El ruido permanente

El Estado debe ocuparse del bienestar ciudadano y los ruidos molestos son un tema que hay que controlar.

01 Diciembre 2003
No es novedad la consecuencia negativa que los ruidos tienen sobre la psiquis de la población y sobre las condiciones en que esta desenvuelve sus actividades, desde el trabajo hasta el descanso. Evitar un impacto de esa naturaleza ha preocupado al Estado, y esa preocupación se plasmó en ordenanzas y reglamentaciones diversas que, en teoría, rigen desde hace largo tiempo.
Sin embargo, no deja de llamar la atención que, a pesar de la antigüedad que tiene aquel resguardo legal contra los "ruidos molestos", éstos continúen perturbando la vida de la comunidad, en medida para nada pequeña. Es un problema que se plantea con frecuencia en cartas de los lectores, y más de una vez le hemos dedicado comentarios críticos en esta columna.
Es sabido que, si a una familia le toca en suerte vivir en las cercanías de algún "boliche", debe resignarse, como a una maldición bíblica, a que llegue la madrugada sin que cesen la música emitida a desaforado volumen, así como los gritos, risotadas y otras manifestaciones de los concurrentes a aquellos centros de diversión. Esas mismas desmesuras sonoras mortificantes constituyen la secuela común, por otro lado, de numerosas reuniones familiares del fin de semana, cuyos responsables parecieran no tener en cuenta el derecho que asiste a su prójimo de ver respetado, razonablemente, el espacio que destina al descanso. Este también se ve perturbado, bien sabemos, por el ruido de los escapes antirreglamentarios de muchos vehículos de dos y de cuatro ruedas, cuyo paso sobresalta las noches.
Como si fuera poco, ha empezado a expandirse, por el centro de la ciudad, la modalidad de que algunas casas de comercio -cuando no simples quioscos- irradien música a volumen muy alto, buscando llamar la atención de los transeúntes. Si a esto le sumamos el resto del material sonoro colocado sobre los mesones de los vendedores callejeros que colman el centro, hay que convenir que quien circula por el área comercial debe hacerlo envuelto por una nube de agresiones ruidosas que, si se cumplieran las ordenanzas vigentes, no tendría por qué soportar.
Si tal panorama expone, sumariamente, la realidad que presenta nuestra capital, no debe olvidarse la virulencia que tales manifestaciones adquieren en las villas veraniegas, donde los locales de comercio encienden sus aparatos de música ni bien abren sus puertas y los apagan recién a la salida del sol. Las autoridades comunales parecieran considerar todo eso como un atractivo más del paraje, sin tener en cuenta la enorme cantidad de personas a quienes el ruido permanente les representa una dramática molestia.
Evidentemente, el progreso que -a pesar de los ocasionales eclipses- toda sociedad va experimentando a medida que transcurre el tiempo, en orden a mejorar las condiciones de su existencia, obliga a los responsables de su gobierno a concretar el cumplimiento de aquellas normas que tienden a hacer más agradable esa vida, y preservar a las personas de lo que les represente un daño psicológico. Puesto que está comprobada la negatividad de lo que conocemos como "ruidos molestos", pensamos que es justo propiciar que se termine con ellos.
No es posible pensar que, en estos comienzos del tercer milenio, debamos volver a sentirnos amenazados por inconvenientes que se juzgaron dignos de eliminación hace ya muchas décadas. Una disposición, por parte de la autoridad municipal, tendiente a que se observen -en forma estricta y en todos los casos- reglamentaciones de añeja vigencia y conocidas por todos, restablecería esa normalidad que exige la convivencia.

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