LA FURIA MESSI. El delantero argentino grita su gol ante Bosnia y se saca parte de su camiseta, ayer en el Maracaná.
Tres segundos. Tres segundos de un partido que consta de 6.400 pueden cambiar la reputación de cualquier jugador en un Mundial. Para lograrlo, más vale iniciar una jugada en tres cuartos de cancha, descargar con un compañero, recibir la pelota otra vez, enganchar hacia el medio, eludir a un defensor, apuntar al único espacio posible entre las manos del arquero y el palo, patear y hacer un gol. Lionel Messi, que empieza a ser obediente con los guiones destinados a los héroes, lo cumplió al pie de la letra.
El partido del jugador de Barcelona hasta ahí, había sido mediocre. Es difícil incluir a Messi y la palabra “mediocre” en la misma oración, pero algunas pelotas perdidas y su poca participación ofensiva así lo marcaban.
El rosarino tardó 63 minutos en hacer su primer tiro al arco y vino por una situación casi obligada: un tiro libre que se fue muy desviado. El segundo, fue dentro de esa pequeña intervención artística que uno podría estar viendo una y otra vez sin erosionar la vista.
“Fue una descarga por como venia el partido y porque, más allá de que después descontaron, sirvió para que el equipo asegure los tres puntos. Y en lo personal también”, dijo después del partido Messi, que estalló los decibeles al nivel del campo con su festejo.
No era para menos. Habían pasado ocho años casi exactos de la última y única vez que había marcado un gol en Mundiales: el 16 de junio de 2006, anotó el sexto de la goleada 6-0 que le propinó a Serbia y Montenegro en Alemania y aquella vez lo gritó igual de fuerte.
“Más allá del gol hizo un partido malo”, dirán algunos; pero resulta imposible separar esa acción del análisis y del contexto. El Messi contrariado salió de su propio embrollo durante el partido, para ser el Messi liberado. “En el primer tiempo los dejamos jugar, les entregamos la pelota y solos nos fuimos metiendo un poquito atrás. El segundo fue mejor”, agregó Messi.
El crédito sigue estando: su mal inicio, así como el de Argentina, se enderezó con un buen segundo tiempo y un golazo de aquellos.
El partido del jugador de Barcelona hasta ahí, había sido mediocre. Es difícil incluir a Messi y la palabra “mediocre” en la misma oración, pero algunas pelotas perdidas y su poca participación ofensiva así lo marcaban.
El rosarino tardó 63 minutos en hacer su primer tiro al arco y vino por una situación casi obligada: un tiro libre que se fue muy desviado. El segundo, fue dentro de esa pequeña intervención artística que uno podría estar viendo una y otra vez sin erosionar la vista.
“Fue una descarga por como venia el partido y porque, más allá de que después descontaron, sirvió para que el equipo asegure los tres puntos. Y en lo personal también”, dijo después del partido Messi, que estalló los decibeles al nivel del campo con su festejo.
No era para menos. Habían pasado ocho años casi exactos de la última y única vez que había marcado un gol en Mundiales: el 16 de junio de 2006, anotó el sexto de la goleada 6-0 que le propinó a Serbia y Montenegro en Alemania y aquella vez lo gritó igual de fuerte.
“Más allá del gol hizo un partido malo”, dirán algunos; pero resulta imposible separar esa acción del análisis y del contexto. El Messi contrariado salió de su propio embrollo durante el partido, para ser el Messi liberado. “En el primer tiempo los dejamos jugar, les entregamos la pelota y solos nos fuimos metiendo un poquito atrás. El segundo fue mejor”, agregó Messi.
El crédito sigue estando: su mal inicio, así como el de Argentina, se enderezó con un buen segundo tiempo y un golazo de aquellos.
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