Raúl Alfonsín mintió. Los índices sociales salen al cruce de las afirmaciones del radical que en 1983 inauguró un nuevo y definitivo período constitucional en el país. Hace exactamente 20 años sostenía, a voz en cuello, que con la democracia se comía, se educaba y se curaba. Pero se equivocó de sueño e inició la pesadilla argentina. Como el resto de los políticos que luego gobernó el país, terminó frustrando a los que apostaron con esperanzas al sistema. Pero, atención, no falló la democracia, sino que fallaron los que tenían que hacer sentir que la democracia es el régimen de las realizaciones personales y colectivas.
Los 13,8 millones de pobres; los 5,5 millones de indigentes; la tasa de desocupación del 15%; el 4,5% de población analfabeta y más del 20 por mil de mortalidad infantil no son culpa de la democracia. Ella, en diciembre del 83, se levantó digna, convencida de que no habría más golpes en el camino y con ansias de respeto. Pero los hombres la traicionaron, por incapacidad, por ambiciones personales y por anhelo de enriquecimiento. Sólo lucieron ropaje democrático, ya que sus prácticas no fueron precisamente para garantizar el bienestar general. Con la excusa de que todo se hacía para dar trabajo, mejorar la salud, favorecer la educación y evitar la pobreza se armó un sistema debilitado en sus controles; se impusieron jueces que se sometieron al poder político y se constituyeron legislaturas donde la corrupción dijo presente.
La preocupación pasó más por disfrutar del poder que por resolver los males estructurales. Las gestiones se caracterizaron por el sometimiento institucional y por el clientelismo político en base al manejo de los recursos, en orden decreciente: Nación-Provincias y Provincia-Municipios. Hay razones sobradas para renegar, pero las culpas por los resultados de 20 años del gobierno del pueblo -o del desgobierno dirigencial- son compartidas entre electos y electores. Unos, por engañar; y otros, por dejarse convencer. Es que la democracia es aún débil para expulsar lo que la corroe. Como a los jóvenes inexpertos, a la democracia le mintieron y la sedujeron, por no decir que ultrajaron su inocencia juvenil.
Los próximos 20 años -se supone- deben ser los de la maduración, tanto de electos como de electores, para superar la etapa de las frustraciones y de los índices sociales que avergüenzan. Nadie escapa de las responsabilidades de lo que sucedió; ni aquel que prometió rosas con la democracia, ni el que miró pasivo cómo los otros hacían y deshacían. El que viene es tiempo de compromisos. Después de los 20 años nadie es inconsciente o ingenuo.
Pero en el país, las palabras y las reflexiones van por un lado, y los hechos corren por la otra vereda. El poder sigue siendo un objetivo tentador y el manejo de la cosa pública no se traduce todavía en medidas que atenúen el impacto de la crisis sobre los que menos tienen. La política se sigue mirando con desprecio y poco se hace por devolverle credibilidad para que sirva como herramienta de cambio.
Es más, pareciera que algunos se empeñan es mostrar que la actividad política es nefasta, egoísta, materialista y corrupta, como para que nadie ose acercarse. Las buenas intenciones no caminan de la mano de los que han sucumbido a las ventajas de un espacio de poder. Algunos tienen la intención de que ese sistema, montado a la sombra de la democracia y que beneficia a unos pocos, siga perpetuándose.
Pero, precisamente, las libertades que garantiza la democracia -la de gritar por los derechos propios, la de peticionar y la de elegir- serán las que obligarán a los que tienen poder de decisión a mejorar los sistemas de control y la Justicia; a brindar salud y a garantizar la educación. Seguramente, será de a poco y con mucha presión social. De abajo hacia arriba. Cuando eso ocurra, Alfonsín será rescatado para bien. Por el momento, él inició la frustración.
10 Diciembre 2003 Seguir en 
Por Juan Manuel Asis







