un corset del 3% de déficit fiscal según las reglas de Maastricht porque necesitan estimular su demanda interna y la creación de empleos.
Ellos necesitan gastar más y no menos, sobre todo porque tienen que manejarse con una moneda euro superfortalecida que les significa graves dificultades en sus exportaciones.
Como también se explica el expansionismo del presidente George W. Bush, quien no solamente tiene un déficit del 6% del PBI, y rechaza disminuirlo, sino además que no le importa la caída del dólar porque sabe que cuanto más caiga, mejor desempeño tendrán las exportaciones norteamericanas y más se encarecerán las importaciones, generando puestos de trabajo que son muy necesarios en EE.UU. (DyN)







