La canilla prohibida

Los enfrentamientos en Neuquén prendieron luces de alerta en la Casa Rosada.

27 Noviembre 2003
Por Angel Anaya

"Yo no voy a abrir la canilla de la sangre", fue la dramática definición de Néstor Kirchner que precedió al llamado a Neuquén del ministro del Interior, Aníbal Fernández, para solicitar que se pusiera fin a la represión policial de la protesta píquetera. Desde entonces, la Casa Rosada rezumó incertidumbre sobre el camino que el gobierno debe tomar ante la creciente pérdida del orden público. Lo de la provincia sureña, más que como un exceso de réplica del gobierno local a la violencia, ha sido observado por el Presidente como la antesala de un detonante mayor cuya responsabilidad no está dispuesto a asumir. "¿Acaso no se acuerdan del apriete a Duhalde?", exclamó molesto uno de los voceros de la situación, al recordar las muertes de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, que obligaron al ex presidente a reducir su mandato. Pero en esta ocasión el contexto político es diferente, porque el riesgo mayor y que Kirchner no ignora, es el rumbo que habrá de tomar esa mayoría que las encuestas le asignan y que solo es perdurable en función de los hechos. Por lo demás, otras observaciones que se hacen en la cartera política señalan las extraordinarias coincidencias que desde hace más de dos años se producen entre los piquetes de Neuquen y los del norte salteño, nuevamente conectados en estos días.

Línea divisoria
En el gobierno procuran trazar con cierta precisión una línea divisoria entre el piqueterismo genuino, es decir, el que es negociable desde el punto de vista político, y el comprometido ideológicamente con la izquierda ultra que aspira al poder y no habrá de cesar en su activismo por mucho que se le ofrezca. Pero esas calificaciones no bastan para satisfacer al ponderable sector de porteños que han demostrado su esperanza en Kirchner, pero que cada vez más intensamente están siendo cercados por los cotidianos y múltiples actos de violencia virtual. En el conurbano, al problema se suma la fuerte reserva que el Presidente y sus más fieles funcionarios provocan entre los caudillos dualistas, a los que el propio Duhalde defendió recientemente de las descalificaciones que parten del poder central. Todos esos problemas pueden tener alguna respuesta pública en el mensaje de Kirchner al Congreso en dos semanas. Para algunos observadores el nuevo periodo parlamentario se inicia como una suerte de caja de Pandora donde el duhaldismo aparece como un costoso seguro político para el gobierno.
Al dilema de la violencia virtual, hecha real en Salta y Neuquén, como inquietud mayor del Presidente y su gabinete, se ha sumado un tema tan artificioso y tóxico como el informe del procurador general bonaerense sobre conexiones de teléfonos oficiales y de bandas delictivas. La generalidad de esa denuncia no la hace suficientemente creíble, mas por la vía elegida, los medios de comunicación, alienta la sospecha de que se trata de un rebote de los castigados por las repetidas descalificaciones públicas a cargo de hombres del gobierno. (De nuestra Sucursal)

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