Quien lee, sabe escribir

Una tucumana campeona nacional de ortografía es una buena noticia para la alicaída educación de la provincia.

27 Noviembre 2003
Como lo informamos, una tucumana acaba de imponerse en el Concurso Nacional de Ortografía, lo que la habilita para representar al país en la instancia latinoamericana del certamen (que años atrás fue ganado por una escolar de Tucumán) a realizarse próximamente en El Salvador. El hecho es, por cierto, reconfortante, y parecería confirmar aquel viejo adagio que sostiene que "el espíritu sopla donde quiere", cuando se lo considera a la luz de la realidad educativa de nuestra provincia, afectada por graves falencias que son por todos conocidas y cuya solución constituye un anhelo público.
Por encima de los cuestionamientos que suelen hacerse -como parte del afán contestatario de estos últimos años- a la ortografía, es difícil discutir la importancia que ella tiene en cuanto al manejo correcto del idioma, y al rol que cumple de completar el cuadro cultural de una persona.
Escribir con corrección será considerado siempre certero indicio de una correcta formación cultural y, en cualquier caso, es uno de los objetivos importantes que se han fijado, desde siempre, al aprendizaje escolar. Comprobar que la enseñanza ha fructificado, en algún caso, hasta obtener distinciones como la de la joven tucumana, nos parece que resulta gratificante y aleccionador para todos.
Tiene interés, en el reportaje hecho a la triunfadora, el hecho de que esta subraye la importancia que la lectura ha tenido en su logro. Le asiste profunda razón, ya que la lectura influye poderosamente en lo que el lector será capaz de producir por escrito, en el más amplio sentido. En múltiples ocasiones hemos insistido, desde este comentario, en la necesidad de que la afición de los libros se adquiera en la época escolar, que es clave para el diseño de la personalidad intelectual.
Se han publicado estadísticas reveladoras de lo poco que leen nuestros niños y nuestros jóvenes. Ello es deplorable. Quien no lee se priva voluntariamente de alimentar su interior con un manantial inimaginable de riquezas de todo tipo, que no son accesibles a través de otros medios, por respetables que resulten todos.
Nuestro Nicolás Avellaneda afirmaba que "leer es mantener siempre vivas y despiertas las nobles facultades del espíritu"; es "multiplicar y enriquecer la vida interior" y es "asociarse a la existencia de los semejantes, hacer acto de unión y fraternidad con los hombres", ello además de que "la lectura fecunda el corazón, dando intensidad, calor y expansión a los sentimientos". Un libro "es enseñanza y ejemplo, es luz y revelación". Más de un siglo y tres décadas han pasado desde que se asentaran estos conceptos, y siguen teniendo vigencia, por encima del avance arrollador de los medios visuales e informáticos con todas sus maravillosas posibilidades.
Es preciso, entonces, considerar de la más alta importancia la creación del hábito de lectura en los escolares. Si no se ha logrado arraigarlo hasta ahora, hay que reconocer que existe allí una asignatura pendiente y que urge cumplimentarla.
Muchos expertos han señalado que la deficiencia arranca de la falta de formación como lectores que tienen quienes enseñan. Lo cual parece bastante acertado, si se piensa que resulta difícil transmitir aquello que no se comparte ni practica plenamente. Estamos, entonces, ante rubros que los responsables de la educación tendrán que tener muy en cuenta, para encarar su solución.
Por otro lado, la comunidad debiera también emitir, hacia sus miembros jóvenes, señales concretas de que comparte estos propósitos. Es un vasto espectro, que va desde la conveniencia de que los padres cuiden de formar, en sus hogares, una pequeña biblioteca, hasta la necesidad de que los particulares y el Estado acudan en auxilio de las bibliotecas públicas, que durante tanto tiempo fueron herramientas clave para formar al lector argentino.

Tamaño texto
Comentarios