Velan las armas para marzo

Castells se fue y pasó el 20 de diciembre sin tensiones que compliquen al gobierno de Alperovich.

21 Diciembre 2003
Por Carlos Abrehu

El tan temido 20 de diciembre pasó sin repetir el desenlace de 2001. La hecatombe aliancista, que alcanzó su punto máximo con la renuncia de Fernando de la Rúa, fue un fantasma que reapareció al filo de 2003.
El mejoramiento del panorama socioeconómico sólo benefició a las actividades industriales y agrícolas que prosperaron con la formidable devaluación duhaldista. Los sectores con ingresos fijos -salarios y jubilaciones- y el mercado interno pagaron los platos rotos del desbarajuste. El colosal aumento del desempleo forzó la aparición de los planes Jefes y Jefas de Hogar, cuyo manejo generó una fuente de poder objetiva y situaciones de corrupción.La emergencia de organizaciones que canalizaron el malestar de los desempleados en desmedro del sindicalismo tradicional de cuño peronista signó la nueva etapa, que rebasó los límites de la transferencia del gobierno del duhaldismo a Néstor Kirchner. Los piqueteros entraron en escena y están lejos de abandonarla porque no variaron las condiciones de la economía.
Esos nuevos actores políticos condicionaron el despliegue de los gobernantes, con sus permanentes marchas y exigencias de subsidios y de bolsones de mercaderías. La administración mirandista atendió el problema de la presión social con concesiones a las corrientes piqueteras. No quiso activar los focos de tensión en el crucial año 2003, en el que se escalonaron tres elecciones cruciales para el partido gobernante.
El asunto de fondo, que no es otro que el de la creación de fuentes de trabajo, permaneció sin resolverse, y se transfirió a la nueva conducción de la maquinaria estatal.

Prueba de fuego
José Alperovich prometió diferenciarse de su padrino Julio Miranda en la aplicación de las distintas políticas. El bonaerense Raúl Castells, jefe del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), se erigió inopinadamente en el protagonista de la primera prueba de fuego.
El MIDJ es una de las piezas del ala dura del movimiento piquetero, que no contemporiza con el kirchnerismo. La vuelta de Castells en la semana más políticamente caliente de diciembre, en el país, puso en guardia a la Casa de Gobierno. Desde que el MIJD cortó la ruta nacional 38, la preocupación ganó a la Casa de Gobierno, que sabía que no podría reprimir, porque Kirchner trazó un límite infranqueable. Persuasión y no palos, dice la receta del santacruceño.
Así las cosas, la gestión alperovichista desarrolló una estrategia enderezada a aislar a Castells de la población local. La impaciencia de los pobladores del sur fue cercando al jefe del MIJD. El subsecretario de Gobierno, Luis Aragón, trajinó incansablemente por la zona con un mensaje intransigente para las pretensiones de Castells. "Tucumán va a arder", prometió el bonaerense. Este no imaginó que Fotia, Feia, Uatre y otros gremios le iban a ganar la batalla por los planes interzafra.
Cuando las versiones que hablaban de intervención de la Gendarmería para despejar la ruta, y la exasperación de los habitantes de Aguilares y de Concepción crecían minuto a minuto, la inflexibilidad de Castells se derrumbó. Mandó, así, a emisarios para negociar una salida al conflicto. El ministro de Seguridad Ciudadana, Pablo Baillo, vio que acertó. De entrada había aconsejado producir el desgaste de los piqueteros con el transcurso de los días. Una jugada peligrosa, pero que rindió sus frutos.
Microemprendimientos -proyectos de programas productivos- y módulos alimentarios -la jerga burocrática llama así a los bolsones del mirandismo- conformaron la oferta de Alperovich, aceptada finalmente por los piqueteros del MIJD. El gobernador exageró que era un modelo para el país. Apagó la hoguera, pero abunda el material que es combustible.
"No le dimos dinero a Castells", aseguró Edmundo Jiménez, al igual que el 7 de noviembre pasado. El ministro político está convencido de que no debe detenerse la tarea de sinceramiento de las organizaciones que congregan a desocupados, para separar la paja del trigo.
La ida de Castells descomprimió la situación, y las marchas de la Corriente Clasista y Combativa y del Polo Obrero transcurrieron en calma. Se fue el 20 de diciembre, sin que se corporizaran los fantasmas desestabilizadores. "Todo terminó bien", dijo Baillo.

Maniobras con imágenes
La vertiginosa sucesión de hechos políticos de la semana pasada tapó algunos errores de Alperovich.
El ex senador acusó a los laboratorios medicinales de haber intentado coimearlo, en medio de la conmoción creada por las denuncias de sobornos a senadores, en la época del ex presidente De la Rúa. La corporación empresaria reclamó que se citara a Alperovich para que explicara sus dichos. El gobernador era senador cuando se discutía el proyecto de remedios genéricos en el Congreso, y se afectaban intereses de los laboratorios.
La polémica con la Facultad de Derecho de la UNT porque esta acudió a la Justicia en defensa de una víctima de la desnutrición, acabó con un pedido de disculpas que hizo a los abogados el secretario de Derechos Humanos, Bernardo Lobo Bugeau. Este transmitió el mensaje en la unidad académica.La dinámica que impuso Alperovich a su tarea está bajo observación. Desde algunos sectores de la oposición se compara la permanente movilidad de estos días con la que solía desarrollar Ramón Ortega. "Son maniobras de imágenes", advierten.
En el peronismo tradicional se observa con recelo y desconfianza los comportamientos del gobernador. Las expresiones críticas en contra de las políticas de Alperovich están incubándose, independientemente de los gestos de Miranda hacia su sucesor.
El bimestre enero-febrero pondrá una pausa en el afiebrado clima político de Tucumán. La explosión del descontento se data para marzo de 2004. En esto coinciden opositores y oficialistas sin ningún tipo de divergencias.
Ante una perspectiva de ese tipo, la Casa de Gobierno se prepara para consolidar su capital político. La disidencia mirandista piensa igual. Los choques, en política, no obstante, no están atados a ningún almanaque. Ocurren en cualquier momento.

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