La dura realidad tucumana comienza a desperezarse ante los funcionarios, mientras el gobernador José Alperovich imprime un ritmo cada vez más acelerado a su gestión. Lo desvela la idea de cambiar la imagen que dejó de Tucumán Julio Miranda, pero a cada rato surgen del pasado algunos de esos fantasmas. Uno de ellos fue la noticia de que Barbarita Flores estaba internada, desnutrida, noticia que indigestó a más de uno en el Gobierno.
Por lo bajo, alguna funcionaria sugirió que se trataba de un caso que había que estudiar desde la psicología, porque Barbarita y su familia reciben ayuda desde hace tiempo. Pero Alperovich intuyó que ese argumento era políticamente incorrecto y enfrentó el problema con el criterio de que la mejor defensa es un buen ataque. "En Tucumán tenemos 27.000 Barbaritas" y "hay que darles respuesta", dijo. Dejó sin argumentos a cualquier crítico.
Sin embargo, la velocidad de reacción del mandatario está dejando mal parados a varios de sus funcionarios, los cuales están aterrados entre las exigencias de su dinámico jefe y la esquiva realidad, que no se amolda a sus deseos. Por eso se dan circunstancias curiosas, como el hecho de que los vecinos del barrio Belgrano hayan recibido a Alperovich como a un duque y a la vez hayan dicho que no tienen diálogo con nadie del Gobierno, y que se dan maña como Dios los ayuda.
Es que los funcionarios son presas del sistema burocrático que impera en la administración pública. La familia Flores es un ejemplo: se muestran sus problemas; aparecen soluciones de ocasión que amortiguan el ruido, pero los problemas subsisten. Recibieron alimentos pero no los podían guardar porque no tenían heladera; a Barbarita le indicaron una dieta, pero no les explicaron a sus padres cómo aplicarla. Los funcionarios habían calmado su inquietud con el bolsón, sin advertir que debían aportar capacitación para sacar del pozo de la indolencia a gente que ya viene con una incultura de años de dádivas. Son políticos que creen que los pobres están acostumbrados a vivir como animales y que por eso mismo, en vez de una dieta variada que incluya carne y pollo, tienen que resignarse a comer fideos y polenta, y frutas de descarte del Mercofrut.
Esa discriminación cultural es la que favorece el clientelismo y el bolsón. Por detrás de la polvareda no se advierte que el desempleo estructural es la causa primera. Después, como un barniz, vienen la incultura y los hábitos del pobre. Es un rompecabezas arrojado al aire y que hay que rearmar, definió la asistente social Graciela Salazar.
"Los principales problemas de Tucumán son la pobreza, el desempleo y el hambre. El primer paso será articular políticas concretas, solidarias y humanitarias", dijo el flamante secretario de Derechos Humanos. Esta semana hubo tres hechos sustanciales que podrían hacer que los funcionarios abran los ojos. Un caso fue la orden judicial de internar y atender a Rosario, la nena desnutrida. El Gobierno y los médicos patalearon, pero el mensaje de la Justicia fue que se debe ir más allá de la cura superficial y afrontar el hecho de que la obligación del Estado es más profunda: no es tratar un caso de emergencia, sino actuar para evitar las emergencias.
Por otro lado, la pelea entre el secretario de Desarrollo Social, Joaquín Ferre, y la gente del comedor "Mate Cocido" (que se niega a recibir mercadería porque quiere dinero para comprar también carne y pollo, y dar una dieta variada a los niños) mostró los efectos de la cultura del bolsón. Finalmente, la situación de Barbarita hizo advertir que, a poco más de un año del estallido, algo se hizo mal, porque su familia sigue dependiente.
Mientras los funcionarios no adviertan que la culpa de la pobreza no es de los pobres, no habrá cambio posible. Primero tienen que cambiar los funcionarios su manera de ver las cosas.
13 Diciembre 2003 Seguir en 
Por Roberto Delgado







