30 Noviembre 2003 Seguir en 
La pobreza golpea hasta atontar. Los sectores más relegados de la sociedad viven en un estadio estructural del que harán falta años (y hasta décadas) de trabajo consecuente, consecutivo y constante para revertir. En otros países, esas decisiones se adoptan bajo la denominación Políticas de Estado. En Tucumán, todo queda subsumido en la esperanza de que una determinada gestión siente bases que puedan llegar a ser medianamente aceptables por la siguiente, para que no se derrumbe lo poco construido y se empiece desde cero.
El gobernador José Alperovich llegó el viernes temprano al barrio Corralón Municipal, a visitar el Centro de Atención Primaria de la Salud (CAPS) de ese lugar, junto con el ministro de Salud, Juan Manzur. El principal reclamo que escuchó de los vecinos fue la necesidad de una ampliación urgente, para poder atender como corresponde (como se merecen) a más de 50 chicos por día. Al lado, un centro vecinal tiene un patio que duplica los metros cuadrados cubiertos del CAPS, aparte de otros ambientes. El mandatario lo conocía: había estado durante la lejana campaña electoral.
Ante su presencia, el presidente del centro vecinal, Lautaro Agüero, se comprometió a que parte de su terreno sea utilizado como CAPS. Un simple pacto, que redundaría en beneficio de todo el barrio, que no había sido posible de alcanzar antes. La plata de las refacciones saldrá de la provincia; la mano de obra, de los planes Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, que maneja el centro.
¿Qué pasó que no fue posible dar este paso antes? Rencores barriales, sensibilidades de vieja data, enfrentamientos, problemas varios y tantas otras historias de pago chico se pueden entremezclar con aspiraciones de los punteros políticos, celos personales, ilusiones de ser candidato a algo o simplemente desidia.
Centros neurálgicos
A principios de la década del 70, la Unidad Básica del peronismo era el centro neurálgico de la acción barrial. Era espacio de referencia de todo lo que ocurría o dejaba de ocurrir en la zona. Desde el golpe de Estado y durante los 80, ese lugar privilegiado de la construcción comunitaria fue ocupado por los clubes chicos, donde, por una módica cuota, se jugaba a las bochas, al voley o al básquet; se disponía del ampulosamente llamado salón o patio multiuso para fiestas quinceañera, casamientos o comuniones; se compartían cervezas, gaseosas o sandwiches en una partida interminable de truco.
El derrumbe de los salarios y la desocupación de los 90 llevó a la bancarrota a esos espacios, que no pudieron sostener la deuda crónica por la falta del pago de las cuotas. Ese lugar de encuentro, ayuda colectiva y salvación conjunta pasó al CAPS, donde se buscaba mucho más que la salud o la leche para el hijo: se buscaba la contención social; la presencia de los vestigios del antiguo Estado de Bienestar del primer peronismo; la vuelta a las raíces de cuando los desposeídos de todo sentían que tenían algo.
De a poco, los centros vecinales reemplazaron a los clubes, y se produjo el renacimiento, de la mano de los vaivenes del Estado y de su presencia o ausencia. Al principio fueron seudobares del reencuentro; luego, los espacios de trueque para la subsistencia, cuando ya no quedaba nada; y ahora, el lugar donde se concentran y se distribuyen las tareas de quienes son beneficiarios de los planes para desempleados. Como si hubiese sido planeado, el Estado benefactor de los 150 pesos por mes vino a borrar del mapa las ideas autogestivas del canje directo, donde el dinero (máxima expresión del poder económico) estaba ausente. Enfrentados, CAPS y centro vecinal sólo podían entorpecerse hasta desaparecer uno u otro. Al CAPS ya le habían ofrecido mudarse a dos cuadras de donde está. Por el momento, se quedará y apostará a su ampliación, con el consenso del vecino y con la ayuda de todos. Si funciona, tal vez dejen de sentirse rivales en el micromundo del barrio y comiencen a crecer juntos. Hay veces que las cuestiones de Estado empiezan desde abajo.
El gobernador José Alperovich llegó el viernes temprano al barrio Corralón Municipal, a visitar el Centro de Atención Primaria de la Salud (CAPS) de ese lugar, junto con el ministro de Salud, Juan Manzur. El principal reclamo que escuchó de los vecinos fue la necesidad de una ampliación urgente, para poder atender como corresponde (como se merecen) a más de 50 chicos por día. Al lado, un centro vecinal tiene un patio que duplica los metros cuadrados cubiertos del CAPS, aparte de otros ambientes. El mandatario lo conocía: había estado durante la lejana campaña electoral.
Ante su presencia, el presidente del centro vecinal, Lautaro Agüero, se comprometió a que parte de su terreno sea utilizado como CAPS. Un simple pacto, que redundaría en beneficio de todo el barrio, que no había sido posible de alcanzar antes. La plata de las refacciones saldrá de la provincia; la mano de obra, de los planes Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, que maneja el centro.
¿Qué pasó que no fue posible dar este paso antes? Rencores barriales, sensibilidades de vieja data, enfrentamientos, problemas varios y tantas otras historias de pago chico se pueden entremezclar con aspiraciones de los punteros políticos, celos personales, ilusiones de ser candidato a algo o simplemente desidia.
Centros neurálgicos
A principios de la década del 70, la Unidad Básica del peronismo era el centro neurálgico de la acción barrial. Era espacio de referencia de todo lo que ocurría o dejaba de ocurrir en la zona. Desde el golpe de Estado y durante los 80, ese lugar privilegiado de la construcción comunitaria fue ocupado por los clubes chicos, donde, por una módica cuota, se jugaba a las bochas, al voley o al básquet; se disponía del ampulosamente llamado salón o patio multiuso para fiestas quinceañera, casamientos o comuniones; se compartían cervezas, gaseosas o sandwiches en una partida interminable de truco.
El derrumbe de los salarios y la desocupación de los 90 llevó a la bancarrota a esos espacios, que no pudieron sostener la deuda crónica por la falta del pago de las cuotas. Ese lugar de encuentro, ayuda colectiva y salvación conjunta pasó al CAPS, donde se buscaba mucho más que la salud o la leche para el hijo: se buscaba la contención social; la presencia de los vestigios del antiguo Estado de Bienestar del primer peronismo; la vuelta a las raíces de cuando los desposeídos de todo sentían que tenían algo.
De a poco, los centros vecinales reemplazaron a los clubes, y se produjo el renacimiento, de la mano de los vaivenes del Estado y de su presencia o ausencia. Al principio fueron seudobares del reencuentro; luego, los espacios de trueque para la subsistencia, cuando ya no quedaba nada; y ahora, el lugar donde se concentran y se distribuyen las tareas de quienes son beneficiarios de los planes para desempleados. Como si hubiese sido planeado, el Estado benefactor de los 150 pesos por mes vino a borrar del mapa las ideas autogestivas del canje directo, donde el dinero (máxima expresión del poder económico) estaba ausente. Enfrentados, CAPS y centro vecinal sólo podían entorpecerse hasta desaparecer uno u otro. Al CAPS ya le habían ofrecido mudarse a dos cuadras de donde está. Por el momento, se quedará y apostará a su ampliación, con el consenso del vecino y con la ayuda de todos. Si funciona, tal vez dejen de sentirse rivales en el micromundo del barrio y comiencen a crecer juntos. Hay veces que las cuestiones de Estado empiezan desde abajo.







