Cerati tenía a Tucumán a sus pies

Cada visita de Cerati -con Soda o en solitario- representó un fervoroso baño de multitudes

05 Sep 2014

Era una furia. Hacía poco más de dos años que Soda Stereo había adoptado ese nombre y los estadios estallaban cuando el trío rockero subía a la cartelera. Era momento de recorrer el país. De comenzar a agitar las nuevas olas e intentar subir hasta lo más alto de ellas. Así fue como un día Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti llegaron a Tucumán. Mucho antes de recorrer las venas abiertas de América Latina, la banda que rompía todos los esquemas musicales y estéticos de la Argentina se embarcaba en un viaje hacia el norte del sur.

Fue el 25 de abril de 1986. El club Villa Luján fue el escenario de este y de los tres recitales que darían los años sucesivos. Era una banda nueva, que al menos en estas tierras convocaba principalmente a adolescentes. Había un sector preferencial y “la popu”, el campo, la más rockera de las localidades. Y fue rock. El debut de Soda en Tucumán fue rock y rebelión: los del campo no soportaron la diferencia, se les inflaban las venas de ver que hubieran otros que, nada más que por portar billeteras más pesadas, pudieran estar a pocos metros del nuevo trío que desataba la furia. “Todo comenzó cuando un grupo de exaltados cruzó la cerca olímpica invadiendo las plateas, produciendo así una serie de roces que quedaron calmados cuando el sector preferencial dejó de existir como tal, permitiendo el acceso al que quisiese”, recuerda en la edición del día siguiente el diario La Tarde. Hubo escupitajos y explosiones de pirotecnia, pero no trompadas. Todo terminó cuando empezó el momento de escuchar la música. El debut de Soda en Tucumán fue rock, con 5.000 fans que abarrotaron el estadio de la calle Don Bosco.

Soda Stereo había ya salido de las cuevas del underground porteño y se había consagrado en buena parte de América Latina. Incluso en Estados Unidos se tarareaban las letras de algunos temas como “Vitaminas” o “Signos”. En 1989 ya eran furia hacia adentro y hacia afuera del país, pero no se les pasaba por la cabeza dejar de lado las giras por el interior de Argentina.

Volvieron al club Villa Luján, esta vez en diciembre. Precisamente, el martes 19 de diciembre, esa época en la que los festejos de fin de año acaparan la agenda. Se instalaron en un hotel de calle 24 de Septiembre al 500. Si fuese hoy, seguramente lo habrían hecho frente al parque 9 de Julio o en El Abasto; ya eran “Soda” y los fans estaban dispuestos a perseguirlos a donde fueran. Claro que su séquito de patovicas estaba ahí para cuidar al trío de las canciones de oro.

Durante la conferencia de prensa previa al concierto, alguien le preguntó a Cerati si su reciente incursión por el gigante del norte los impulsaría a escribir canciones en inglés, o en otro idioma que no fuese español. El vocalista fue claro, encantador: “me pregunto por qué no puede suceder al revés, o sea que cantado en nuestro idioma conquistemos el mundo. De todos modos, la fuerza emotiva de una canción trasciende a su poesía”. Del tema del lenguaje, está claro, no se preguntó más, al menos en esa ronda. Para ese momento, Soda ya tenía cuatro discos para ofrecerle a su público tucumano.

No se hicieron esperar y al año siguiente, 1990, volvieron. Nuevamente diciembre y otra vez el club Villa Luján. Como si fuera una cábala con la que cada vez les iba mejor. Esta vez, Soda ya tenía un club de fans en Tucumán. Se llamaba “La Furia”.

La gira de ese año era para presentar su último LP, “Canción animal”. De hecho, las fechas se agrupaban bajo el nombre “Gira animal”. Desde Buenos Aires los analistas y los asesores, poco amigos de la música y más afectos a la caja registradora, le decían en el oído a Cerati que no estaban dadas la condiciones para encarar recitales fuera de Buenos Aires.

“Cuando hicimos la propuesta muchos nos dijeron que era una locura, que nadie iría por la crisis económica que atraviesa el país. Pero afortunadamente se equivocaron: ‘Gira animal’ es un éxito total”, confesó el líder en una entrevista con el diario La Tarde. También dijo, modestia aparte, que el disco que estaban presentando “llegó a la perfección”. Esa noche, a Soda le costó hacerse escuchar: era tanta la histeria de los adolescentes que los gritos llegaban a tapar a los músicos.

$ 25
El último paso de Gustavo Cerati por Tucumán fue en 2007. Él ya era un músico solista y llegó a presentar su cuarto disco de estudio como tal, “Ahí vamos”. Esta vez fue en el estadio de Central Córdoba, donde el productor Alejandro Urueña fue el encargado de acomodar los astros para cumplir con los requerimientos del músico. “Era una puesta escénica muy fuerte, soberbia. Conseguimos todo lo que pedían, porque así tenía que ser. De él recuerdo una gran humildad, claridad, responsabilidad, lucidez... Y una conexión con el público que no volví a ver”, recuerda Urueña. La entrada costaba ¡$ 25!

Subió al escenario nada menos que el 24 de marzo. Sobre la efeméride no dijo nada hasta promediar el show: en la canción “Uno entre 1.000” se refirió al inicio de la dictadura militar de 1976: “es una noche hermosa para un aniversario espantoso”, disparó. También aprovechó para lanzar un dardo en el centro del corazón local: “vamos terminando porque el Gobierno se puso ortiba y nos quiere hacer ir a dormir a las cuatro”.

Casi como una premonición, Cerati se despidió así de Tucumán, un destino al que siempre quería venir a tocar. En ese 2007 había llegado por 24 horas, pero el paisaje -sobre todo el nocturno- lo ancló tres días en nuestra “ciudad de la furia”.

Comentarios