Historias de misioneros evangélicos tucumanos en tierra africana - LA GACETA Tucumán

Historias de misioneros evangélicos tucumanos en tierra africana

01 Sep 2014

Enamorada de Jesús.- "No me enamoré de la religión sino de Jesús", es la primera respuesta de la arquitecta tucumana Marcia Manfredi, le cuenta a LA GACETA durante la espera de 16 horas en el aeropuerto Guarulhos  de San Pablo, Brasil, donde aguardamos el embarque a Johannesburgo, Sudáfrica. "Mi historia en la iglesia evangélica comenzó cuando yo estaba en segundo año de la Facultad de Arquitectura, tenía 19 años. Llegó a mis manos un folleto que leí por simple curiosidad. Explicaba como era una persona que está alejada de Dios: temor, ira, deseo de escaparse de la realidad ¡Era como si me estuviera describiendo a mí! El folleto era de la iglesia evangélica", dice, mientras su esposo, Claudio Quinteros, y el resto de los voluntarios que acompañan la misión de Angola, duermen en el piso, entre bolsos y valijas.

"Yo sufría de miedos, constantemente, miedo a morirme, a que le pasara algo a mis hermanos cuando salían de noche, todo me daba temor", se confiesa esta hija de un tucumano desaparecido durante la dictadura militar. "Tenía ocho cuando cuando se llevaron a mi padre - recuerda-. Desde entonces viví con miedo y enojo hacia los militares. Cuando Antonio Bussi fue elegido gobernador de Tucumán sentí que me clavaban un puñal en el corazón. Esa era mi realidad cuando llegó aquel folleto a mis manos", relata desparramada en el sillón del aerpuerto, con los pies en alto en un asiento y con la mirada perdida en el pasillo desolado.

"Empecé a salir con los chicos de la iglesia cristiana. Fuimos al Chaco y a Córdoba, de campamento. Comencé a experimentar el perdón de la mano de Jesús. Me pregunté qué podía hacer por los demás para compartir todo lo que Dios me daba", sonríe. En 2000 conoció a Claudio  y se casaron dos años más tarde. Viajaron a los Estados Unidos para estudiar Teología y convivieron cinco años en una comunidad latina. Marcia trabajaba con las victimas de la violencia doméstica en un refugio de Colorado.

En 2009, de vuelta en Tucumán, se inscribieron en el Registro de Adopción. A los ocho meses y 17 días Jakira Luz  llegó a sus vidas. Tenía tres años y un rostro angelical , de origen asiático. Por esas rarezas del destino, cada vez se parece más a su mamá. Jakiluz jamás se separa de sus padres, viaja con ellos a todos lados, al punto de que se ha convertido en una voluntaria más.

Práctica médica en Africa.- Andrea Imperio celebró su cumpleaños número 27 en Angola. Es tucumana y alumna de la carrera de médico en la Facultad de Medicina de la UNT.  Sólo le falta la tesis para recibirse y está haciendo la práctica en  la clínica Jesús Salva de la Iglesia Cristiana Evangélica, en Luena. Durante un año y ocho meses investigará sobre la desnutrición, para su tesis final. "Entré a la carrera con idea de servir a Dios, por eso quiero ser médica pediatra", dice la joven mientras camina por los pasillos de la clínica saludando a las madres y a sus hijos. Para cada una tiene una recomendación  o una pregunta  sobre el avance del tratamiento.

"En un futuro me gustaría  trabajar en el lugar donde Dios me indique, si fuera posible, alguno donde no haya llegado el Evangelio, porque quiero ser punta de lanza", ambiciona. Andrea es maestra en la escuela dominical de la esquina Córdoba y Salta. Durante varios años recorrió los valles predicando la Palabra de Dios. "Cuando era chica le dije a mi mamá que quería ser misionera, pero nunca más volví a hablarle de eso. El año pasado cuando decidí hacer este viaje invité a merendar a mis padres y les confesé, con mucho temor, mi deseo de venir al Africa. Para mi sorpresa, ellos respondieron con mucho cariño. 'Si este es tu deseo para tu superación personal, está muy bien' me dijo mi padre. 'No papá, lo que quiero es ir a anunciar al Señor con mi profesion", le contesté.

Sobre desnutrición, Andrea puede hacer su tesis doctoral si quiere, porque cada día se le presentan innumerables casos. "El problema de fondo aqui son los hábitos alimentarios y culturales. La base de la alimentación es el funge, una pasta de harina de maíz o mandioca y agua. No tiene ninguna vitamina. A veces lo comen con hojas verdes molidas o pescado, también lo acompañan con una salsa de porotos que llaman fenshao", cuenta. "El problema es que solo comen funge. Además, los niños no tienen prioridad en la mesa. Primero comen los adultos y cuando el alimento se acaba ¡se quedan sin comer!", remarca.

La cultura africana da mucha importancia a las abuelas, a quienes llaman mamá o mai. Cuando a los niños les duele la panza, les dan un preparado de agua con raíces que los termina intoxicando. "Llegan graves a la clinica", dice. La falta de agua es también un serio problema, que causa enfermedades y diarrea, sumado a la fiebre tifoidea, los niños mueren en pocas horas. En los baños de las casas sólo hay letrinas y la gente debe tomar agua del río, donde también se bañan y lavan la ropa. "Tenemos un programa del gobierno contra la tuberculosis y el Sida, pero aunque nos mandan los reactivos para los test, no envían los medicamentos contra la tuberculosis", agrega.

"Muchas personas me dicen que me admiran por lo que hago, pero soy como cualquier otra persona. Las cosas buenas las pone Dios en mi corazón. Y no hago las cosas para que me digan que buena que sos. Es que yo no soy nada sin Dios. Estoy aqui  -afirma- porque El, Jesús, es el único camino".

Bautismo de fuego.-  Nunca es tarde para el llamado de Dios. Al menos eso es lo piensa Berta Navarrete, una chubutense que a los 58 años inció la misión que ardía en su corazón hace mucho. Solo vino por tres meses a la clínica evangélica de Luena. En su primer dia tuvo un bautismo de fuego: vio morir a dos pacientes pequeños de la manera más horrible. "La primera experiencia fue una mamá que traía a su hija de dos años moribunda. Ella no se daba cuenta de su gravedad. Le habían dado camoma, una mamadera con leche, yuyos y naftalina que prepara el brujo de la tribu. Yo le hice masajes cardíacos y reanimación, pero no hubo caso. Falleció a las pocas horas", cuenta con un nudo en la garganta.

"El segundo paciente me dejó de cama. Era un bebé de meses. Tenía la boca manchada con algo violeta, que le había dado  de beber el hechicero. Apenas intenté quitarle ese líquido, comenzó a salirle la piel que ya tenía suelta. No podía creer que el brujo haya hecho eso con ese bebé. A la hora entró en paro y no hubo más que hacer", cierra los ojos con fuerza. "Me desgastó emocionalmente", suspira la radióloga y enfermera.

"Estoy aquí porque hace tiempo Dios me preguntó si yo estaba dispuesta a servirlo. Acepté inmediatamente, aunque no sabía dónde el Señor me necesitaba. Siempre supe que iba a ser en un lugar lejano. Al principio pensé que iría a Senegal, pero después se me cerraron las puertas hacia ese lugar y se abrieron las de Angola", relata la voluntaria que se ocupará de abrir el sector de radiología en la clínica. Cuando se dio la posibilidad de viajar era como si Dios le hubiera dicho: "tengo algo para vos".

Berta es soltera y madre adoptiva dos veces, de Facundo y de Karen. Cuando su  hijo tenía nueve años le dijo: "mami, yo sé que vos te vas a ir muy lejos a trabajar por Dios". La profecía se cumplió nueve años más tarde.

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