El invierno acostumbra replegarse con un festival arbóreo que no puede ni debe pasar inadvertido: la floración de los lapachos que engalanan Tucumán. Esta explosión de rosados, de amarillos y de blancos despide al frío subtropical con un carnaval tardío o prematuro, como si la primavera no pudiese contenerse o como si la naturaleza celebrase la sabiduría de su reloj biológico.
Los lapachos saben llevar sus “15 minutos” de protagonismo anual. Sin anticipar lo inexorable ni avisar a distraídos, los brotes se abren al unísono en una sinfonía callada que estalla victoriosamente. Entonces, los árboles crean ese otro paisaje magnético en enclaves opacos y mezquinos para proporcionar un deleite breve cuya brevedad -vale la redundancia- extasía como embelesa la visión prolongada del mar.
Este jardín aéreo y subyugante se impone por igual en la ciudad y en el campo. Una avenida de la capital se llena de guirnaldas así como nacen manchones antojadizos en el pedemonte de La Cocha. Un lapacho en estado de gracia transforma el entorno que lo hospeda porque así como la violencia llama a la violencia y la corrupción busca la corrupción, la belleza extrae lo bello incluso en el hábitat de la fealdad.
Al honrar la tradición de su reino vegetal, el lapacho manifiesta el poder de resistencia inherente a todo ser consustanciado con su ciclo vital. El destino de este árbol es anunciar el fin de la estación de las bufandas mediante un mensaje redactado con el alfabeto de las flores. ¡Quién pudiese catalizar en julio y agosto el milagro de septiembre! ¡Quién pudiese encender una calle, un parque y una montaña! ¡Quién pudiese ser lapacho para ofrendar los colores!
Los lapachos saben llevar sus “15 minutos” de protagonismo anual. Sin anticipar lo inexorable ni avisar a distraídos, los brotes se abren al unísono en una sinfonía callada que estalla victoriosamente. Entonces, los árboles crean ese otro paisaje magnético en enclaves opacos y mezquinos para proporcionar un deleite breve cuya brevedad -vale la redundancia- extasía como embelesa la visión prolongada del mar.
Este jardín aéreo y subyugante se impone por igual en la ciudad y en el campo. Una avenida de la capital se llena de guirnaldas así como nacen manchones antojadizos en el pedemonte de La Cocha. Un lapacho en estado de gracia transforma el entorno que lo hospeda porque así como la violencia llama a la violencia y la corrupción busca la corrupción, la belleza extrae lo bello incluso en el hábitat de la fealdad.
Al honrar la tradición de su reino vegetal, el lapacho manifiesta el poder de resistencia inherente a todo ser consustanciado con su ciclo vital. El destino de este árbol es anunciar el fin de la estación de las bufandas mediante un mensaje redactado con el alfabeto de las flores. ¡Quién pudiese catalizar en julio y agosto el milagro de septiembre! ¡Quién pudiese encender una calle, un parque y una montaña! ¡Quién pudiese ser lapacho para ofrendar los colores!
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