Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 08 Julio 2014
No existe mejor reflejo de nosotros mismos que nuestras palabras. Por eso, cada vez que hablamos en público exponemos parte de nuestro ser, mostramos un poco lo que somos. Martin Heidegger decía, incluso, que el hombre mismo habita en las palabras, dándole la razón a Séneca, quien siempre increpaba: “Habla para que yo te vea”.

De manera que el uso del lenguaje exige -como nos enseñan los clásicos- responsabilidad y equilibrio. Responsabilidad porque a través de las palabras nombramos la realidad que nos rodea; y equilibrio porque al nombrar esa realidad, las cosas existen... como pasa en el primer verso de las Sagradas Escrituras: Dios crea a través de la palabra. De allí la importancia de hacer un esfuerzo para lograr que aquello que sale de nuestros labios sea en realidad la iridiscencia de nuestra alma y no la oscura sombra de una cloaca olvidada. No se trata claro está de usar sólo las palabras bonitas o cultas y descartar para siempre las expresiones vulgares. ¿A quien no se le escapa de vez en cuando un insulto cuando se quema un dedo con un fósforo o tropieza dolorosamente con una baldosa floja? No. Se trata más bien de asumir que existen muchas palabras bellas que vale la pena pronunciar de vez en cuando. Y también que hay términos precisos para nombrar la realidad que nos rodea.

Sin embargo, en la Argentina, la palabra no sólo ha iniciado un vergonzoso proceso de degradación, sino que además esa degradación se ha convertido en una suerte de culto. Sí, porque -reconozcámoslo sin tapujos- en la televisión, en los discursos de los políticos y en los spots publicitacios el nivel de procacidad en el uso del idioma es ya alarmante. No sólo por el uso cotidiano de términos vulgares, sino por nuestra irremediable tendencia al uso de eufemismos para disimular los verdaderos problemas de nuestra sociedad. Un problema que no es nuevo, sino que ya había sido advertido por Jorge Luis Borges. Precisamente, en un texto titulado “La hipocresía argentina”, el autor de “El Aleph” declara: “es el culto a la imagen lo que nos ha llevado a los argentinos a una profusión de eufemismos. Un gremialista es el mote que se le otorga a ciertos matones. Un negocio turbio es un negociado y, a veces, un ilícito. Cobrar excesivamente un trabajo es hacerse valer. Un ministro es el titular de la cartera (curioso gongorismo). Y, desde hace poco, a la venta lucrativa (toda venta lo es) de obscenidades y la exhibición de desnudos se llama democracia”.

A este listado, mucho más rico en el texto original, se le puede agregar los nuevos eufemismos de la “década ganada”. Es así que, ni la presidenta ni ningún integrante de su equipo se atreve a nombrar la palabra inflación: prefieren llamarla “tensión” o “variación de precios”. Y la devaluación de la moneda es, sencillamente, un “deslizamiento cambiario”. En lugar de hablar de aumento de tarifas, en sus discursos los funcionarios aluden a la “reasignación de subsidios”. Y para referirse a la inefable fuga de capitales se ha construído un nuevo tecnicismo: la tranquila y poco entendida “tendencia inercial de reducción de reservas”. Hace tiempo que las viviendas evolutivas son ahora “soluciones habitacionales” y los candidatos testimoniales son “sintonía fina”. El viejo -y aparentemente ofensivo- Día de la Raza es ahora “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” y crisis es sinónimo de “crecimiento negativo”. Por supuesto que hay muchos más, aunque lo peor de todo es que, en el uso del lenguaje, se ha perdido completamente el norte. Pareciera que no existe voluntad de recuperar la dignidad de la palabra. Ni tampoco se hace el esfuerzo para cultivarla. Nos olvidamos que el lenguaje es también creador. Y que, como decía Mark Twain, “la diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que existe entre el rayo y la luciérnaga”.

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